Brétema llevaba ciento cuarenta y tres días envuelta en niebla. Noa Ferreira lo sabía porque había empezado a contarlos en una libreta que guardaba debajo de la almohada, junto a una linterna y un walkman viejo que había sido de su madre. Cada mañana, antes de abrir los ojos, escuchaba el silencio húmedo que se colaba por las rendijas de la ventana y sabía que otro día gris había comenzado.
El pueblo costero se extendía entre acantilados de pizarra y un puerto pesquero que hacía semanas que no veía zarpar un solo barco. La niebla era tan densa que los faros del coche de su padre apenas iluminaban dos metros por delante. Los vecinos habían dejado de quejarse hacía tiempo. Al principio hubo reuniones en el ayuntamiento, llamadas a meteorólogos, incluso un equipo de televisión regional que grabó un reportaje que nadie fuera de la provincia pareció recordar. Después, simplemente, la gente se acostumbró. O eso decían.
Noa no se acostumbraba. Tenía quince años y la sensación persistente de que la niebla no era solo niebla. Era algo vivo, algo que respiraba contra los cristales de su habitación por las noches, algo que se movía con una intención que no podía explicar pero que sentía en la base del estómago, como un nudo que no se deshacía.
—Llegas tarde —le dijo Iago desde la esquina de la calle del Puerto, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta militar y el pelo oscuro pegado a la frente por la humedad—. Otra vez.
—He dormido mal —respondió Noa ajustándose la mochila al hombro.
—¿Otra vez los sueños?
Noa no contestó. No quería hablar de los sueños. No quería hablar de la voz que había empezado a escuchar tres noches atrás, un susurro tan leve que al principio creyó que era el viento colándose por alguna grieta. Pero el viento no dice tu nombre. El viento no te cuenta cosas que no deberías saber.
Caminaron juntos hacia el instituto, un edificio de piedra gris que parecía disolverse en la bruma como si la niebla intentara tragárselo. En la puerta los esperaban los demás: Lúa, con sus auriculares puestos y la mirada perdida en algún punto del horizonte invisible; Brais, el más alto del grupo, apoyado contra la pared con una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y la preocupación; y Mencía, la última en llegar al pueblo hacía apenas un año, cuando su madre fue trasladada como médica al centro de salud de Brétema.
—¿Habéis visto lo del faro? —preguntó Brais sin preámbulo.
—¿Qué pasa con el faro? —Iago frunció el ceño.
—Anoche se encendió. Solo. Lleva apagado desde septiembre, cuando el ayuntamiento cortó la electricidad porque decían que no servía de nada con esta niebla. Pero anoche se encendió y mi madre dice que vio la luz girando durante horas.
El silencio que siguió fue denso, casi tanto como la bruma que los rodeaba. Noa sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura. Porque la voz que había escuchado la noche anterior, esa voz que parecía salir de las paredes mismas de su habitación, le había dicho exactamente eso: «El faro se enciende esta noche. Es la señal. Ellos saben que habéis empezado a escuchar.»
—Yo… tengo que contaros algo —dijo Noa, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de muy lejos—. Algo que me está pasando por las noches.
Lúa se quitó los auriculares lentamente. Brais dejó de apoyarse en la pared. Mencía la miró con esos ojos oscuros que parecían ver más de lo que mostraban. E Iago, su mejor amigo desde que tenían memoria, dio un paso hacia ella con una expresión que Noa no supo interpretar: ¿miedo o reconocimiento?
—A mí también —susurró Iago—. A mí también me pasa.
Y entonces, como si la niebla hubiera estado escuchando, se hizo más espesa. Tanto que durante un instante Noa no pudo ver a sus amigos, aunque estaban a menos de un metro de distancia. Cuando la bruma se aclaró ligeramente, los cinco se miraron en silencio, y cada uno supo, sin necesidad de palabras, que sus vidas en Brétema acababan de cambiar para siempre.
La campana del instituto sonó, pero ninguno se movió. Había cosas más importantes que las clases de matemáticas. Había verdades que empezaban a filtrarse por las grietas de un silencio que duraba décadas, y la niebla, paciente y eterna, era su mensajera.
