Luna tenía siete años y una manía que a nadie más le parecía importante: coleccionaba palabras. Las apuntaba en una libreta pequeña de tapas verdes que llevaba siempre en el bolsillo de su chaqueta. Palabras bonitas, palabras raras, palabras que sonaban como lo que significaban. Su favorita hasta ese momento era «murmullo», porque al decirla sentía que el aire le hacía cosquillas en los labios. También le gustaba «crepúsculo», que sonaba como algo que se apaga despacio, y «burbuja», que parecía explotar al final.
En el colegio, sus compañeros coleccionaban cromos de animales o piedras de colores. Luna no entendía por qué nadie más veía lo especial que eran las palabras. Cada una tenía su propio sabor, su propia forma, su propia temperatura. «Hielo» era una palabra puntiaguda y azul. «Almohada» era redonda y blandita. «Relámpago» era rápida y eléctrica, como un rayo atravesando la lengua.
Vivía con su abuela Elena en una casa de piedra al final de una calle empedrada, justo donde el pueblo terminaba y empezaba el bosque. La abuela Elena tenía un jardín trasero lleno de romero, lavanda y tomates que parecían pequeños soles rojos. Luna ayudaba a regar las plantas cada tarde después del colegio, pero siempre miraba más allá de la valla de madera, hacia los árboles grandes y oscuros que se extendían colina arriba.
—Abuela, ¿qué hay detrás del bosque? —preguntaba a menudo.
—Más bosque —respondía la abuela con una sonrisa misteriosa—. Y luego más. Y luego algo que solo encuentran quienes buscan de verdad.
Una tarde de primavera, mientras regaba las lechugas, Luna vio algo que nunca había visto: una mariposa de color violeta intenso, tan brillante que parecía hecha de luz. La mariposa revoloteó sobre su cabeza, dio tres vueltas alrededor de la regadera y salió volando hacia el bosque, dejando un rastro de puntitos luminosos en el aire.
Luna dejó la regadera en el suelo y, sin pensarlo dos veces, saltó la valla. Corrió entre los árboles siguiendo a la mariposa. Las ramas crujían bajo sus pies y el aire olía a tierra mojada y a hojas nuevas. La mariposa se detenía cada pocos metros, como si la esperara, y luego seguía volando.
Después de varios minutos, Luna llegó a un roble enorme, el más grande que había visto jamás. Su tronco era tan ancho que harían falta cinco niños tomados de las manos para rodearlo. Y entre las raíces retorcidas que sobresalían de la tierra, había una puerta.
No era una puerta cualquiera. Estaba hecha de corteza de árbol y tenía un picaporte en forma de pluma. Alrededor del marco crecían flores diminutas de todos los colores, y cada una emitía un suave zumbido, como si cantaran muy bajito.
Luna se arrodilló frente a la puerta. Sacó su libreta verde y escribió: «Asombro: lo que siento ahora mismo». Luego guardó la libreta, respiró hondo y giró el picaporte.
La puerta se abrió hacia dentro y una ráfaga de aire cálido y perfumado le acarició la cara. Al otro lado no había tierra ni raíces, sino un jardín. Pero no un jardín como el de su abuela. Este jardín era inmenso y resplandeciente. El cielo sobre él era de un azul tan limpio que parecía recién pintado. Los caminos eran de arena dorada y los setos estaban recortados en forma de letras gigantes: la A, la B, la C y muchas más.
Y las flores. Las flores eran lo más extraordinario. Había flores de cristal que tintineaban con la brisa, flores de papel que cambiaban de forma, flores que brillaban como faroles y flores que susurraban palabras cuando las mirabas. Luna dio un paso, luego otro, y la puerta se cerró suavemente detrás de ella.
—Vaya —dijo en voz alta—. Esto es increíble.
En ese momento, una de las flores más cercanas, una margarita enorme de pétalos de color naranja, se inclinó hacia ella y dijo con voz cantarina:
—¡Increíble! Bonita palabra. Pero… ¿podrías ser más precisa? ¿Estás maravillada, estás atónita, estás fascinada o estás estupefacta?
Luna parpadeó, sorprendida.
—No lo sé —admitió—. Creo que… ¿maravillada?
La margarita naranja se irguió orgullosa y sus pétalos brillaron con más intensidad.
—¡Maravillada! Eso me gusta. Cuanto más precisa sea la palabra, más bonita crece la flor. Bienvenida al Jardín de las Palabras Mágicas.
Luna miró alrededor con los ojos muy abiertos. Quiso sacar su libreta, pero descubrió que ya no estaba en su bolsillo. En su lugar había una pequeña regadera plateada con una inscripción que decía: «Riega con palabras verdaderas».
—¿Quién eres tú? —le preguntó Luna a la margarita.
Pero la flor ya no contestó. Se había quedado quieta, meciéndose con el viento, como una flor cualquiera. Luna se quedó de pie en aquel camino dorado, con la regadera en la mano y mil preguntas en la cabeza. No sabía quién cuidaba aquel jardín ni por qué la mariposa violeta la había guiado hasta allí. Pero una cosa sí sabía: quería descubrirlo.
