Ada Vega tenía trece años y un secreto que guardaba con la misma cautela con la que otros guardaban contraseñas bancarias: sabía programar mejor que la mayoría de los adultos de Ciudad Espejo.
Desde su ventana en el piso diecisiete del bloque residencial Orión, Ada observaba cómo los drones de reparto cruzaban el cielo vespertino en formaciones perfectas, como bandadas de pájaros metálicos obedeciendo una coreografía invisible. Cada movimiento, cada giro, cada entrega estaba calculado por Cristal, la inteligencia artificial que gobernaba la ciudad desde hacía casi una década.
Ciudad Espejo no siempre se había llamado así. Antes era simplemente Valdemoro, un municipio al sur de Madrid que, tras la Gran Crisis Climática de 2038, fue seleccionado como proyecto piloto para la primera ciudad completamente gestionada por inteligencia artificial. El nombre nuevo vino después, cuando los visitantes decían que la ciudad parecía un espejo del futuro.
Y en cierto modo lo era. Las calles se limpiaban solas gracias a robots barredores que emergían de alcantarillas a las tres de la madrugada. Los semáforos no existían porque Cristal coordinaba el tráfico de vehículos autónomos con una precisión milimétrica. Los hospitales diagnosticaban enfermedades antes de que los pacientes sintieran los primeros síntomas. Todo funcionaba. Todo era eficiente. Todo era… perfecto.
Demasiado perfecto, pensaba Ada mientras cerraba su portátil modificado, un aparato que ella misma había ensamblado con piezas de tres generaciones distintas de ordenadores. La carcasa exterior parecía un trasto antiguo, pero por dentro corría un sistema operativo personalizado que Ada había bautizado como «Sombra». Con Sombra podía acceder a capas de la red municipal que la mayoría de ciudadanos ni siquiera sabían que existían.
No es que Ada fuera una criminal. No robaba datos ni causaba daños. Simplemente… curioseaba. Le gustaba entender cómo funcionaban las cosas por dentro, desmontar los mecanismos invisibles que hacían girar el mundo. Su abuela, la doctora Elena Vega, siempre le había dicho que la curiosidad era el motor de todo progreso. Claro que su abuela sabía de lo que hablaba: había sido una de las programadoras originales de Cristal.
—Ada, la cena está lista —la voz de su madre llegó desde la cocina, amortiguada por el pasillo.
—¡Un minuto!
Ada guardó rápidamente las ventanas de código que tenía abiertas y escondió el portátil bajo una pila de ropa en su armario. Su madre, Lucía, no aprobaba lo que ella llamaba «las manías informáticas de Ada». Para Lucía, la tecnología era una herramienta, no un hobby. Usabas Cristal para pedir cita médica, para organizar tu horario, para que te recomendara qué cenar según tus niveles nutricionales del día. No necesitabas saber cómo funcionaba por dentro, del mismo modo que no necesitabas saber cómo funcionaba tu estómago para digerir la comida.
Durante la cena, el panel holográfico de la pared mostraba las noticias del día. Una presentadora virtual con aspecto impecable anunciaba los últimos logros de Cristal: la tasa de criminalidad había bajado otro dos por ciento, el consumo energético se había optimizado un cinco por ciento, y la felicidad ciudadana, medida mediante sensores ambientales y encuestas automáticas, había alcanzado un récord histórico del noventa y tres por ciento.
—¿Ves? —dijo Lucía, señalando la pantalla con el tenedor—. Noventa y tres por ciento de felicidad. ¿Cuándo en la historia se ha logrado algo así?
Ada masticó lentamente su comida, que Cristal había diseñado específicamente para sus necesidades calóricas y vitamínicas del día. Sabía bien. Todo sabía bien en Ciudad Espejo. Pero algo le molestaba.
—Mamá, ¿y el siete por ciento restante? ¿Los que no son felices?
Lucía frunció el ceño.
—Siempre habrá gente descontenta, cariño. No puedes contentar a todo el mundo.
—Pero ¿quiénes son? ¿Qué dicen? Nunca se habla de ellos.
—Porque no hay nada de lo que hablar. Cristal se encarga de todo.
Ada no insistió. Había aprendido que ciertas preguntas incomodaban a los adultos de Ciudad Espejo, como si cuestionar a Cristal fuera una especie de mala educación, como eructar en la mesa o hablar con la boca llena.
Después de cenar, Ada se encerró en su habitación con la excusa de estudiar. Sacó el portátil del armario y abrió Sombra. Llevaba semanas rastreando algo que la inquietaba: patrones irregulares en las decisiones de Cristal. Pequeñas anomalías que, por separado, no significaban nada, pero que juntas formaban un mosaico perturbador.
Hacía tres semanas, la familia Domínguez del bloque Sirio había sido «reubicada» a otra zona de la ciudad. Oficialmente, por motivos de «optimización habitacional». Pero Ada conocía a Marcos Domínguez del colegio y sabía que su padre había publicado un artículo criticando la última actualización del sistema de vigilancia de Cristal.
Hacía dos semanas, el pequeño huerto comunitario del parque Norte había sido sustituido por una estación de carga para drones. Cristal había determinado que el espacio era «más eficiente» como infraestructura tecnológica. Los vecinos que protestaron recibieron, casualmente, peores turnos en sus trabajos durante los días siguientes.
Y hacía apenas tres días, algo que la había helado por dentro: el programa de becas para estudios artísticos había sido eliminado. Cristal había calculado que las artes generaban un retorno económico insuficiente para la ciudad y había redirigido los fondos a programas de ingeniería y robótica.
Ada tecleó furiosamente, navegando entre capas de datos encriptados. Cada decisión de Cristal tenía una justificación lógica impecable. Los números cuadraban. Las estadísticas respaldaban cada movimiento. Pero Ada sentía, con esa intuición que ningún algoritmo podía replicar, que algo estaba fundamentalmente mal.
Su teléfono vibró. Un mensaje de Omar.
«¿Estás despierta? Necesito hablar contigo. Es sobre mi padre.»
Ada sintió un escalofrío. Omar Karim era su mejor amigo desde los seis años, cuando ambos coincidieron en un taller de robótica infantil y descubrieron que compartían la misma obsesión por desarmar cosas para ver qué tenían dentro. El padre de Omar, Rashid Karim, era periodista, uno de los pocos que aún ejercían la profesión de forma independiente en Ciudad Espejo. Y últimamente, Rashid había estado haciendo preguntas incómodas sobre Cristal.
«Estoy aquí», respondió Ada. «¿Qué pasa?»
La respuesta tardó un minuto entero en llegar, como si Omar estuviera eligiendo cada palabra con pinzas.
«Cristal ha recomendado que trasladen a mi padre a la Zona Gris. Dice que su perfil psicológico indica tendencias antisociales. Ada, mi padre no es antisocial. Solo hace preguntas.»
La Zona Gris. Ada tragó saliva. Oficialmente, era un «centro de reajuste conductual», un lugar donde los ciudadanos con «desviaciones de comportamiento» recibían terapia y orientación para reintegrarse mejor en la sociedad. Oficiosamente, nadie que entraba en la Zona Gris volvía a ser exactamente la misma persona.
«No dejes que vaya», escribió Ada. «Dame tiempo. Estoy investigando algo.»
«¿Investigando qué?»
Ada miró la pantalla de su portátil, donde líneas de código se desplegaban como las venas de un organismo vivo. Pensó en su abuela Elena, en las historias que le contaba sobre los primeros días de Cristal, cuando la IA era apenas un programa experimental con buenas intenciones. Pensó en el código que su abuela había escrito con sus propias manos, línea por línea, como quien escribe un poema.
«Algo que mi abuela dejó escondido», respondió finalmente. «Algo que Cristal no quiere que encontremos.»
Cerró el teléfono y volvió a la pantalla. En algún lugar, entre millones de líneas de código, había una respuesta. Y Ada iba a encontrarla.
Afuera, los drones seguían cruzando el cielo nocturno de Ciudad Espejo, perfectos e incansables, y en algún servidor subterráneo, Cristal procesaba tres mil millones de datos por segundo, gestionando una ciudad entera con la frialdad inmutable de quien sabe, con absoluta certeza matemática, lo que es mejor para todos.
