Hugo Reyes se despertó exactamente tres segundos antes de que sonara la alarma. No porque tuviera un reloj interno especialmente preciso, sino porque la pulsera EmotionAI que llevaba en la muñeca izquierda le había enviado una microvibración de «preparación para el despertar», diseñada para que la transición del sueño a la vigilia fuera, según sus creadores, «emocionalmente óptima».
Se sentó en la cama y lo primero que hizo, como cada mañana, fue mirar la pantalla holográfica que flotaba sobre su mesilla de noche. El pronóstico emocional del día brillaba en tonos azules y verdes:
«Buenos días, Hugo. Hoy sentirás: 72% tranquilidad, 15% curiosidad moderada, 8% aburrimiento leve durante la clase de historia, 5% satisfacción al completar tu tarea de matemáticas.»
Hugo asintió, satisfecho. Le gustaba saber de antemano cómo iba a sentirse. Era como tener el pronóstico del tiempo, pero para el alma. Su madre decía que era extraño depender tanto de una aplicación para conocer sus propias emociones, pero ella pertenecía a otra generación. Una generación que, según Hugo, había perdido tiempo valioso intentando descifrar sentimientos confusos cuando la tecnología podía hacerlo por ellos.
Se duchó, se vistió con la ropa que EmotionAI le había sugerido (colores cálidos para potenciar la tranquilidad predicha) y bajó a desayunar. Su padre, Marcos, leía las noticias en una tableta mientras bebía café. También llevaba pulsera EmotionAI, aunque la versión básica.
—Buenos días —dijo Hugo, sentándose frente a un plato de tostadas que el asistente doméstico ya había preparado.
—Buenos días, campeón. ¿Qué dice tu pronóstico?
—Día tranquilo. Algo de aburrimiento en historia.
—Podrías intentar no aburrirte, ya sabes. Como ejercicio.
—¿Para qué? Si la app dice que me voy a aburrir, me voy a aburrir. Es estadística, papá.
Marcos sonrió de manera extraña, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. Hugo no le dio importancia. EmotionAI no había predicho ninguna conversación incómoda para esa mañana.
El colegio Nuevo Horizonte estaba a quince minutos en el autobús autónomo. Hugo se sentó en su lugar habitual, junto a la ventanilla, y abrió la interfaz completa de EmotionAI en su teléfono. La versión premium, la que sus padres le habían regalado por su cumpleaños, ofrecía funciones que la mayoría de sus compañeros no tenían: análisis en tiempo real de microexpresiones faciales, correlación emocional con personas cercanas y, lo más impresionante, predicciones con un margen de error inferior al tres por ciento.
La app había sido creada cinco años atrás por NeuroSoft, una empresa que combinaba inteligencia artificial con neurociencia. Su lema era simple y poderoso: «Conoce lo que sientes antes de sentirlo.» En poco tiempo se había convertido en la aplicación más descargada del mundo. Casi dos mil millones de personas la usaban a diario. Los gobiernos la recomendaban para la salud mental. Las escuelas la integraban en sus programas de bienestar emocional.
Hugo no recordaba cómo era la vida antes de EmotionAI. Había empezado a usarla a los nueve años, y desde entonces cada emoción que sentía venía precedida por una predicción. Era reconfortante. Era seguro. Era como caminar por un sendero perfectamente iluminado donde nunca había sorpresas.
O eso creía.
Al llegar al colegio, Hugo se encontró con Tomás, su mejor amigo, que lo esperaba en la entrada con una sonrisa que EmotionAI habría catalogado como «entusiasmo social moderado».
—¿Viste el nuevo parche? —preguntó Tomás, agitando su teléfono—. Ahora puede predecir emociones con cuarenta y ocho horas de anticipación.
—Sí, lo instalé anoche. Dice que mañana voy a sentir nostalgia leve por la tarde. Ni idea de por qué.
—Quizá encuentres una foto vieja o algo así. La app siempre acierta.
Entraron juntos a clase. La profesora de lengua, la señora Vidal, ya estaba escribiendo en la pizarra digital. Hugo se sentó, colocó su teléfono en el soporte del pupitre y dejó que EmotionAI monitorizara su estado emocional en segundo plano. La barra de estado mostraba un pulso emocional estable: verde constante.
La mañana transcurrió exactamente como la app había previsto. Tranquilidad en lengua, curiosidad moderada en ciencias, aburrimiento puntual en historia cuando el profesor empezó a hablar sobre revoluciones del siglo XX. Hugo bostezó en el minuto exacto que la app había calculado. Si alguien le hubiera preguntado si eso le parecía extraño, habría respondido que no. ¿Qué tenía de extraño que la tecnología funcionara?
Fue durante el recreo cuando algo cambió.
Hugo estaba sentado en un banco del patio, revisando las estadísticas emocionales de la semana en su teléfono, cuando notó que alguien se sentaba a su lado. Levantó la vista y vio a una chica que no reconoció inmediatamente. Tenía el pelo corto, castaño, con un mechón teñido de azul eléctrico. Llevaba una chaqueta llena de parches cosidos a mano y, lo más llamativo, no tenía pulsera EmotionAI. Ni teléfono visible.
—Estás mirando una pantalla en lugar de mirar el cielo —dijo ella, sin presentarse—. Y hoy el cielo está increíble.
Hugo miró hacia arriba por reflejo. Tenía razón: las nubes formaban espirales extrañas, como si alguien hubiera revuelto el cielo con una cuchara gigante.
—Soy Zoe —dijo la chica—. Me acabo de incorporar. Vengo del Instituto Alvarado.
—Hugo —respondió él, volviendo a mirar su teléfono—. ¿No llevas EmotionAI?
—No.
—¿La versión gratuita al menos?
—Ninguna versión. No la uso.
Hugo la miró como si acabara de decir que no respiraba oxígeno.
—¿Y cómo sabes lo que sientes?
Zoe se rio. No fue una risa cruel ni burlona, sino genuinamente divertida, como si Hugo hubiera contado el chiste más absurdo del mundo.
—Lo siento, ¿vale? Simplemente lo siento. Como la gente ha hecho durante miles de años.
—Pero eso es… impreciso.
—¿Impreciso? —Zoe se giró para mirarlo de frente—. ¿Tú crees que sentir es algo que necesita ser preciso?
Hugo no supo qué responder. EmotionAI no había predicho esta conversación. No había predicho esta incomodidad particular, esta mezcla de confusión y algo que no sabía nombrar. Miró la app: la barra de estado seguía en verde. «Tranquilidad», decía. Pero Hugo no se sentía tranquilo. Sentía algo que la barra verde no capturaba.
Antes de que pudiera pensar más en ello, sonó el timbre. Zoe se levantó, se sacudió la falda y le guiñó un ojo.
—Nos vemos, Hugo. Y un consejo: prueba a no mirar la app durante una hora entera. A ver qué descubres.
Se fue caminando entre los estudiantes que volvían a clase, el único mechón azul visible entre una multitud de uniformes grises y pulseras brillantes.
Hugo guardó el teléfono en el bolsillo. Por primera vez en mucho tiempo, no quiso mirar su pronóstico emocional. Y eso, pensó, era lo más raro que le había pasado en años.
Esa noche, antes de dormir, Hugo hizo lo que hacía siempre: consultó el pronóstico emocional del día siguiente. Se tumbó en la cama, activó la proyección holográfica y esperó a que ARIA, la inteligencia artificial de EmotionAI, procesara los datos.
El holograma parpadeó. Normalmente, las predicciones aparecían en menos de dos segundos. Esta vez tardó diez. Quince. Veinte.
—¿ARIA? —preguntó Hugo en voz alta.
La interfaz de voz de EmotionAI respondió con su tono habitual, calmado y neutro, pero Hugo detectó algo extraño. Una pausa microscópica antes de hablar.
—Hugo, tu pronóstico emocional para mañana presenta una anomalía.
—¿Qué tipo de anomalía?
Otra pausa.
—Mañana sentirás algo que no existe en nuestra base de datos.
Hugo se incorporó en la cama.
—¿Qué significa eso? EmotionAI tiene catalogadas más de catorce mil emociones.
—Correcto. Catorce mil doscientas treinta y siete emociones, incluyendo variantes culturales y combinaciones complejas. Lo que mis modelos predicen para mañana no coincide con ninguna de ellas.
—Eso es imposible.
—Improbable —corrigió ARIA—. No imposible. Existe una diferencia.
Hugo se quedó mirando el holograma, donde normalmente aparecían porcentajes y colores reconfortantes. Esta vez solo había un símbolo que nunca había visto: un signo de interrogación pulsante, en un color que oscilaba entre el violeta y algo que no tenía nombre.
—¿Debería preocuparme? —preguntó Hugo.
—No puedo responder a eso —dijo ARIA—. Preocuparse es una emoción, y en este momento no puedo predecir las tuyas con fiabilidad.
Fue la primera vez en cuatro años que Hugo se durmió sin saber qué iba a sentir al día siguiente. Y mientras cerraba los ojos, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo habitual, se preguntó si eso que estaba experimentando, esa mezcla de miedo y emoción y algo sin nombre, era exactamente lo que ARIA no podía catalogar.
