El camión de la mudanza era tan grande que parecía un elefante naranja aparcado delante de la casa nueva. Tomás lo miraba desde la ventanilla del coche con la nariz pegada al cristal y un nudo en el estómago. Todo era nuevo y desconocido: las calles estrechas y empedradas, las montañas al fondo con sus cimas nevadas, el olor a pinos y a tierra mojada que entraba por la rendija de la ventana. Hasta el cielo parecía diferente aquí, más grande y más azul, sin los edificios altos de la ciudad tapándolo.
—Ya hemos llegado, cariño —dijo mamá, apagando el motor—. ¿Qué te parece?
Tomás no contestó enseguida. Miró la casa. Era pequeña, de piedra gris, con un tejado rojo y un jardín donde crecían hierbajos y margaritas salvajes. La puerta era de madera verde con una aldaba en forma de hoja. Al fondo, detrás de las últimas casas del pueblo, se veía un bosque enorme y oscuro que subía por la ladera de la montaña como una alfombra verde infinita.
—Es… diferente —dijo Tomás en voz baja.
—Diferente puede ser bueno —dijo mamá con una sonrisa, acariciándole el pelo—. Ya verás, este pueblo tiene algo especial. Se respira tranquilidad.
Tomás no estaba tan seguro. Echaba de menos su antigua casa, su antigua habitación con las pegatinas de estrellas en el techo, su antiguo colegio donde conocía cada rincón. Echaba de menos a Diego, su único amigo, que se había quedado en la ciudad a doscientos kilómetros de allí. Diego y él se habían prometido que se escribirían cartas, pero Tomás sabía que las cartas no eran lo mismo que sentarse juntos en el parque y compartir un bocadillo de chocolate. Y sobre todo, echaba de menos al abuelo Ernesto, que había fallecido hacía seis meses y que era la persona que mejor le entendía en el mundo entero.
El abuelo nunca le decía «no seas tímido» ni «habla más alto». El abuelo se sentaba a su lado, le pasaba el brazo por los hombros y le decía: «Los que hablan poco son los que más escuchan, Tomasín. Y los que más escuchan son los que más entienden».
Mientras mamá y papá descargaban cajas con la ayuda de los hombres del camión, Tomás subió a su nueva habitación. Era más pequeña que la anterior, con paredes blancas y un suelo de madera que crujía al pisarlo. Pero tenía algo que la otra no tenía: una ventana que daba directamente al bosque. Los árboles estaban tan cerca que, si estiraba el brazo, casi podía tocar las hojas de un abedul que crecía junto a la casa.
Tomás puso su mochila en la cama y sacó lo más importante que tenía: una flauta de madera, oscura y suave, con pequeñas marcas talladas a mano. Las marcas formaban un dibujo de hojas y ramas que serpenteaba por toda la flauta, como un bosque en miniatura grabado en la madera.
El abuelo Ernesto se la había regalado el último verano que pasaron juntos, sentados en el porche de su casa del pueblo mientras las cigarras cantaban y el sol se ponía detrás de los olivos.
—Esta flauta es especial, Tomasín —le había dicho el abuelo con sus ojos brillantes y su voz ronca—. La talló mi abuelo con madera de un roble que tenía trescientos años. Dicen que los árboles muy viejos guardan música dentro de su corazón, en los anillos de su tronco, como un disco de vinilo que gira y gira durante siglos. Cuando toques esta flauta, no tocarás solo tú. Tocará todo el bosque contigo.
Tomás había pensado que era una de las historias fantásticas que el abuelo siempre contaba. El abuelo era un maestro de las historias. Podía convertir una ida al supermercado en una aventura épica y un paseo por el parque en una expedición a tierras desconocidas. Pero la flauta sonaba de verdad de una manera especial. Tenía un sonido cálido y profundo, como si dentro hubiera un pequeño viento atrapado esperando salir. No como las flautas de plástico del colegio, que sonaban a silbato roto. Esta sonaba a algo vivo.
Tomás se sentó en el alféizar de la ventana con la flauta entre las manos. El bosque estaba allí delante, tan cerca que casi podía tocar las copas de los primeros árboles. Los últimos rayos de sol pintaban las hojas de un color dorado anaranjado. Sopló una nota suave. El sonido voló por la ventana abierta y se mezcló con la brisa de la tarde.
En ese momento, le pareció que las hojas de los árboles más cercanos se movían un poco más de lo normal, como si se inclinaran hacia la ventana para escuchar mejor. Pero seguramente era solo el viento.
—Seguramente —se dijo Tomás. Pero no estaba del todo convencido.
Al día siguiente era lunes. Primer día de colegio nuevo. Tomás se vistió despacio, como si ponerse la camiseta y los pantalones fuera una tarea complicadísima. Se miró en el espejo del baño y vio a un niño delgado con el pelo castaño oscuro revuelto, ojos grandes color miel y una cara que no sabía sonreír a desconocidos. Se puso la mochila con un peso en el corazón que no tenía nada que ver con los libros. Mamá le acompañó hasta la puerta del colegio.
—Todo va a ir bien —dijo mamá, dándole un beso en la frente.
Pero no fue bien. No fue bien en absoluto.
La clase estaba llena de niños que se conocían desde siempre. Hablaban y reían en grupos, se llamaban por motes graciosos y compartían bromas que Tomás no entendía. Había dibujos en las paredes, una pecera con un pez naranja y una estantería llena de libros de colores. Todo parecía acogedor, pero Tomás se sentía como un astronauta en un planeta desconocido. La profesora, doña Carmen, una señora bajita con gafas redondas y voz amable, lo presentó delante de todos.
—Atención, chicos. Este es Tomás. Viene de la ciudad. Espero que le hagáis sentir como en casa.
Todos lo miraron. Treinta pares de ojos curiosos clavados en él. Tomás sintió que las mejillas le ardían como dos brasas. El corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que los demás podían oírlo. Quiso decir algo gracioso o interesante, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta como caramelos demasiado grandes. Solo levantó la mano y dijo:
—Ho-hola.
Algunos niños sonrieron. Otros susurraron entre ellos. Otros volvieron a lo suyo. Nadie se acercó a hablar con él. Tomás se sentó en la única mesa vacía, al fondo de la clase, junto a la ventana, y deseó con todas sus fuerzas ser invisible.
En el recreo, Tomás se sentó solo en un banco de madera viejo, debajo de un castaño grande cuyas ramas se extendían como un paraguas enorme. Los demás niños jugaban al fútbol, saltaban a la comba, corrían persiguiéndose unos a otros. Sus risas llenaban el patio como música. Pero Tomás estaba fuera de esa canción.
Sacó la flauta de la mochila y la sujetó sin tocarla, solo para sentir su peso familiar entre los dedos. La madera estaba caliente por el sol. Era como tener un pedacito del abuelo cerca.
Una niña pelirroja con pecas pasó corriendo delante de él persiguiendo una pelota.
—¡Eh! ¿Eso es una flauta? —preguntó sin detenerse.
—Sí —dijo Tomás, pero la niña ya se había ido, tragada por el remolino de niños que jugaban.
Un niño rubio con gafas se acercó un momento, secándose el sudor de la frente.
—¿Eres el nuevo? ¿De dónde vienes?
—De la ciudad —respondió Tomás.
—Ah. Aquí no hay mucho que hacer —dijo el niño encogiéndose de hombros, y se fue también.
Tomás suspiró. Se sentía como una piedra gris en un jardín lleno de flores de colores. Todos brillaban menos él. Todos tenían su lugar menos él.
Cuando volvió a casa por la tarde, mamá le preguntó qué tal había ido. Estaba desempaquetando cajas en la cocina y tenía una mancha de polvo en la nariz.
—Bien —mintió Tomás.
Mamá lo miró con esos ojos de madre que lo ven todo, pero no dijo nada. Solo le preparó un vaso de leche con galletas y le dio un abrazo largo.
Tomás subió a su habitación, cerró la puerta y se sentó otra vez junto a la ventana. El bosque estaba ahí, callado y enorme, bañado por la luz dorada de la tarde. Las sombras de los árboles se estiraban hacia la casa como dedos largos y oscuros. Un mirlo cantaba en alguna rama, una melodía sencilla y bonita que se repetía una y otra vez.
Tomás cogió la flauta y empezó a tocar.
No tocaba una canción que hubiera aprendido. Tocaba lo que sentía: la soledad, la tristeza de echar de menos al abuelo, el miedo de no encajar en ningún sitio, la sensación de ser diferente y no saber si eso era algo bueno o algo malo. Las notas salían lentas y melancólicas, como lágrimas convertidas en sonido. Cada nota era una palabra que no podía decir, un sentimiento que no sabía explicar.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Una mariposa azul se posó en el alféizar de la ventana. Era de un azul intenso, brillante, como si sus alas estuvieran pintadas con el cielo más bonito del mundo. Luego llegó otra. Y otra más. En pocos segundos, una docena de mariposas azules se habían posado alrededor de Tomás, moviendo las alas despacio, como si escucharan la música con atención. Una de ellas se posó en la punta de la flauta.
Tomás dejó de tocar, sorprendido. Las mariposas se quedaron un momento más, como si esperaran un bis, y luego volaron hacia el bosque en fila india, dejando un rastro de polvillo brillante en el aire que centelleaba como diminutas estrellas.
—¿Qué ha sido eso? —susurró Tomás.
Se asomó a la ventana. El polvillo brillante flotaba en el aire como purpurina dorada y desaparecía entre los árboles del bosque. Tomás sintió un escalofrío, pero no de miedo. Era más bien como cuando te cuentan el principio de una historia increíble y quieres saber qué pasa después. Era la sensación de que algo mágico estaba a punto de comenzar.
Al día siguiente, después de otro día de colegio en el que se sentó solo y habló poco, Tomás decidió hacer algo que nunca había hecho. En vez de ir directamente a casa, caminó hacia el bosque. El camino era un sendero de tierra roja que salía del pueblo y se metía entre los árboles. A la entrada había un cartel de madera viejo y desgastado que decía: «Bosque de los Susurros».
—Bosque de los Susurros —repitió Tomás en voz alta—. Qué nombre tan bonito. Me pregunto por qué se llama así.
Se sentó en una roca grande y plana que había justo donde terminaban las casas y empezaban los árboles. Era el borde exacto del bosque, la frontera entre el mundo normal y algo que Tomás todavía no entendía. Desde allí podía oler la resina de los pinos, la tierra húmeda y un aroma dulce que podía ser de flores silvestres o de algo completamente diferente.
Sacó la flauta y empezó a tocar.
Esta vez tocó algo diferente. No era triste. Era una melodía curiosa, juguetona, como una pregunta hecha con notas musicales. Como si la flauta dijera: «¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha?»
Y el bosque respondió.
Primero fue un murmullo. Las hojas de los árboles empezaron a susurrar, pero no como cuando las mueve el viento. Era un susurro rítmico, acompasado, como si aplaudieran suavemente al ritmo de la melodía. Luego, las margaritas que crecían al lado de la roca se estiraron hacia arriba y abrieron sus pétalos de golpe, como pequeñas bocas bostezando después de una larga siesta.
Tomás siguió tocando, con el corazón latiendo muy fuerte. Un arroyo que pasaba cerca, escondido entre los helechos, cambió de color. El agua, que era transparente, se volvió de un azul brillante, luminoso, como si alguien hubiera vertido tinta mágica del cielo. Pequeños peces dorados que Tomás no había visto antes saltaron sobre la superficie, haciendo piruetas al ritmo de la música.
Un conejo de orejas largas y pelo marrón salió de detrás de un arbusto de moras y se sentó delante de Tomás, moviendo las orejas al ritmo de la canción, como si fueran dos antenas captando cada nota. Dos ardillas rojizas bajaron de un roble y empezaron a dar vueltas una alrededor de la otra, como bailarinas en una caja de música. Un pájaro carpintero golpeaba el tronco de un pino haciendo un ritmo perfecto, ta-ta-tá, ta-ta-tá, que acompañaba la melodía de la flauta como si lo hubieran ensayado juntos.
Tomás no podía creer lo que estaba viendo. La música salía de la flauta y el bosque entero cobraba vida, como si hubiera estado dormido durante mucho tiempo esperando a que alguien tocara exactamente esa canción para despertar.
De pronto, una lucecita apareció entre las hojas de un helecho grande. Era diminuta, más pequeña que una luciérnaga, y brillaba con un resplandor que cambiaba de color: dorado, verde, azul, violeta. La lucecita se acercó flotando despacio, haciendo zigzag entre los helechos, hasta quedar a la altura de los ojos de Tomás.
Y entonces, la lucecita habló.
—Por fin —dijo una voz finita como el tintineo de una campanilla de plata—. Llevábamos mucho tiempo esperándote, Tomás.
Tomás dejó caer la flauta de la sorpresa. La lucecita se agrandó un poco, como una burbuja de jabón que se hincha, y Tomás pudo ver que no era una luz, sino una criatura. Era una personita diminuta, del tamaño de su dedo pulgar, con alas transparentes que brillaban como cristal tallado, pelo plateado cortito y desordenado, y unos ojos enormes de color violeta que parecían contener todas las estrellas del cielo nocturno. Llevaba un vestido hecho de pétalos de flores y, en la mano, sujetaba algo que parecía un violín microscópico con cuerdas hechas de hilos de araña.
—No tengas miedo —dijo la criatura con una sonrisa que le iluminó toda la cara—. Me llamo Lira. Soy un hada del bosque. Y tú, Tomás, tienes un don muy especial.
—¿Cómo… cómo sabes mi nombre? —preguntó Tomás con la voz temblorosa.
—El bosque te conoce desde antes de que nacieras —dijo Lira—. Tu flauta fue tallada del Gran Roble, el árbol más antiguo de este bosque. Tiene mil años y sus raíces llegan hasta todos los rincones. Esa flauta está conectada con cada raíz, cada hoja, cada gota de rocío del bosque entero. Cuando tocas, el bosque escucha. Y cuando el bosque escucha, sucede la magia.
Tomás recogió la flauta del suelo con cuidado y la miró como si la viera por primera vez. Las pequeñas marcas talladas en la madera parecían brillar débilmente, como si la flauta también estuviera contenta de que por fin alguien supiera su secreto.
—El abuelo decía que era especial —murmuró Tomás—. Pero yo pensaba que eran solo historias.
—Tu abuelo tenía razón —dijo Lira con una sonrisa cálida—. Él también podía hacer esto. Él también hacía florecer el bosque con su música. Era el último Músico del Bosque antes que tú.
—¿El abuelo? ¿Mi abuelo Ernesto era un Músico del Bosque?
Lira asintió, y sus alas brillaron con más intensidad, como si un arcoíris pequeñito se encendiera en ellas.
—Ernesto protegió este bosque durante muchos años con su música. Venía cada atardecer, se sentaba en esta misma roca y tocaba para que los árboles crecieran fuertes, los animales estuvieran sanos y la magia siguiera viva. Pero cuando se fue, el bosque quedó sin protector. Y ahora, Tomás, te necesitamos más que nunca.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó Tomás, y aunque tenía miedo, su curiosidad era más fuerte.
Lira miró hacia el interior del bosque con preocupación. Sus ojitos violeta se oscurecieron como dos amatistas bajo una sombra.
—Algo terrible está ocurriendo —dijo—. El Gran Silencio está llegando. Y si no lo detenemos, todos los sonidos del bosque desaparecerán para siempre.
Un viento frío sopló entre los árboles. Las hojas dejaron de susurrar de golpe. Los pájaros callaron. El arroyo pareció contener el aliento. Y en algún lugar del bosque profundo, Tomás creyó escuchar algo que le puso los pelos de punta: un silencio. No la ausencia normal de ruido, sino un silencio espeso, pesado, como una manta oscura que ahogaba todo sonido. Un silencio que tenía peso y forma, que empujaba y presionaba. Era el silencio más ruidoso que había escuchado en su vida.
Y por primera vez desde que había llegado a aquel pueblo, Tomás no se sintió solo. Se sintió necesitado. Se sintió importante. Alguien, algo, lo estaba esperando. Y eso cambiaba todo.
—Cuéntamelo todo —dijo, apretando la flauta con fuerza.
