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El torneo de las mentes brillantes Capítulo 1: La isla de Nova Lux
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El hidroavión descendió entre las nubes y Sofía Herrera presionó la frente contra la ventanilla ovalada, conteniendo el aliento. Debajo, emergiendo del océano Atlántico como una joya engastada en espuma blanca, apareció la isla de Nova Lux. Era más pequeña de lo que había imaginado: apenas quince kilómetros de punta a punta, pero cada centímetro parecía diseñado para impresionar. Edificios de cristal y acero se alzaban entre jardines tropicales, conectados por pasarelas cubiertas que brillaban bajo el sol de la tarde. En el centro de la isla, un domo geodésico enorme reflejaba el cielo como un ojo gigantesco.

—El Centro de Innovación Global —murmuró Sofía, reconociéndolo de las fotografías—. Ahí es donde se celebra la final.

A su lado, Mateo Reyes se incorporó en el asiento, apartándose el flequillo castaño de los ojos. Tenía catorce años, hombros anchos para su edad y unas manos que siempre estaban desmontando o ensamblando algo. En ese momento, sujetaba un pequeño motor eléctrico que había estado calibrando durante todo el vuelo.

—Dicen que el domo tiene la mayor impresora 3D industrial del mundo —dijo Mateo con una sonrisa—. Podríamos imprimir las piezas del chasis directamente allí.

Desde el asiento de atrás, Lina Park levantó la vista de su portátil. Era coreano-mexicana, de pelo negro liso recogido en una trenza práctica, y llevaba unas gafas de montura fina que le daban un aire de seriedad que desmentía su risa fácil. Sus dedos habían estado volando sobre el teclado, revisando las últimas líneas de código de su programa de inteligencia artificial.

—Antes de emocionarnos con la impresora, necesitamos que el algoritmo de navegación pase todas las pruebas de estrés —dijo Lina sin apartar la mirada de la pantalla—. Todavía tenemos un problema con la detección de obstáculos a velocidades superiores a treinta kilómetros por hora.

Sofía sonrió. Así era su equipo: ella soñaba en grande, Mateo construía las piezas y Lina hacía que todo funcionara con código y lógica. Juntos formaban el Equipo Nexus, representantes de la delegación hispanoamericana en el Torneo Internacional de Jóvenes Inventores, conocido como el TIJI.

El TIJI era el evento más prestigioso del mundo para inventores menores de dieciocho años. Cada dos años, cien equipos de todo el planeta eran seleccionados para competir en Nova Lux durante dos semanas. El premio no era solo un trofeo: el equipo ganador recibía una beca completa para desarrollar su invento a escala industrial, con financiación de las mayores empresas tecnológicas del mundo. Para tres chicos de catorce años que habían montado su proyecto en el garaje de la abuela de Sofía en Ciudad de México, aquella oportunidad era un sueño hecho realidad.

Su invento se llamaba ARIEL: un dron autónomo de rescate equipado con inteligencia artificial capaz de localizar personas atrapadas en edificios derrumbados tras terremotos o desastres naturales. Sofía había tenido la idea después del terremoto que sacudió su ciudad cuando tenía diez años. Recordaba los días de angustia esperando noticias de vecinos atrapados bajo los escombros, los equipos de rescate trabajando sin descanso, las horas perdidas buscando en los lugares equivocados. ARIEL podía cambiar eso: usando sensores térmicos, de sonido y de movimiento, combinados con un algoritmo de IA que aprendía de cada búsqueda, el dron podía localizar supervivientes en una fracción del tiempo que tardaban los métodos tradicionales.

El hidroavión amerizó suavemente en la bahía de Nova Lux y los pasajeros comenzaron a desembarcar por una pasarela flotante. Sofía aspiró el aire salado y cálido. A su alrededor, decenas de jóvenes de todas partes del mundo arrastraban maletas y cajas de equipamiento. Oyó conversaciones en inglés, mandarín, hindi, francés, árabe. El murmullo era electrizante.

En el muelle les esperaba un comité de bienvenida: jóvenes voluntarios con camisetas azul eléctrico que llevaban el logo del TIJI, un rayo estilizado dentro de un engranaje. Una chica alta y pelirroja con acento irlandés les entregó sus acreditaciones y un mapa holográfico de la isla en una tableta.

—Bienvenidos al TIJI. Soy Fiona, vuestra coordinadora de zona —dijo con una sonrisa profesional—. Vuestro taller asignado es el número 37, en el Pabellón Sur. Tenéis veinticuatro horas para montar vuestro laboratorio antes de la ceremonia de apertura.

Mientras caminaban hacia el Pabellón Sur, Sofía observaba todo con ojos de detective. Los talleres eran módulos prefabricados con paredes de cristal que permitían ver el interior. Algunos equipos ya estaban trabajando: vio un grupo de chicas japonesas ensamblando lo que parecía un exoesqueleto médico, un equipo nigeriano probando paneles solares flexibles y un dúo alemán calibrando un brazo robótico con una precisión asombrosa.

—La competencia es brutal —dijo Mateo, tragando saliva.

—No hemos llegado hasta aquí para asustarnos —respondió Sofía con firmeza.

El taller 37 era un espacio de unos cuarenta metros cuadrados con mesas de trabajo de acero inoxidable, conexiones eléctricas industriales, una impresora 3D de resina, herramientas de precisión y un ordenador central con más potencia de procesamiento de la que Lina había visto en su vida. Los ojos de los tres brillaron.

Desempacaron las cajas que habían enviado semanas antes: el prototipo de ARIEL, desmontado en piezas numeradas, los sensores térmicos que Mateo había soldado a mano, los servidores portátiles con el código de Lina y los planos de diseño que Sofía había dibujado y redibujado cientos de veces.

Trabajaron sin parar durante horas. Sofía supervisaba el ensamblaje mientras Mateo conectaba los motores y Lina cargaba el software en la unidad de vuelo. A las once de la noche, ARIEL estaba montado: un dron hexagonal de carbono reforzado, del tamaño de una mesa de café, con seis hélices silenciosas, una cámara térmica central y dos brazos articulados que podían mover escombros ligeros.

—Mañana haremos la primera prueba de vuelo —dijo Sofía, estirándose—. Ahora, a dormir.

Cuando salieron del taller, la isla estaba en calma. Las pasarelas brillaban con luces LED azuladas y el sonido del mar era un murmullo constante. Mateo cerró la puerta del taller con el código de seguridad y los tres caminaron hacia la residencia de equipos.

Sofía se detuvo un momento. Tuvo la sensación de que alguien los observaba. Miró hacia atrás, hacia la hilera de talleres oscuros. En una esquina, creyó ver una sombra moverse rápidamente, pero cuando parpadeó, no había nada.

—¿Pasa algo? —preguntó Lina.

—Nada. Estoy cansada —respondió Sofía, aunque un hormigueo de inquietud se instaló en su estómago.

Esa noche, tumbada en la litera de su habitación compartida con Lina, Sofía pensó en todo lo que habían construido para llegar hasta allí. Meses de trabajo, noches sin dormir, pruebas fallidas, discusiones sobre diseño y código que terminaban en risas o en pizza. ARIEL no era solo un proyecto de ciencias: era la prueba de que tres chicos normales podían crear algo extraordinario.

No sabía que, a pocos metros de allí, alguien estaba revisando los planos de todos los equipos participantes en una pantalla, marcando proyectos con cruces rojas. Y que ARIEL acababa de recibir la suya.

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