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Señales desde la profundidad Capítulo 1: El sonido que no debería existir
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Marina Soldevilla ajustó la correa de su máscara de buceo y se dejó caer de espaldas desde la borda del pequeño bote inflable. El agua del Mediterráneo la recibió con un abrazo fresco que contrastaba con el calor sofocante de julio en la isla de Formentor. Bajo la superficie, el mundo se transformó en un espectáculo de azules y verdes que nunca dejaba de maravillarla, sin importar cuántas veces se sumergiera.

A sus catorce años, Marina era la buceadora más joven certificada de toda la isla. Su padre, el doctor Álex Soldevilla, dirigía la Estación de Investigación Marina de Formentor, un modesto laboratorio costero donde se estudiaban los ecosistemas submarinos del Mediterráneo occidental. Marina había crecido entre tanques de oxígeno, trajes de neopreno y conversaciones sobre corrientes marinas durante la cena. El mar no era solo su pasión; era su hogar.

Aquel martes de julio había salido temprano con sus dos mejores amigos para practicar inmersiones en la zona conocida como el Anfiteatro, una formación rocosa submarina que creaba una especie de cuenco natural a unos quince metros de profundidad. Era el lugar perfecto para entrenar porque las corrientes eran suaves y la visibilidad solía ser excelente.

Tomás Herrera fue el segundo en saltar al agua. Con trece años y medio, Tomás era el cerebro tecnológico del grupo. Hijo de la ingeniera de telecomunicaciones que mantenía los sistemas de comunicación de la estación, había heredado una fascinación por todo lo que tuviera cables, circuitos o señales. Llevaba consigo un hidrófono portátil que había construido él mismo con piezas recicladas del taller de su madre: un micrófono submarino capaz de captar sonidos a frecuencias que el oído humano normalmente no percibía.

—Quiero grabar los chasquidos de los delfines que vimos la semana pasada —había explicado esa mañana mientras cargaba el equipo en el bote—. Si puedo registrar sus patrones acústicos, podría compararlos con la base de datos del instituto oceanográfico de Barcelona.

La tercera en sumergirse fue Nadia Karim, una chica de doce años que se había mudado a la isla hacía solo un año cuando su padre, un biólogo marino marroquí, había conseguido un puesto en la estación del doctor Soldevilla. Nadia era callada pero extraordinariamente observadora. Donde Marina veía aventura y Tomás veía datos, Nadia veía patrones y conexiones que a los demás se les escapaban. Además, tenía una memoria fotográfica que había demostrado ser útil en más de una ocasión.

Descendieron juntos siguiendo la pared rocosa del Anfiteatro. Marina iba en cabeza, comprobando regularmente que sus compañeros mantuvieran un ritmo de respiración adecuado. A los diez metros de profundidad, las praderas de posidonia se extendían como un tapiz verde oscuro que ondulaba suavemente con la corriente. Bancos de sargos y obladas pasaban cerca de ellos sin mostrar la menor preocupación.

Tomás activó su hidrófono y se colocó los auriculares impermeables bajo la capucha del traje. Durante varios minutos, todo fue normal: el crujido lejano de las gambas pistola, el rumor grave de algún motor de embarcación en la superficie, el coro disperso de los peces que se comunicaban mediante vibraciones. Sonidos habituales del Mediterráneo.

Pero entonces, algo cambió.

Tomás se detuvo en seco y levantó la mano haciendo la señal de alto. Marina y Nadia frenaron de inmediato y se giraron hacia él. A través de la máscara, podían ver que sus ojos estaban muy abiertos. No era miedo exactamente, sino algo más parecido a la incredulidad absoluta.

Tomás señaló el hidrófono y luego se señaló la oreja. Después hizo un gesto que no pertenecía al lenguaje estándar de señas submarinas pero que ambas entendieron perfectamente: puso el dedo índice sobre sus labios pidiendo silencio, y a continuación movió la mano describiendo una onda, como si representara una señal.

Marina se acercó y Tomás le pasó uno de los auriculares. Lo que escuchó le puso la piel de gallina bajo el neopreno.

Era un sonido rítmico, pulsante, que no se parecía a nada que hubiera oído en miles de horas bajo el agua. No era biológico: no tenía la irregularidad orgánica de las vocalizaciones de delfines o ballenas. No era mecánico: carecía del zumbido metálico de las hélices o los sónares de los barcos. Era algo intermedio, una secuencia de tonos que subían y bajaban con una precisión matemática inquietante. Cada pulso duraba exactamente lo mismo que el anterior, y los intervalos entre ellos seguían un patrón que, aunque Marina no podía identificar, sentía intuitivamente que tenía un orden.

Y lo más perturbador de todo: parecía provenir de abajo. No de la superficie, no de una dirección lateral. De abajo, directamente del fondo marino, más allá de donde alcanzaba la vista en las aguas azul oscuro que se perdían bajo el borde del Anfiteatro.

Marina miró a Nadia, que observaba la escena sin poder oír el sonido pero claramente consciente de que algo extraordinario estaba ocurriendo. Le pasó el auricular. La reacción de Nadia fue más contenida que la de Tomás, pero Marina notó cómo sus dedos se tensaban alrededor del cable del hidrófono y cómo su ritmo de burbujas se aceleraba ligeramente.

Los tres se miraron bajo el agua, flotando a doce metros de profundidad en el corazón del Mediterráneo, escuchando algo que, según todo lo que sabían sobre el océano, no debería existir.

Tomás sacó su pizarra submarina y escribió con el rotulador especial tres palabras que cambiarían sus vidas para siempre: «No es natural.»

Subieron a la superficie con calma, respetando las paradas de seguridad a pesar de la urgencia que sentían. En cuanto rompieron la superficie y se quitaron los reguladores, los tres empezaron a hablar al mismo tiempo.

—¿Habéis oído eso? —exclamó Marina. —Es una señal modulada —dijo Tomás, con la voz temblorosa de emoción—. Frecuencia baja, entre veinte y ochenta hercios, con una estructura de repetición que parece… codificada. —No es aleatorio —añadió Nadia en voz baja pero firme—. Había un patrón. Lo he contado: grupos de tres pulsos, luego cinco, luego siete. Después se reinicia. Tres, cinco, siete. Números primos.

El silencio que siguió a las palabras de Nadia fue más elocuente que cualquier discurso. Los tres sabían lo suficiente sobre comunicación interestelar y búsqueda de inteligencia para entender lo que significaba una secuencia de números primos en una señal desconocida. Era el tipo de patrón que los científicos del proyecto SETI llevaban décadas buscando en las ondas de radio del espacio: una firma matemática que no podía ser producida por ningún fenómeno natural conocido.

Excepto que esta señal no venía del espacio. Venía del fondo del mar.

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