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El último verano en Villamarina Capítulo 1: El pacto de junio
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El último día de clase llegó con un calor anticipado que parecía tener prisa por instalar el verano. Martín Torres salió del instituto con la mochila medio abierta y la camisa arrugada, entornando los ojos contra el sol de mediodía que rebotaba en el asfalto de Villamarina como si el pueblo entero estuviera hecho de espejos. A sus diecisiete años, aquel era el último junio que pasaría allí, aunque todavía no se lo terminaba de creer.

Villamarina era uno de esos pueblos costeros del Mediterráneo que en invierno parecía dormido y en verano despertaba con una energía que le cambiaba el color hasta a las fachadas. Casas blancas con buganvillas moradas, calles estrechas que bajaban en pendiente hacia el paseo marítimo, el olor a sal mezclado con el de las frituras de los chiringuitos que empezaban a abrir sus puertas. Para los turistas era un destino de vacaciones. Para Martín y sus amigos era el mundo entero.

—¡Torres! ¡Espera! —la voz de Lucía Medina llegó desde el otro lado de la calle. Corría hacia él con su melena oscura recogida en un moño improvisado, la carpeta de dibujo bajo el brazo y una sonrisa que, como siempre, le provocó a Martín una sensación que prefería no analizar demasiado—. ¿Has visto la nota de historia? He sacado un nueve. Un nueve, Martín. Yo, que en septiembre no sabía ni cuándo fue la Revolución Francesa.

—Fue en 1absorption —dijo Martín, y se interrumpió con una risa—. Vale, yo tampoco me acuerdo. Pero enhorabuena.

Bajaron juntos por la calle del Faro, la pendiente más pronunciada del pueblo, esa que de niños usaban para lanzarse en patinete y que ahora recorrían a pie con la parsimonia de quienes saben que el tiempo tiene un límite. Al llegar a la plaza del Ancla se encontraron con el resto: Álex Navarro estaba sentado en el muro del mirador, con las piernas colgando sobre el vacío que daba al acantilado, tocando acordes en su guitarra acústica. A su lado, Paula Ruiz leía un libro con las gafas de sol puestas y los auriculares colgando del cuello. Nico Herrera hacía equilibrios sobre el bordillo como si tuviera ocho años en vez de diecisiete, y Sofía Campos llegó caminando desde la dirección opuesta, con su cámara analógica al cuello y el pelo rubio recortado a la altura de la barbilla, una imagen que a Martín siempre le recordaba a las protagonistas de las películas francesas que Sofía les obligaba a ver.

Seis amigos. Desde los once años, cuando la casualidad los juntó en el mismo grupo de vela de verano y una tormenta inesperada los dejó varados en la Cala del Silencio durante cuatro horas, tiempo suficiente para forjar una alianza que había sobrevivido a seis veranos, tres mudanzas de asiento en clase, infinitas discusiones y al menos dos crisis existenciales colectivas.

—Propongo algo —dijo Sofía, sentándose en el suelo de la plaza con las piernas cruzadas y colocando la cámara sobre su regazo—. Este va a ser nuestro último verano juntos. Lo sabemos todos, aunque ninguno quiera decirlo en voz alta.

El silencio que siguió fue incómodo, como suelen serlo las verdades que llegan antes de que uno esté preparado para escucharlas. Álex dejó de tocar. Paula bajó el libro. Nico se quedó quieto sobre el bordillo.

—No tiene por qué ser el último —dijo Nico, aunque su voz carecía de la convicción habitual.

—Nico, tú te vas a Madrid en septiembre. Álex tiene la beca en Valencia. Yo me voy a Barcelona a estudiar fotografía. Paula está en lista de espera para Salamanca. Martín todavía no sabe qué va a hacer con su vida, lo cual es otra forma de irse. Y Lucía… —Sofía miró a Lucía con una expresión que mezclaba cariño y disculpa— Lucía es la única que quizá se quede, pero no será lo mismo.

Lucía no respondió. Apretó los labios y clavó la mirada en el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo en una línea difusa que parecía vibrar con el calor.

—Lo que propongo —continuó Sofía, sacando del bolsillo un cuaderno pequeño con tapas de piel— es que hagamos un pacto. Tres meses. Del uno de junio al treinta y uno de agosto. El mejor verano de nuestras vidas. Sin dramas, sin peleas estúpidas, sin despedidas anticipadas. Vivimos cada día como si fuera el único. Y el último día del verano, nos reunimos aquí, en esta plaza, y nos despedimos de verdad. Con todas las letras.

—¿Y qué pasa si no queremos despedirnos? —preguntó Martín, con una voz más ronca de lo que pretendía.

—Entonces habrá que aprender —respondió Sofía—. Porque despedirse bien es una de las cosas más importantes que puede hacer una persona, y nadie nos lo enseña.

Álex rasgó un acorde en la guitarra, uno solo, limpio y resonante, que quedó flotando en el aire de la plaza como una firma sonora.

—Yo firmo —dijo.

Uno a uno, fueron escribiendo sus nombres en la primera página del cuaderno de Sofía. Martín fue el último. Mientras escribía su nombre, sintió que la tinta tenía el peso de una promesa que no sabía si podría cumplir. No porque no quisiera vivir el mejor verano de su vida, sino porque había cosas que no había dicho, cosas que llevaba guardando desde hacía dos años, y tres meses era mucho tiempo para mantener un secreto cuando las noches de verano tienen esa capacidad de ablandarlo todo.

Aquella tarde, mientras el sol se hundía en el Mediterráneo y las farolas del paseo marítimo empezaban a encenderse con su luz anaranjada, los seis bajaron a la playa y se sentaron en la arena todavía caliente. Álex tocó canciones que todos conocían, Paula leyó en voz alta un poema que había encontrado en su libro, Nico construyó una torre de piedras que se derrumbó tres veces, Sofía disparó su cámara hasta acabar el carrete, y Martín y Lucía se quedaron sentados uno junto al otro, con los hombros rozándose, mirando cómo las estrellas iban apareciendo una a una, como si el cielo también estuviera firmando el pacto.

Ninguno habló de septiembre. Ninguno mencionó las cartas de admisión, las mudanzas, los futuros que se ramificaban en direcciones opuestas. Esa noche, Villamarina era eterna y ellos también. Y aunque todos sabían que era mentira, decidieron creerla juntos, que es la forma más hermosa de mentir.

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