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Valentina y el dragón de origami Capítulo 1: La niña que doblaba papel
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Valentina tenía siete años, el pelo negro recogido en dos coletas desiguales y las manos siempre manchadas de rotulador. Vivía en un piso pequeño y luminoso con su madre, su padre y su gata Canela, que era naranja como su nombre y dormía todo el día encima del radiador.

Pero lo que hacía especial a Valentina no era su pelo ni sus manos manchadas. Lo que la hacía especial era lo que podía hacer con un simple trozo de papel.

Valentina era una artista del origami.

Cada tarde, después del colegio, subía corriendo las escaleras, dejaba la mochila en la entrada, le daba un beso a Canela en la cabeza y se sentaba en su escritorio de madera junto a la ventana. Allí tenía todo lo que necesitaba: una pila enorme de papeles de colores, tijeras de punta redonda, pegamento de barra y un libro viejo y gordo titulado «El arte del origami para niños», que le había regalado su abuelo Tomás por su sexto cumpleaños.

—Valentina, ¿no quieres merendar primero? —preguntaba su madre desde la cocina.

—¡Después, mamá! ¡Tengo una idea! —respondía Valentina, que siempre tenía una idea.

Su habitación era un pequeño museo de papel. Del techo colgaban grullas de todos los colores, sujetas con hilos transparentes, y cuando abría la ventana, el viento las hacía girar como si volaran de verdad. En la estantería había una fila de ranas verdes, cada una un poco mejor que la anterior, porque Valentina practicaba mucho. En la mesilla de noche descansaba un conejo blanco con orejas largas que parecía estar escuchando algo. Y en la esquina del escritorio, en el sitio de honor, estaba Pliego.

Pliego era un dragón de origami hecho con papel morado brillante. Era del tamaño de la mano de Valentina y tenía las alas abiertas, la cola enroscada y la cabeza levantada como si estuviera a punto de lanzar fuego. Le había costado tres tardes enteras hacerlo bien, doblando y desdoblando el papel con mucho cuidado hasta que cada pliegue quedó perfecto. Por eso se llamaba Pliego: por todos los pliegues que tenía.

—Eres mi creación favorita —le decía Valentina todas las noches antes de dormir, como si el dragón pudiera oírla.

Ese día, un martes de primavera, Valentina llegó del colegio con los ojos brillantes.

—¡Mamá, mamá! —gritó entrando por la puerta—. La profesora Laura nos ha dicho que la semana que viene hay un concurso de manualidades en el colegio. ¡Quiero presentar mis figuras de origami!

Su madre, que se llamaba Clara y tenía el mismo pelo negro que Valentina, sonrió desde la cocina.

—Eso es estupendo, cariño. ¿Qué figuras vas a presentar?

—Todavía no lo sé. Quiero hacer algo nuevo, algo que nunca haya hecho antes —dijo Valentina, sentándose a merendar un vaso de leche con galletas.

Canela saltó a su regazo y ronroneó. Valentina le acarició detrás de las orejas mientras pensaba.

—Podría hacer un zoológico entero de origami —murmuró para sí misma—. Leones, elefantes, jirafas… Pero eso ya lo ha hecho mucha gente.

Terminó la merienda, subió a su habitación y se sentó en el escritorio. Abrió el libro de origami por una página que no había probado nunca: «Figuras avanzadas: el fénix».

—Un fénix —susurró Valentina—. Un pájaro que renace de sus cenizas. Eso sería increíble para el concurso.

Pero el fénix era muy difícil. Tenía veintitrés pasos y algunos pliegues eran tan complicados que Valentina tuvo que intentarlo cuatro veces. Cada vez que se equivocaba, alisaba el papel con cuidado y volvía a empezar. No se enfadaba. Nunca se enfadaba con el papel.

—El papel tiene paciencia conmigo —solía decir—, así que yo tengo paciencia con él.

Después de una hora, por fin lo consiguió. Un fénix de papel rojo y dorado con las alas extendidas y una cola larga y elegante. Era precioso. Valentina lo colocó al lado de Pliego en el escritorio y los miró juntos.

—Ahora tienes un amigo, Pliego —dijo sonriendo.

Su padre, que se llamaba Andrés y trabajaba como carpintero, llegó a casa cuando ya anochecía. Subió a ver a Valentina y se quedó mirando el fénix con los ojos muy abiertos.

—Vaya, eso es impresionante, bichito —dijo. Siempre la llamaba bichito—. Cada día lo haces mejor.

—Gracias, papá. Es para el concurso del colegio.

—Vas a ganar seguro —dijo su padre, revolviendo el pelo de Valentina.

Cenaron los tres juntos en la cocina: tortilla de patatas y ensalada. Valentina habló todo el rato sobre el concurso, sobre las figuras que quería hacer y sobre una técnica nueva de origami que había visto en un vídeo.

—A veces creo que sueñas con papel —bromeó su madre.

—¡Pues claro que sueño con papel! —rio Valentina—. Sueño que mis figuras cobran vida y puedo hablar con ellas.

Sus padres se rieron. Si hubieran sabido lo que iba a pasar esa noche, no se habrían reído tanto.

Valentina se puso el pijama de estrellas, se lavó los dientes y se metió en la cama. Canela se acurrucó a sus pies, como siempre. La luna llena entraba por la ventana y bañaba el escritorio con una luz plateada. Las grullas del techo proyectaban sombras suaves en las paredes.

—Buenas noches, Pliego —dijo Valentina mirando al dragón morado—. Buenas noches, fénix. Buenas noches a todos.

Cerró los ojos y se quedó dormida en pocos minutos.

No supo cuánto tiempo pasó. Podían haber sido minutos u horas. Pero algo la despertó. Un ruido. Un ruido pequeño, como el crujir de una hoja seca. Luego otro. Y otro más.

Valentina abrió los ojos despacio. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luna. Canela seguía dormida a sus pies, ronroneando suavemente.

El ruido venía del escritorio.

Valentina se incorporó en la cama y miró hacia allí. Al principio no vio nada raro. Las grullas colgaban inmóviles del techo. Las ranas seguían en fila en la estantería. El conejo blanco estaba en la mesilla.

Pero entonces vio algo que la hizo contener la respiración.

Pliego se estaba moviendo.

El pequeño dragón de papel morado estaba caminando por el borde del escritorio con pasitos torpes, como un pollito recién nacido. Sus alas se agitaban un poco cada vez que daba un paso, como si le ayudaran a mantener el equilibrio. Y su cabecita de papel se giraba de un lado a otro, como si estuviera buscando algo.

Valentina se quedó tan quieta que ni siquiera respiraba. Pensó que estaba soñando. Cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. Pliego seguía caminando.

Entonces el dragón levantó la cabeza, la miró directamente y abrió la boca de papel.

—Va-Valentina —dijo con una vocecita crujiente, como el sonido que hace un periódico cuando lo arrugas—. Por fin estás despierta.

Valentina abrió la boca, pero no le salió ningún sonido. Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo en sus oídos.

—No tengas miedo —dijo Pliego, sentándose en el borde del escritorio y balanceando sus patitas de papel—. Soy yo. Tu dragón. Tu Pliego.

—Estoy soñando —susurró Valentina.

—No estás soñando —dijo Pliego—. Cada noche de luna llena, las figuras de origami hechas con cariño de verdad cobran vida. Tú nos creas con tanto amor que nosotros podemos movernos, hablar y sentir. Pero solo por la noche, cuando nadie nos ve.

Valentina se levantó de la cama muy despacio, como si tuviera miedo de asustar al dragón. Se acercó al escritorio y se arrodilló para estar a la altura de Pliego. Lo miró de cerca. Era exactamente como ella lo había hecho, con todos sus pliegues morados, pero ahora sus ojitos de papel brillaban con una luz suave, como dos estrellitas diminutas.

—¿De verdad eres tú? —preguntó Valentina con un hilo de voz.

—De verdad de la buena —dijo Pliego, y extendió una de sus alas para tocarle el dedo. El contacto fue suave, como una caricia de papel de seda.

Valentina sintió que una sonrisa enorme le llenaba toda la cara. Se sentó en el suelo, cruzó las piernas y miró a Pliego con los ojos más abiertos que había tenido en su vida.

—Cuéntamelo todo —dijo—. ¿Todos os movéis por la noche? ¿Las grullas también? ¿Y las ranas?

—Todos —dijo Pliego—. Bueno, casi todos. Las figuras que están un poco rotas o las que hiciste deprisa y sin ganas no cobran vida. Solo las que hiciste con cariño.

Valentina miró hacia el techo. Las grullas empezaron a moverse, girando suavemente en sus hilos. Una de ellas, azul celeste, bajó planeando y se posó en el hombro de Valentina.

—Hola —dijo la grulla con una voz dulce como una flauta—. Me llamo Celeste. Siempre quise decirte que me encanta el color que elegiste para mí.

Valentina se rio de pura felicidad. En la estantería, las ranas empezaron a saltar de un lado a otro. La más grande, de color verde intenso, saltó hasta el escritorio.

—¡Yo soy Saltarín! —croó con alegría—. ¡Y puedo saltar más alto que cualquier rana de verdad! Mira, mira, mira.

Saltarín dio un salto enorme para ser una rana de papel y aterrizó en la cabeza de Valentina. Ella se rio tanto que tuvo que taparse la boca para no despertar a sus padres.

El conejo blanco de la mesilla de noche se acercó dando saltitos suaves.

—Me llamo Bolita —dijo con una voz tímida y redonda—. Soy un poco vergonzoso. Pero quería que supieras que me gusta mucho estar en tu mesilla. Desde ahí puedo verte dormir y sé que estás bien.

A Valentina se le llenaron los ojos de lágrimas de emoción. Miró a todas sus creaciones moverse y hablar a su alrededor y sintió algo tan grande en el pecho que no sabía cómo nombrarlo. Era como si la felicidad y el asombro y el cariño se hubieran mezclado en una sola cosa enorme.

—Sois los mejores amigos que he tenido nunca —dijo Valentina.

Pliego le dio una palmadita suave en el dedo con su ala.

—Y tú eres la mejor creadora que hemos tenido nunca —dijo el dragón—. Pero Valentina, te he despertado por algo importante. No es solo para presentarnos.

La sonrisa de Valentina se borró un poco.

—¿Qué pasa, Pliego?

El dragón señaló con su cola hacia la esquina del escritorio, la que estaba más lejos de la ventana, la esquina que siempre quedaba en sombra.

—Mira allí —dijo Pliego, y su vocecita crujiente sonó preocupada por primera vez.

Valentina se acercó y entrecerró los ojos. Al principio no vio nada. Pero luego, cuando la luna iluminó bien esa esquina, lo vio: una mancha oscura. Era pequeña, del tamaño de una moneda, pero era de un negro profundo y brillante, como tinta derramada.

—¿Qué es eso? —preguntó Valentina.

—No lo sabemos —dijo Pliego—. Apareció hace tres noches. Y cada noche es un poco más grande.

Valentina tocó la mancha con la punta del dedo. Estaba húmeda y fría, y dejó un rastro negro en su piel.

—Es tinta —dijo—. Pero yo no he derramado ninguna tinta.

—Eso no es lo peor —dijo Celeste desde su hombro, con la voz temblorosa—. Anoche, una de las grullas pequeñas se acercó demasiado a la mancha. Y la tinta… la disolvió.

Valentina abrió mucho los ojos.

—¿Cómo que la disolvió?

—El papel se mojó, se volvió negro y se deshizo —dijo Saltarín, que por una vez no estaba saltando, sino que se había quedado muy quieto—. Nuestra amiga Brisa ya no está.

El silencio llenó la habitación. Valentina miró la mancha con un nudo en el estómago.

—Esa mancha está creciendo —dijo Pliego—. Y si sigue así, pronto será lo bastante grande como para alcanzarnos a todos. Nos necesitas, Valentina. Necesitamos que nos ayudes a descubrir qué es y cómo pararla. Antes de que sea demasiado tarde.

Valentina apretó los puños. Miró a Pliego, a Celeste, a Saltarín, a Bolita. Miró a todas las figuritas de papel que la observaban con sus ojitos brillantes desde cada rincón de la habitación. Eran sus amigos. Sus creaciones. Su familia de papel.

—Os lo prometo —dijo Valentina con la voz firme—. Voy a salvaros. No sé cómo, pero lo haré.

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