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Cenizas de neón Capítulo 1: Trazos en el vacío
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La lluvia caía sobre Neo-Bilbao como píxeles defectuosos, cada gota refractando la luz de los anuncios holográficos que cubrían cada superficie de la ciudad. Desde lo alto del puente de Zubizuri —o lo que quedaba de él, ahora envuelto en capas de realidad aumentada que lo hacían parecer un arco de cristal líquido—, Iker observaba el río Nervión convertido en un canal de datos luminosos. No era agua lo que veía a través de sus lentes AR, sino un flujo constante de información corporativa, publicidad y notificaciones que la mayoría de la gente ya ni siquiera distinguía del mundo real.

Tenía dieciséis años y las manos de alguien que llevaba toda la vida creando. Su guante háptico derecho, un modelo Kiro-7 que había modificado él mismo soldando circuitos adicionales con un cautín robado del taller de su padre, respondía a cada movimiento de sus dedos con una precisión que ningún guante comercial podía igualar. Con él podía pintar en la capa AR de la ciudad, dejar murales que solo existían en el espacio digital superpuesto al mundo físico, pero que millones de personas veían cada día a través de sus implantes oculares o sus gafas de realidad aumentada.

Iker se ajustó la capucha de su chaqueta de cuero sintético y activó el modo sigiloso de sus lentes. En la esquina inferior derecha de su campo visual apareció el icono de un ojo tachado: invisible para los drones de vigilancia de LuxCorp, al menos durante los próximos veinte minutos antes de que el firmware pirata que usaba necesitara reiniciarse. Veinte minutos era todo lo que necesitaba.

Se arrodilló junto a la barandilla del puente y extendió la mano derecha. Los sensores del guante detectaron la superficie AR disponible —un enorme panel publicitario virtual de LuxCorp que promocionaba las nuevas lentes Iris-9— y la señalaron con un contorno verde en su visión. Iker sonrió. Nada le producía más satisfacción que pintar encima de la propaganda corporativa.

Comenzó a trazar. Primero las líneas gruesas, gestuales, que definían la silueta. Después las capas de color, tonos que iban del naranja volcánico al violeta profundo, mezclándose en degradados imposibles que ningún aerosol físico podría replicar. En menos de cinco minutos, el anuncio de LuxCorp había desaparecido bajo un mural enorme: un txalaparta digital, el instrumento tradicional vasco, pero con las tablas hechas de circuitos rotos y las mazas convertidas en puños cerrados. Debajo, su firma: una llama azul con las letras «NKR» en su interior.

Cada vez que terminaba una pieza, sentía esa descarga de adrenalina, esa mezcla de orgullo y miedo que era como una droga. Orgullo porque sabía que miles de personas lo verían al cruzar el puente esa mañana. Miedo porque pintar sobre espacios AR corporativos era un delito de clase tres en Neo-Bilbao, castigado con hasta dos años en un centro de rehabilitación digital donde te desconectaban de la capa AR y te obligaban a vivir en el mundo gris, el mundo real, hasta que aprendieras a comportarte.

Iker se puso de pie y admiró su obra durante unos segundos. El txalaparta digital brillaba contra el cielo nocturno de la ciudad, sus colores reflejándose en las superficies AR circundantes como si el propio mural estuviera vivo. Entonces su lente emitió un pitido de alerta. Drones. Tres puntos rojos acercándose desde la zona de Abandoibarra.

—Mierda —murmuró, guardando el guante en el bolsillo interior de la chaqueta.

Corrió. Sus zapatillas con suela magnética le daban tracción extra sobre el pavimento mojado mientras descendía los escalones del puente a toda velocidad. Conocía cada callejón, cada pasadizo entre edificios, cada punto ciego de las cámaras AR de este distrito. Llevaba tres años pintando en las calles de Neo-Bilbao y nunca lo habían atrapado. No iba a ser esta noche.

Giró a la izquierda por la calle Henao, ahora un túnel de neón donde las fachadas de los edificios del siglo XIX habían sido cubiertas por capas y capas de realidad aumentada hasta hacerlas irreconocibles. Saltó una valla holográfica —su cuerpo la atravesó porque era solo luz, pero los sensores registraron la intrusión— y se coló por una puerta lateral que daba a un antiguo garaje convertido en espacio de coworking abandonado.

Dentro, la oscuridad era casi total. Sin la capa AR, el lugar no era más que hormigón agrietado y cables colgantes. Iker se quitó las lentes y parpadeó, dejando que sus ojos se adaptaran a la realidad sin filtros. El mundo gris, lo llamaban. Pocos jóvenes de su generación podían soportar mirarlo durante más de unos minutos sin sentir ansiedad.

Él no. A Iker le gustaba el mundo gris. Había algo honesto en el hormigón desnudo, en las manchas de humedad que formaban patrones que ningún algoritmo había diseñado. A veces pensaba que su arte era un intento de traer algo de esa honestidad al mundo AR, de crear imágenes que no intentaran venderte nada, que existieran solo porque alguien había sentido la necesidad de crearlas.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, y sacó su terminal portátil. Era un dispositivo antiguo, un modelo de hacía diez años que había encontrado en un contenedor de basura electrónica en Barakaldo, pero funcionaba. Se conectó a la red descentralizada —la que LuxCorp no controlaba, o al menos no del todo— y buscó su mural.

Ya estaba ahí. Alguien había tomado una captura y la había subido al foro underground de arte AR. Los comentarios aparecían en cascada:

«NKR ha vuelto a dar. Txalaparta brutal.» «¿Cuánto tardará LuxCorp en borrarlo esta vez?» «Las mazas como puños… Este tío sabe lo que hace.» «@NKR, si lees esto, ten cuidado. Los drones de la zona 3 tienen nuevo firmware.»

Iker sonrió. No sabía quién era esa última persona, pero le agradeció mentalmente el aviso. Se quedó leyendo comentarios durante unos minutos, sintiendo el calor familiar del reconocimiento anónimo, hasta que algo llamó su atención.

Un mensaje privado. De un usuario sin nombre, solo un avatar negro.

«Tu mural del puente. ¿Sabes lo que significan los patrones que usas en el fondo?»

Iker frunció el ceño. Los patrones del fondo eran abstractos, líneas y formas que añadía de manera intuitiva para dar textura a sus obras. No significaban nada. Eran ruido visual, decoración.

«No significan nada», respondió. «Es estética.»

La respuesta llegó en menos de tres segundos:

«Eso crees tú. Pero alguien los está leyendo. Y lo que dicen es muy interesante. Deberías tener más cuidado con lo que pintas, NKR. O mejor dicho: deberías tener más cuidado con quién te enseñó a pintar así.»

El mensaje se autodestruyó antes de que pudiera hacer una captura de pantalla. Iker se quedó mirando la pantalla vacía, sintiendo cómo el frío del garaje le calaba los huesos por primera vez.

¿Quién le había enseñado a pintar? Nadie. Era autodidacta. Había aprendido viendo tutoriales piratas, estudiando el trabajo de otros grafiteros AR, experimentando durante horas con su guante modificado. Los patrones de fondo los hacía de forma instintiva, movimientos casi automáticos que sus dedos repetían mientras se concentraba en la imagen principal.

Pero ahora que lo pensaba… ¿de dónde habían salido esos patrones? Recordaba haberlos visto por primera vez hacía años, en los murales de un grafitero legendario que firmaba como «Ama». Nadie sabía quién era. Sus obras habían aparecido por toda Neo-Bilbao durante un par de años y luego habían desaparecido de golpe, borradas no solo de las paredes AR sino de los archivos, de los foros, de todas partes. Como si nunca hubieran existido.

Iker había sido uno de los pocos que había guardado capturas. Había estudiado el estilo de Ama obsesivamente, había absorbido sus técnicas sin darse cuenta de que también estaba copiando algo más. Algo que, según el misterioso mensaje, no era simple decoración.

Se guardó el terminal en el bolsillo y se puso las lentes de nuevo. El mundo gris desapareció, reemplazado por la familiar capa de realidad aumentada: anuncios, notificaciones, la interfaz de navegación que le señalaba el camino a casa. Pero por primera vez en mucho tiempo, todo eso le pareció diferente. Como si detrás de cada píxel hubiera algo oculto, un significado que siempre había estado ahí pero que nadie le había enseñado a leer.

Caminó de vuelta a casa por las calles vacías, esquivando los drones de reparto nocturno que zumbaban a baja altura. Vivía en Santutxu, en un bloque de apartamentos que en el mundo gris era una mole de hormigón de los años 80 pero que en AR lucía como una torre art déco de plata y cristal. Su madre trabajaba turno de noche en una fábrica de componentes para lentes AR, así que el piso estaría vacío.

Al llegar, se tumbó en su cama sin quitarse la ropa y se quedó mirando el techo, donde la capa AR proyectaba un cielo estrellado personalizado que había diseñado él mismo. Normalmente lo relajaba, pero esa noche las estrellas parecían ojos vigilantes.

Antes de dormirse, abrió una de las capturas antiguas de los murales de Ama en su terminal. Amplió el fondo, los patrones que siempre había considerado mera textura. Y por primera vez, con los ojos entrecerrados y una sensación de vértigo creciente, le pareció ver algo: una estructura, una repetición, algo que se parecía demasiado a un lenguaje como para ser casualidad.

Iker cerró el terminal y apagó las lentes. En la oscuridad del mundo gris, su corazón latía como un motor de datos sobrecargado. Algo había cambiado esa noche. Algo que no podía deshacer.

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