Era una noche calurosa de verano en la costa del Mediterráneo. La luna llena brillaba como una moneda de plata sobre el agua oscura y las olas llegaban a la playa con un susurro suave, como si el mar estuviera contando un cuento a la arena. En lo alto, miles de estrellas titilaban, como si ellas también quisieran ver lo que estaba a punto de suceder. Una brisa cálida movía las hojas de las palmeras del paseo marítimo y el aire olía a sal, a jazmín y a aventura.
Bajo la arena tibia de la playa, algo se movía. No era un cangrejo ni un gusano. Era algo mucho más pequeño y mucho más especial. Decenas de huevos blancos y redondos, enterrados hacía semanas por una tortuga madre que había viajado miles de kilómetros para poner sus huevos en la misma playa donde ella nació, empezaban a temblar. La arena sobre el nido se agrietaba y se hundía, como si la tierra respirara. Dentro de uno de esos huevos, una tortuguita muy pequeña empujaba con su diminuto hocico contra la cáscara.
Crac. Crac, crac.
El cascarón se rompió y una cabecita asomó al mundo por primera vez. Tenía los ojos grandes y oscuros como dos gotas de tinta, un caparazón del color del coral rosado y unas aletitas que se agitaban con energía, como si tuvieran prisa por empezar a vivir. Era Coral, y acababa de nacer.
—¡Uf! —exclamó Coral sacudiendo un trocito de cáscara que le colgaba de la cabeza—. ¿Esto es el mundo? ¡Es enorme!
A su alrededor, sus hermanos y hermanas también rompían sus cascarones. Eran muchos, quizás cincuenta o sesenta, todos diminutos y todos con la misma expresión de asombro. Se miraban unos a otros moviendo las cabecitas de un lado a otro, parpadando ante la inmensidad del cielo nocturno.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó uno de ellos, un tortuguito con una manchita verde en la aleta izquierda.
—Mamá no está aquí —observó otra tortuguita con voz temblorosa—. ¿Dónde está mamá?
Coral miró a su alrededor. Era cierto: no había ninguna tortuga adulta esperándoles. Las tortugas marinas, como le diría alguien mucho después, no se quedan con sus crías. Ponen los huevos en la arena y confían en que el instinto guiará a los pequeños hasta el mar. Es así desde hace millones de años, desde que los dinosaurios caminaban por la tierra. Solo había arena, oscuridad y un brillo enorme y misterioso a lo lejos. Era el mar. Coral no sabía cómo, pero algo dentro de ella, un instinto profundo que llevaba en la sangre de sus antepasados, le decía que tenía que ir hacia esa luz, hacia ese brillo, hacia el agua.
—Hay que ir hacia allí —dijo Coral señalando con su aleta—. Hacia el mar. Lo sé. Lo siento aquí dentro, en el pecho. Es como una voz que me dice: camina, nada, vive.
Las tortuguitas empezaron a caminar. Sus aletitas, hechas para nadar y no para andar, se hundían en la arena y avanzaban muy despacio, dejando rastros diminutos que parecían dibujitos en la playa. Parecían un ejército diminuto marchando bajo las estrellas. Coral iba delante, abriéndose camino con determinación, aunque cada paso le costaba un esfuerzo tremendo. La arena era blanda y sus aletas se hundían como cucharas en un puré.
—¡Ánimo! —gritaba Coral a sus hermanas—. ¡Un paso más! ¡Otro paso! ¡El mar nos espera!
Pero el camino hasta el mar estaba lleno de peligros que las pequeñas tortugas no esperaban. Primero fue un cangrejo enorme, o al menos así le pareció a Coral, que les cortó el paso agitando sus pinzas como un guardia de tráfico enfadado. Tenía un caparazón marrón cubierto de arena y unas pinzas tan grandes como la cabeza de Coral.
—¡Eh, eh, eh! ¿Adónde vais tan deprisa, bichitos? —gruñó el cangrejo, que se llamaba Pinzas y era conocido por ser el gruñón oficial de la playa. Llevaba viviendo en aquella arena desde hacía más de diez años y se consideraba el dueño de todo lo que pisaba—. ¡Es mi playa y nadie pasa sin mi permiso!
—Al mar —respondió Coral con valentía, aunque el corazón le latía muy deprisa—. Tenemos que llegar al mar. Es nuestro hogar.
Pinzas el cangrejo las miró con sus ojitos brillantes montados en palitos y chasqueó las pinzas con un sonido seco que resonó en la noche.
—El mar, el mar… Todos quieren ir al mar. Cada año es lo mismo: nacen las tortuguitas, salen de la arena y corren hacia el agua como locos. ¿Sabéis lo que hay en el mar? Peces grandes que os comerán de un bocado. Corrientes que os arrastrarán hasta el fin del mundo. Medusas que pican como mil abejas. Y cosas mucho peores que ni siquiera os puedo contar porque me dan escalofríos solo de pensarlas. Si yo fuera vosotras, me quedaría aquí en la playa, bien enterradita en la arena. Mucho más seguro. Aquí hace calorcito, hay bichitos para comer y nadie te persigue. Bueno, excepto las gaviotas, pero esas se van a dormir temprano.
Coral sintió un escalofrío. ¿Y si el cangrejo tenía razón? ¿Y si el mar era demasiado peligroso para una tortuga tan pequeña? Miró hacia atrás, hacia el nido del que habían salido, y luego hacia delante, hacia el brillo del agua. Entonces recordó esa sensación cálida en su pecho, esa voz interior que le decía: adelante. No te rindas. El mar te necesita y tú necesitas el mar.
—Gracias por el aviso, señor Cangrejo —dijo Coral con educación—. Pero el mar es nuestro hogar. Y un hogar no se evita por miedo. Se busca con valor.
Pinzas se quedó boquiabierto. Ninguna cría de tortuga le había contestado así jamás. Se hizo a un lado, todavía chasqueando las pinzas, y murmuró:
—Bueno, bueno… Valiente la pequeña. Ya veremos cuánto le dura esa valentía cuando el primer pez grande le enseñe los dientes.
Pero mientras las tortuguitas pasaban, Pinzas hizo algo que nadie vio: levantó una pinza y les hizo un pequeño saludo, como deseándoles suerte en secreto. Porque debajo de su caparazón duro y sus gruñidos, el viejo cangrejo tenía un corazoncito blando que se preocupaba por esas criaturas diminutas que se lanzaban al mundo sin miedo.
Coral y sus hermanas siguieron avanzando. Entonces llegó el segundo peligro, y este era más complicado que un cangrejo gruñón: las luces. A lo lejos, en el paseo marítimo, las farolas brillaban con una luz amarillenta y potente. También había luces de colores de un chiringuito que todavía estaba abierto, y los faros de algunos coches que pasaban por la carretera de la costa. Varias de las tortuguitas se detuvieron, confundidas, mirando hacia un lado y hacia otro.
—¡El mar está por allí! —gritó una señalando hacia las farolas—. ¡Mira cuánta luz! ¡Esa tiene que ser la luna sobre el agua!
—¡Sí, sí! —dijeron otras—. ¡Vamos hacia la luz grande!
—¡No! —exclamó Coral plantándose delante de ellas—. Esa no es la luz del mar. Esa luz es de los humanos. Las farolas, los coches, los edificios. El mar brilla de otra manera, más suave, más plateada, como la luna reflejada en el agua. Mirad allí. —Señaló con su aleta hacia la derecha, donde el reflejo de la luna creaba un camino de plata sobre las olas—. ¿Veis esa luz temblorosa y suave? Eso es el mar. ¡Seguidme!
Algunas tortuguitas la escucharon y la siguieron, confiando en su instinto. Pero otras, muchas otras, se desorientaron con las luces artificiales y se fueron hacia el paseo marítimo, hacia las farolas y los coches. Coral sintió tristeza al ver cómo algunos de sus hermanos se alejaban en la dirección equivocada, confundidos por luces que no les pertenecían.
—¡Volved! ¡El mar no está allí! —gritó Coral, pero la distancia era demasiado grande y su voz demasiado pequeña.
Quiso ir a buscarlos, pero sabía que si se detenía, los que la seguían también se perderían. Era una decisión horrible para una criatura que tenía apenas unos minutos de vida.
—Tengo que confiar en que encontrarán su camino —se dijo a sí misma, aunque le dolía el corazón como si alguien le hubiera puesto una piedra encima—. No puedo salvar a todos, pero puedo guiar a los que me siguen.
Por fin, después de lo que pareció una eternidad de arrastrar las aletas por la arena, tropezar con conchas y esquivar troncos de madera arrastrados por las olas, las aletitas de Coral tocaron algo fresco y húmedo. ¡Agua! La primera ola la alcanzó como un abrazo líquido y frío que le cubrió todo el cuerpo. La espuma blanca le hizo cosquillas en el hocico y la sal le picó un poquito en los ojos, pero fue la sensación más maravillosa del mundo.
Coral sintió cómo el agua salada la envolvía y le daba fuerza. Sus aletas, que en la arena eran torpes e inútiles, de pronto se movían con una gracia natural, cortando el agua como pequeñas alas. Era como si su cuerpo hubiera estado esperando este momento toda su vida. Porque así era: las tortugas marinas nacen para nadar.
—¡Estoy nadando! —gritó Coral, y era la sensación más maravillosa que había sentido en su cortísima vida—. ¡Hermanas, estamos nadando! ¡Esto es increíble!
Las tortuguitas que la habían seguido se lanzaron al agua con gritos de alegría. Nadaban, buceaban, giraban, hacían piruetas torpemente. El mar las acogía como una madre inmensa y líquida, meciéndolas con sus olas suaves.
Pero la alegría duró poco. Coral pronto se dio cuenta de que el mar era tan grande que no podía ver dónde terminaba. En todas direcciones solo había agua, agua y más agua. Las corrientes la empujaban hacia un lado y hacia otro, como manos invisibles que jugaban con ella. Y a su alrededor, en la oscuridad del agua nocturna, se movían sombras misteriosas: peces grandes con ojos brillantes, medusas transparentes con tentáculos largos como cintas, y formas que no podía identificar pero que la hacían nadar más deprisa.
Una a una, sus hermanas fueron separándose. Las corrientes las llevaban en distintas direcciones, como si el mar estuviera repartiendo cartas. Coral intentó nadar hacia ellas, llamarlas, pero el océano era demasiado vasto y las tortuguitas demasiado pequeñas.
—¡No os alejéis! —gritaba Coral—. ¡Quedaos juntas! ¡Juntas somos más fuertes!
Pero sus voces se perdían bajo las olas, tragadas por la inmensidad del mar.
Cuando el sol empezó a asomar por el horizonte, pintando el cielo de rosa, naranja y dorado, Coral se encontró sola. Completamente sola en medio de un mar infinito. El agua brillaba con la luz del amanecer y era hermosa, con colores que Coral no sabía que existían, pero también era aterradora para una tortuguita tan pequeña que cabía en la palma de una mano humana.
Coral flotó en la superficie un momento, dejando que el sol calentara su caparazón rosado. Sentía miedo, sí. Sentía soledad, sí. Sentía hambre, porque no había comido nada desde que nació. Pero también sentía algo más fuerte que todo eso: la determinación de sobrevivir, de encontrar las praderas submarinas de las que hablaba su instinto, esos campos de posidonia verde donde podría alimentarse y crecer hasta ser grande y fuerte.
—Muy bien, Coral —se dijo a sí misma, mirando su reflejo en el agua—. Estás sola y eres muy pequeña. Tan pequeña que un pez mediano podría confundirte con un aperitivo. Pero eres una tortuga marina, y las tortugas marinas llevamos millones de años nadando en este océano. Millones de años, ¿me oyes? Si mis antepasados pudieron sobrevivir a los dinosaurios, a las tormentas y a todo lo que el mundo les lanzó, yo también puedo. Así que deja de quejarte y empieza a nadar.
Y con ese pensamiento valiente resonando en su cabecita, Coral probó su primera comida: un trocito diminuto de alga que flotaba en la superficie. Sabía salado, un poco amargo, y le crujió entre las mandíbulas. No era delicioso, pero le dio energía. Comió otro trocito, y otro, y luego hundió el hocico en el agua y empezó a nadar hacia el este, donde algo le decía que encontraría lo que buscaba.
No sabía cuánto duraría el viaje. No sabía qué peligros encontraría. No sabía si volvería a ver a sus hermanas. Pero sabía una cosa con absoluta certeza: no iba a rendirse. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.
El primer día de la vida de Coral en el mar había comenzado, y con él, la aventura más grande que una pequeña tortuga podía imaginar.
