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La isla de los inventos olvidados Capítulo 1: La cueva que no estaba en el mapa
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Nora apretó la nariz contra la ventanilla del autobús y observó cómo los edificios de la ciudad iban desapareciendo, sustituidos por campos verdes, árboles altísimos y un cielo tan azul que parecía recién pintado. El autobús escolar traqueteaba por una carretera estrecha, lleno de niños que gritaban, reían y lanzaban bolitas de papel de un asiento a otro.

—¡Excursión a la Reserva Natural de Peñaverde! —anunció la señorita Carmen, su profesora, levantándose del asiento delantero con una sonrisa enorme y un sombrero de exploradora que le quedaba tres tallas grande—. Recordad las reglas: no separarse del grupo, no tocar animales desconocidos y, sobre todo, no…

—¡No alimentar a Bruno, que se pone insoportable! —gritó alguien desde el fondo del autobús.

Toda la clase estalló en carcajadas. Bruno Delgado, sentado dos filas detrás de Nora, se levantó con los brazos abiertos como si recibiera un aplauso.

—¡Gracias, gracias! Estaré aquí toda la semana —dijo con una reverencia exagerada—. Y para que lo sepáis, ya me he comido tres sándwiches y medio. El medio se lo he dado a una hormiga. Se lo merecía, tenía cara de hambre.

Nora puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar una sonrisa. Bruno era el payaso oficial de la clase: pelo negro rizado, pecas en las mejillas y una imaginación que funcionaba a velocidades ilegales. Era un poco desastre, un poco genio y un mucho pesado, pero Nora tenía que admitir que con él cerca, nada era aburrido.

La mejor amiga de Nora, Lucía, que iba sentada a su lado, le dio un codazo.

—¿Has traído el cuaderno de dibujos? —preguntó Lucía, que tenía el pelo rubio recogido en dos coletas y unas gafas redondas que le daban aspecto de búho simpático.

—Siempre lo traigo —respondió Nora, dando una palmadita a su mochila—. Quiero dibujar todas las plantas que encontremos. Mi madre dice que en Peñaverde hay una flor que solo crece ahí y en ningún otro lugar del mundo.

—A mí lo que me interesa es el arroyo —dijo Lucía—. Pascual, el guía, dice que hay cangrejos de río. ¡Cangrejos de verdad!

—A mí lo que me interesa es el bocadillo de tortilla que llevo en la mochila —gritó Bruno desde dos filas atrás, metiéndose en la conversación como siempre—. Tiene tres capas. TRES. Es una obra de ingeniería culinaria.

—Nadie te ha preguntado, Bruno —dijo Lucía.

—Nadie necesita preguntar. La información importante se comparte libremente. Es un servicio público.

El autobús se detuvo en un aparcamiento de tierra rodeado de árboles enormes. Los niños bajaron en tropel mientras la señorita Carmen contaba cabezas con expresión de pánico.

—Veintitrés, veinticuatro, veinticinco… ¿Dónde está el veintiséis? ¡Bruno! ¡Baja del techo del autobús!

—¡No estoy en el techo! —protestó Bruno, apareciendo de detrás de un arbusto con una rana en la mano—. Estoy haciendo ciencia. He descubierto una rana. La voy a llamar Rodrigo.

—Suelta a Rodrigo inmediatamente —suspiró la señorita Carmen.

Nora se ajustó la mochila y observó el sendero que se adentraba en el bosque. Le encantaban este tipo de excursiones. Le encantaba descubrir cosas: piedras raras, insectos con colores imposibles, plantas que olían a limón o a menta. Su madre decía que Nora tenía "ojos de científica", porque miraba el mundo como si cada rincón escondiera un misterio esperando ser resuelto.

El grupo avanzó por el sendero durante una hora. El guía de la reserva, un hombre llamado Pascual con barba de leñador y voz de locutor de radio, les explicó los tipos de árboles, les enseñó huellas de tejón en el barro y les mostró un nido de águila en lo alto de un peñasco.

—Y recordad —dijo Pascual con voz solemne—, en esta reserva hay zonas que no han sido exploradas del todo. Algunos senderos antiguos están cerrados porque las rocas son inestables. No os salgáis del camino marcado.

Nora asintió obedientemente. Sacó su cuaderno y empezó a dibujar las huellas del tejón mientras Pascual seguía hablando. Le gustaba tener registros de todo. Su habitación en casa estaba llena de cuadernos: uno para plantas, otro para insectos, otro para piedras interesantes, otro para ideas de inventos que se le ocurrían antes de dormir. Su padre, que era ingeniero, le decía siempre: «Nora, los grandes descubrimientos empiezan con alguien que se fija en algo que los demás ignoran».

Bruno, naturalmente, no escuchó ni una palabra de lo que dijo Pascual porque estaba intentando convencer a una lagartija de que se subiera a su dedo. Cuando la lagartija huyó despavorida, Bruno intentó seguirla y tropezó con una raíz, cayendo de bruces en un charco de barro. Se levantó cubierto de lodo de cintura para abajo, con la sonrisa intacta.

—¡Camuflaje natural! —anunció, como si hubiera sido a propósito—. Ahora los animales no me verán venir.

—Los animales te huelen a tres kilómetros, Bruno —dijo Nora, aunque no pudo evitar reírse.

La señorita Carmen le limpió el barro con toallitas húmedas mientras murmuraba algo sobre jubilarse anticipadamente y abrir una tienda de plantas donde nadie le diera disgustos.

Fue durante la pausa para el almuerzo cuando todo cambió.

La señorita Carmen organizó a los niños en un claro junto a un arroyo. Mientras todos sacaban sus bocadillos y zumos, Nora se sentó en una roca apartada para comer tranquila y dibujar en su cuaderno. Estaba dibujando una planta con flores moradas que había visto en el sendero cuando Bruno apareció a su lado como un resorte.

—Eh, Nora, ¿has visto eso? —dijo, señalando hacia un grupo de rocas al otro lado del arroyo.

—¿El qué? Solo veo rocas.

—Exacto, pero ¿ves esa roca grande con forma de tortuga? Detrás hay algo raro. He visto un brillo.

—Bruno, siempre ves cosas raras. La semana pasada dijiste que habías visto un OVNI y era un dron de reparto.

—¡Eso fue un malentendido honesto! Pero esta vez es de verdad. Ven, vamos a mirar.

Nora miró hacia donde estaba la señorita Carmen. La profesora estaba ocupada contando a los niños por decimonovena vez, con cara de que las matemáticas no eran lo suyo.

—Solo un vistazo rápido —dijo Nora, guardando su cuaderno—. Si no hay nada, volvemos inmediatamente.

—¡Trato hecho! —exclamó Bruno, saltando sobre las piedras del arroyo con la agilidad de un gato, aunque aterrizó en la última piedra con un resbalón que casi lo manda al agua—. ¡Controlado! ¡Totalmente controlado!

Nora cruzó el arroyo con más cuidado y siguió a Bruno hasta las rocas. Efectivamente, detrás de la roca con forma de tortuga había algo inesperado: una abertura en la pared de roca, medio oculta por helechos y musgo. No era exactamente una cueva, sino más bien una grieta lo bastante grande como para que un niño pasara de lado.

—¿Ves? —dijo Bruno con ojos brillantes—. Te lo dije. Hay algo ahí dentro. Mira, sale aire caliente.

Nora extendió la mano y sintió una corriente de aire templado que salía de la grieta. Olía a algo extraño: una mezcla de aceite de máquina, hierba mojada y caramelo de naranja.

—Eso es raro —admitió Nora—. ¿Por qué saldría aire caliente de una roca?

—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Bruno, ya metiendo medio cuerpo por la grieta.

—¡Bruno, espera! Pascual dijo que no…

Pero Bruno ya había desaparecido dentro. Nora oyó su voz amortiguada:

—¡Nora! ¡Esto es increíble! ¡Tienes que ver esto! ¡Hay un túnel! ¡Y tiene luces!

—¿Luces? —Nora frunció el ceño. Aquello no tenía sentido. ¿Luces dentro de una cueva en mitad de una reserva natural?

Su cerebro le decía que volviera al grupo. Su curiosidad le decía que entrara. La curiosidad ganó por goleada.

Se metió por la grieta y se encontró en un pasadizo estrecho pero alto, excavado en la roca. Y Bruno tenía razón: había luces. Pequeñas esferas de cristal, del tamaño de pelotas de tenis, estaban incrustadas en las paredes y emitían un resplandor suave de color ámbar. No tenían cables. No tenían pilas visibles. Simplemente brillaban.

—Esto no es natural —susurró Nora, tocando una de las esferas. Estaba tibia.

—¡Obvio que no es natural! —dijo Bruno, que ya iba diez metros por delante—. ¡Alguien puso esto aquí! ¡Ven, el túnel gira a la izquierda!

Caminaron durante lo que parecieron cinco minutos, aunque Nora perdió la noción del tiempo. El túnel descendía suavemente, luego subía, giraba, se estrechaba y se ensanchaba. Las esferas luminosas los acompañaban todo el camino, como una hilera de pequeños soles atrapados en cristal.

—Bruno —susurró Nora mientras avanzaban—, ¿no te parece raro que alguien construyera todo esto y nadie lo sepa?

—Me parece raro todo en general —respondió Bruno—. Pero esto en particular es raro nivel experto. Raro de campeonato. Raro olímpico.

—Hablo en serio. Estas esferas no usan electricidad. No tienen pilas. Brillan solas. Eso no existe en ningún sitio que yo conozca.

—Bueno, hace cien años la gente habría dicho que los teléfonos móviles eran imposibles, y mira ahora.

Nora se quedó pensando. Bruno tenía razón, aunque le costara admitirlo. A veces las cosas más increíbles simplemente no se habían descubierto todavía.

El aire del túnel se volvió más cálido a medida que avanzaban, y el olor a caramelo de naranja se hizo más intenso, mezclado ahora con algo que olía a hierba recién cortada y a metal caliente. Las paredes del túnel cambiaron también: la roca desnuda dio paso a superficies lisas, como si alguien las hubiera pulido, y en algunos tramos había grabados tallados que mostraban figuras de personas trabajando con herramientas, construyendo objetos, creando cosas con las manos.

—Mira esto —dijo Nora, deteniéndose ante uno de los grabados—. Son inventores. Están construyendo algo.

—Parecen felices —observó Bruno, señalando las sonrisas talladas en las caras de las figuras.

—Porque están haciendo lo que les gusta —dijo Nora.

De pronto, el túnel terminó. Nora y Bruno salieron a la luz del sol y se quedaron completamente paralizados.

Estaban en una colina cubierta de hierba verde brillante. Frente a ellos se extendía un paisaje que no podía existir: una isla. Una isla entera, rodeada de mar por todas partes, con playas de arena dorada, bosques frondosos y, en el centro, una montaña no muy alta de cuya cima salía un hilillo de humo plateado. Pero lo más extraordinario no era la isla en sí, sino lo que había en ella.

Había objetos por todas partes. Máquinas, aparatos, cachivaches de todos los tamaños y formas. Una bicicleta con alas de libélula estaba aparcada junto a un árbol. Un par de botas rojas caminaba solo por un sendero, sin nadie dentro, dando pasitos elegantes como si paseara tranquilamente. Un paraguas abierto flotaba en el aire, y debajo de él, donde debería haber sombra, había un charco de luz solar brillante, como si el paraguas fabricara su propio sol. Una tostadora con patas de araña trepaba por una roca, y de su ranura superior salía una rebanada de pan perfectamente dorada.

—Estoy soñando —dijo Nora.

—Si estás soñando, yo también, y en mis sueños suele haber más pizza —respondió Bruno.

—Esto es imposible. Nada de esto puede ser real.

—Bueno, esa tostadora con patas acaba de guiñarme un ojo, así que o es real o necesito ir al médico.

Nora dio un paso adelante, luego otro. Cada nuevo detalle que descubría era más asombroso que el anterior. Un reloj de pared colgaba de un árbol, pero en vez de dar la hora, mostraba el clima: su pantalla circular tenía dibujado un sol sonriente y las palabras "Hace un día estupendo, sal a pasear". Un columpio se mecía solo, con una música suave que parecía salir de las cadenas. Un robot pequeño, del tamaño de un gato, pasó rodando junto a sus pies, se detuvo, los miró con sus ojos de bombilla, emitió un pitido amistoso y siguió su camino.

—Vale —dijo Nora, sacando su cuaderno con manos temblorosas—. Necesito apuntar todo esto.

—¡Y yo necesito montar en esa bicicleta con alas! —exclamó Bruno, echando a correr colina abajo.

—¡Bruno, no toques nada! ¡No sabemos qué…!

Demasiado tarde. Bruno había saltado sobre la bicicleta alada. En cuanto se sentó en el sillín, las alas de libélula empezaron a zumbar y la bicicleta se elevó medio metro del suelo.

—¡ESTOY VOLANDO! —gritó Bruno, pedaleando frenéticamente mientras la bicicleta hacía eses en el aire—. ¡NORA, ESTOY VOLANDO EN UNA BICICLETA! ¡ESTO ES EL MEJOR DÍA DE MI VIDAAAA!

La bicicleta dio una vuelta completa alrededor de un árbol, subió tres metros, bajó en picado, rozó la hierba y volvió a subir. Bruno alternaba entre gritos de emoción y gritos de terror puro.

—¡¿Cómo se frena esta cosa?! —chilló, mientras la bicicleta lo llevaba en círculos cada vez más rápidos.

Nora buscó desesperadamente algún mecanismo de parada. Vio un botón verde en el manillar.

—¡El botón verde, Bruno! ¡Pulsa el botón verde!

Bruno pulsó el botón y la bicicleta descendió suavemente hasta posarse en la hierba con la delicadeza de una mariposa. Bruno se bajó con las piernas temblando como gelatina y una sonrisa de oreja a oreja.

—Quiero una de estas para mi cumpleaños —declaró.

Nora, mientras tanto, se había acercado a las botas rojas que caminaban solas. Las observó de cerca: no tenían motor visible, ni cables, ni nada que explicara cómo se movían. Simplemente caminaban, con pasos firmes y elegantes, como si las llevara una persona invisible.

—Es como si tuvieran voluntad propia —murmuró Nora, fascinada.

Las botas se detuvieron al oírla, giraron hacia ella como si la miraran (aunque no tenían ojos) y dieron un pequeño salto de alegría, como un perro contento de recibir atención. Luego siguieron su paseo.

—Este sitio es imposible —dijo Nora—. Todo lo que veo va en contra de la física, la ingeniería y el sentido común.

—O sea que es perfecto —dijo Bruno.

Fue entonces cuando oyeron una voz detrás de ellos. Una voz rasposa, alegre y un poco chiflada, como un abuelo que ha comido demasiados caramelos de café.

—Bueno, bueno, bueno. Visitantes. Hacía… déjame pensar… ¿treinta y siete años? No, treinta y ocho. Treinta y ocho años que nadie venía a la isla. ¡Bienvenidos, bienvenidos, por todas las tuercas y tornillos del universo!

Nora y Bruno se giraron y vieron al hombre más peculiar que habían visto en sus vidas. Era alto y delgadísimo, como un espagueti con ropa. Llevaba unas gafas de aviador enormes sobre la frente, una bata de laboratorio que le llegaba a los tobillos, cubierta de bolsillos de los que asomaban destornilladores, llaves inglesas y lo que parecía ser un tenedor doblado en forma de estrella. Su pelo era blanco y se le levantaba en todas direcciones, como si hubiera metido los dedos en un enchufe. Y en su hombro derecho, había un mono mecánico del tamaño de un puño, hecho de engranajes y piezas de cobre, que movía la cabeza y parpadeaba con pequeños ojos de cristal azul.

—Soy Alarico —dijo el hombre, extendiendo una mano manchada de grasa—. Alarico Fontana, inventor jubilado, cuidador oficial de esta isla y ganador tres veces consecutivo del concurso de tortillas del pueblo que ya no existe. Y este de aquí —señaló al mono mecánico— es Tuerca. Di hola, Tuerca.

El mono mecánico levantó una patita diminuta y emitió un chirrido que sonó exactamente como "¡Hola!".

—Soy Nora —dijo ella, estrechando la mano de Alarico con cautela—. Y él es Bruno. Y… ¿dónde estamos exactamente?

Alarico sonrió. Una sonrisa enorme, con algunos dientes de más y algunos de menos.

—Estáis, queridos niños, en la Isla de los Inventos Olvidados. El lugar donde vienen a parar todas las ideas geniales que el mundo tiró a la basura antes de darles una oportunidad.

Nora y Bruno se miraron. Tenían un millón de preguntas. Y algo les decía que las respuestas iban a ser aún más increíbles que las preguntas.

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