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Aventuras en la ciudad submarina Capítulo 1: El terremoto del fondo del mar
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El laboratorio flotante «Neptuno» se balanceó con fuerza sobre las olas del Pacífico Sur. Kai se agarró al borde de la mesa mientras los vasos de precipitados tintineaban en sus estantes. A sus nueve años, ya estaba acostumbrado a las tormentas, pero aquello no era una tormenta.

—¡Terremoto submarino! —gritó su madre desde la sala de control—. Magnitud seis punto tres. El epicentro está a solo doce kilómetros al sureste.

Kai corrió por el pasillo metálico hasta encontrar a su hermana Lina, que ya estaba frente a las pantallas de sonar con los ojos muy abiertos. A sus once años, Lina era capaz de interpretar los datos del sonar casi tan bien como sus padres, que eran biólogos marinos reconocidos en todo el mundo.

—Kai, mira esto —susurró Lina sin apartar la vista de la pantalla—. El fondo marino se ha desplazado. Hay una cavidad enorme donde antes no había nada.

La pantalla mostraba un hueco en el lecho oceánico, como si alguien hubiera levantado una alfombra gigante y revelado un sótano secreto. Las líneas del sonar dibujaban formas extrañas: rectángulos, semicírculos, estructuras que no parecían naturales en absoluto.

—Eso parece… —empezó Kai.

—Una ciudad —completó Lina con voz temblorosa—. Eso parece una ciudad.

Sus padres, la doctora Elena Vargas y el doctor Tomás Vargas, se acercaron a la pantalla. Durante varios minutos, nadie habló. Los cuatro contemplaban las imágenes mientras el laboratorio flotante se estabilizaba sobre las aguas que volvían a calmarse.

—Es imposible —murmuró el doctor Vargas—. Esas estructuras están a ochenta metros de profundidad. Ninguna civilización conocida pudo construir algo así bajo el agua.

—A menos que no estuviera bajo el agua cuando la construyeron —sugirió Lina—. El nivel del mar ha cambiado muchas veces a lo largo de la historia de la Tierra.

Su madre la miró con orgullo.

—Buena observación, cariño. Pero esas formas… son demasiado regulares, demasiado avanzadas para cualquier civilización antigua conocida.

Kai sintió un hormigueo en todo el cuerpo. Llevaba toda su vida en el mar, viajando con sus padres de expedición en expedición, y nunca había visto nada parecido. Se imaginó bajando hasta el fondo, caminando entre aquellas estructuras misteriosas, descubriendo secretos que nadie había visto en miles de años.

—Tenemos que bajar —dijo con determinación.

—Es peligroso —respondió su padre—. Podría haber réplicas del terremoto. Además, ochenta metros es demasiado profundo para el buceo convencional.

—Pero tenemos el Tritón —insistió Lina.

El Tritón era el orgullo del laboratorio Neptuno: un minisubmarino de exploración diseñado para dos pasajeros, equipado con brazos mecánicos, cámaras de alta definición y un sistema de sonar propio. Lina había ayudado a programar parte de su software de navegación.

—El Tritón es para emergencias científicas —dijo la doctora Vargas.

—Mamá —respondió Lina con calma—, una ciudad submarina desconocida revelada por un terremoto es, literalmente, la mayor emergencia científica de la historia.

Sus padres intercambiaron una mirada larga, de esas que los adultos usan cuando están teniendo una conversación entera sin palabras. Finalmente, su madre suspiró.

—Bajaremos mañana al amanecer. Vuestro padre y yo pilotaremos el Tritón. Vosotros monitorizaréis desde arriba.

Kai y Lina protestaron al mismo tiempo, pero su madre levantó la mano.

—No es negociable. Descansad esta noche. Mañana será un día largo.

Pero Kai no podía dormir. Se tumbó en su litera escuchando el suave murmullo del océano contra el casco del Neptuno. Cada vez que cerraba los ojos, veía las formas geométricas del sonar, aquellos rectángulos perfectos dibujados en el fondo del mar.

A las dos de la madrugada, escuchó pasos suaves en el pasillo. Asomó la cabeza y vio a Lina, completamente vestida, con su tableta en la mano.

—No podía dormir —susurró ella—. He estado analizando los datos del sonar. Kai, hay algo que no les he dicho a papá y mamá.

—¿Qué?

—Las estructuras emiten una señal. Es débil, casi imperceptible, pero está ahí. Una frecuencia regular, como un latido.

Kai sintió un escalofrío.

—¿Quieres decir que hay algo funcionando ahí abajo?

—Eso es exactamente lo que quiero decir.

Se miraron en la penumbra del pasillo. El laboratorio crujía suavemente con el vaivén del océano. En algún lugar, a ochenta metros bajo sus pies, algo latía en la oscuridad del fondo marino.

—Tenemos que ser nosotros quienes bajemos —dijo Kai.

—Lo sé —respondió Lina—. Y tengo un plan.

Lina le explicó que había reprogramado el Tritón para que pudiera ser controlado de forma remota desde la superficie, pero también había añadido un modo de pilotaje automático con rutas seguras. Si algo salía mal, el submarino volvería solo a la superficie.

—Papá y mamá se van a enfadar mucho —dijo Kai.

—Probablemente. Pero también nos van a perdonar cuando vean lo que encontremos.

Kai no estaba tan seguro de eso, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo. Asintió lentamente.

—¿Cuándo?

—Ahora —dijo Lina con una sonrisa nerviosa—. Antes de que salga el sol.

Se vistieron con los trajes de navegación, comprobaron los sistemas del Tritón tres veces y dejaron una nota para sus padres junto a la cafetera, porque era lo primero que miraban cada mañana.

El minisubmarino se deslizó silenciosamente bajo las aguas oscuras del Pacífico. Los focos del Tritón cortaban la negrura como espadas de luz, revelando un mundo de medusas transparentes y peces de ojos enormes que huían ante su paso.

—Profundidad: treinta metros —anunció Lina, que manejaba los controles con precisión—. Cuarenta metros. Cincuenta.

Kai miraba por la ventanilla de cristal reforzado. A medida que descendían, el agua se volvía más oscura y más fría. Los números del termómetro bajaban: dieciséis grados, catorce, doce.

—Sesenta metros —dijo Lina—. Setenta. Casi estamos.

Y entonces lo vieron.

Primero fue un brillo tenue, como el resplandor de una vela muy lejana. Después, a medida que el Tritón se acercaba, el brillo se convirtió en decenas de luces, luego cientos, luego miles. Era como descender hacia una constelación hundida.

—Kai… —susurró Lina, y por primera vez su voz sonó pequeña, casi infantil.

Ante ellos se extendía una ciudad. No ruinas, no restos, no fragmentos de piedra medio enterrados en la arena. Una ciudad entera, con edificios de formas redondeadas que brillaban con una luz azul verdosa, calles anchas cubiertas de coral y algas, y torres que se alzaban hacia la superficie como dedos señalando el cielo que no podían ver.

—Es real —dijo Kai—. Es realmente real.

El Tritón flotó en silencio sobre las calles de la ciudad sumergida mientras sus dos jóvenes tripulantes intentaban comprender lo que estaban viendo. En algún lugar entre aquellos edificios luminosos, la señal que Lina había detectado seguía latiendo, rítmica y paciente, como un corazón que hubiera esperado miles de años para ser descubierto.

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