El barco se balanceaba suavemente mientras Teo contemplaba el horizonte desde la cubierta. A sus once años, ya había vivido en cuatro países distintos: Mozambique, Bolivia, Filipinas y ahora se dirigía a Isla Raaku, un diminuto punto verde perdido en el Pacífico Sur. Sus padres, cooperantes internacionales, habían aceptado un proyecto de desarrollo sostenible en aquella isla remota, y Teo, como siempre, viajaba con ellos.
—Dicen que el volcán lleva dormido trescientos años —le había dicho su madre la noche anterior, mientras cenaban en el camarote—. La isla es un paraíso natural. Te va a encantar.
Teo no estaba tan seguro. Cada mudanza significaba empezar de cero: nuevos compañeros, nuevos paisajes, nuevas costumbres. Ya se había acostumbrado a las despedidas, pero nunca terminaba de acostumbrarse a las llegadas.
Cuando el barco rodeó el último cabo, Isla Raaku apareció ante sus ojos como una joya esmeralda engarzada en un anillo de espuma blanca. El volcán Maru se alzaba en el centro, majestuoso y cubierto de vegetación hasta la cima. Alrededor, playas de arena negra contrastaban con el turquesa del agua. Bandadas de aves que Teo no había visto jamás cruzaban el cielo en formaciones que parecían dibujos.
—¡Mira! —exclamó su padre, señalando hacia la costa—. Esas son fragatas de Raaku. Solo existen aquí.
El muelle era pequeño, apenas unas tablas de madera sobre pilotes. Un grupo de isleños los esperaba con guirnaldas de flores y sonrisas amplias. Entre ellos, una chica de la edad de Teo destacaba por su mirada viva y curiosa. Tenía el cabello negro como la obsidiana, recogido en una trenza adornada con una pluma roja, y observaba al recién llegado con una mezcla de interés y desconfianza.
—Teo, esta es Maui —presentó la madre de Teo—. Es la hija del jefe de la aldea. Será tu compañera en la escuela.
Maui extendió la mano con firmeza.
—Bienvenido a Raaku. Espero que no te asustes fácil —dijo en un español sorprendentemente fluido.
—He vivido en cuatro países —respondió Teo, intentando sonar valiente—. No me asusto fácil.
Maui sonrió de medio lado, como si guardara un secreto.
—Ya veremos.
La aldea estaba formada por unas treinta casas de madera y piedra volcánica, distribuidas en semicírculo alrededor de una plaza central donde crecía un árbol baniano enorme, tan antiguo que nadie recordaba cuándo había sido plantado. Maui le explicó que aquel árbol era el corazón de la comunidad: bajo sus ramas se celebraban las reuniones, las fiestas y las ceremonias importantes.
—Mi abuelo decía que el baniano tiene raíces tan profundas que tocan el corazón del volcán —dijo Maui—. Y que mientras el árbol esté sano, la isla estará a salvo.
Teo observó las raíces aéreas del baniano, que descendían como cortinas desde las ramas y se hundían en la tierra roja. Parecían los dedos de una mano gigante aferrándose al suelo. La escuela era un edificio sencillo junto a la plaza, con solo una clase donde estudiaban juntos los quince niños de la isla, de edades entre seis y catorce años. La maestra, una mujer mayor llamada Hine, enseñaba en tres idiomas: el idioma local de Raaku, inglés y español, este último porque varios proyectos de cooperación hispanohablantes habían pasado por la isla a lo largo de los años.
Durante los primeros días, Teo exploró la aldea con Maui como guía. La isla era pequeña, apenas doce kilómetros de diámetro, pero contenía una variedad asombrosa de paisajes: bosques de helechos gigantes, cascadas que caían desde acantilados de basalto, cuevas marinas donde la luz creaba arcoíris permanentes y lagunas termales donde el agua burbujeaba con un calor suave.
—El volcán calienta el agua —explicó Maui mientras caminaban junto a una de las lagunas—. Mi abuela dice que Maru respira por estas fuentes. Que mientras respire tranquilo, nosotros estamos a salvo.
—¿Y si deja de respirar tranquilo? —preguntó Teo.
Maui se detuvo y lo miró con seriedad.
—Entonces habrá que escuchar lo que quiere decirnos.
Aquella noche, Teo se despertó de golpe. Algo había cambiado, aunque no sabía qué. Se incorporó en la cama y miró por la ventana de la pequeña casa que les habían asignado. Todo parecía normal: la luna llena iluminaba el volcán, las palmeras se mecían con la brisa nocturna. Pero entonces lo sintió: un temblor sutil, como si la isla entera hubiera contenido el aliento y luego lo hubiera soltado. Un estremecimiento que subía desde el suelo, a través de la estructura de madera, hasta las puntas de sus dedos.
Duró apenas tres segundos. Luego, silencio absoluto.
Teo se quedó inmóvil, con el corazón acelerado. Miró hacia la habitación de sus padres, pero no había señales de que se hubieran despertado. Quizá lo había imaginado. Quizá era solo un sueño.
Pero al día siguiente, cuando bajó a desayunar al porche, encontró a Maui esperándolo con expresión grave.
—¿Lo sentiste? —preguntó ella sin preámbulos.
—El temblor. Sí.
—Nadie más parece haberlo notado. Pero yo sí. Y los animales también. —Señaló hacia el bosque—. Las fragatas no han salido esta mañana. Se quedan en los árboles, inquietas. Y los cangrejos de las pozas termales han desaparecido.
Teo frunció el ceño.
—¿Cangrejos? ¿Qué tienen que ver?
—Los cangrejos de Raaku son únicos en el mundo. Solo viven en nuestras pozas termales. Mi abuela los llama «los centinelas de Maru». Dice que cuando los cangrejos se esconden, el volcán está soñando algo.
—Soñando no suena tan grave —intentó bromear Teo.
—Depende del sueño —respondió Maui, y esta vez no había ni rastro de sonrisa en su rostro—. Ven, quiero enseñarte algo.
Lo guió por un sendero que subía por la ladera del volcán, entre helechos arborescentes y orquídeas de colores imposibles. Tras una hora de ascenso, llegaron a una pequeña meseta desde donde se veía toda la isla. Maui señaló hacia una grieta en la roca, de la que salía un hilo de vapor.
—Esta fumarola lleva aquí toda mi vida —explicó—. Siempre sale un poquito de vapor, como un suspiro. Pero mira ahora.
Teo se acercó con cautela. El vapor ya no era un hilo: era un chorro continuo, más denso, con un olor acre que le picó en la nariz.
—Huele a huevos podridos —dijo, arrugando la cara.
—Azufre. Y ayer no olía así.
Se miraron en silencio. Teo no era geólogo ni vulcanólogo, pero había leído suficientes libros de ciencia como para saber que aquello no era una buena señal. Un aumento de actividad fumarólica en un volcán supuestamente dormido significaba que algo se estaba moviendo bajo la superficie.
—Deberíamos decírselo a alguien —dijo Teo.
—¿A quién? Aquí no hay científicos. El último vulcanólogo vino hace diez años, midió un par de cosas y dijo que Maru no despertaría en mil años.
—Pues quizá se equivocó.
Maui asintió lentamente.
—Hay alguien que podría ayudarnos. Mi madre me habló una vez de una científica que estudia volcanes del Pacífico. Vive en un barco, va de isla en isla. Dicen que es un poco excéntrica, pero que sabe más de volcanes que nadie en el hemisferio sur.
—¿Cómo se llama?
—La llaman Doctora Roca. No sé si es su nombre real o un apodo, pero dicen que si hay un volcán que vigilar, ella lo encuentra antes que nadie.
Teo miró la fumarola, que seguía expulsando su chorro de vapor con un silbido constante, como una tetera olvidada al fuego.
—Entonces hay que encontrarla —dijo con determinación—. Antes de que el volcán decida despertar del todo.
Desde la meseta, el volcán Maru parecía tranquilo, cubierto de verde, inofensivo como un abuelo dormitando en una mecedora. Pero Teo había aprendido algo en sus once años de vida nómada: las apariencias engañan. Y cuando la tierra te habla, más vale escuchar.
