El autobús avanzaba por una carretera rodeada de pinos altísimos que parecían tocar las nubes. Ari Tanaka apoyó la frente contra la ventanilla y sintió el frío del cristal en la piel. Llevaba en la mochila su portátil, tres cuadernos de notas y un cable USB enrollado con tanto cuidado que parecía una pequeña escultura. Había viajado desde Tokio, cruzando medio mundo, para llegar al Campamento Eureka, situado en las montañas de Suiza.
«Campamento Internacional de Ciencias Eureka: donde las ideas cobran vida», decía el folleto que había leído cien veces. Ari tenía once años, el pelo negro recogido en dos coletas y una curiosidad tan grande que su madre decía que no cabía en ninguna maleta. Desde los seis años programaba: primero pequeños juegos, luego robots de competición. Pero nunca había estado tan lejos de casa.
Cuando el autobús se detuvo frente a una explanada de césped verde brillante, Ari bajó con paso inseguro. Había decenas de niños y niñas de todas partes del mundo, con banderas pintadas en las mejillas y camisetas de colores. El aire olía a hierba recién cortada y a aventura.
—¡Eh, cuidado! —gritó alguien.
Una pelota de fútbol pasó rodando junto a sus pies. Un chico de pelo castaño y rizado corrió a recogerla. Tenía grasa de motor en los dedos y una sonrisa tan ancha que parecía imposible estar triste cerca de él.
—Perdona, se me escapó. Soy Lucas, de Buenos Aires —dijo, extendiendo la mano y luego retirándola al ver la mancha de grasa—. Mejor no, vas a quedar hecha un desastre.
Ari se rio por primera vez desde que había salido de Japón.
—Soy Ari, de Tokio. ¿Qué es esa grasa?
—Estaba arreglando la rueda de un carrito que encontré en el almacén. Tenía el eje torcido, pero ya lo enderecé. Me gustan las cosas mecánicas: motores, engranajes, poleas… Si tiene piezas, lo desarmo y lo vuelvo a armar.
Mientras hablaban, una chica con un pañuelo de color azul intenso se acercó cargando una caja de cartón llena de frascos pequeños.
—Disculpen, ¿saben dónde está el laboratorio? Necesito refrigerar estas muestras antes de que pierdan estabilidad —dijo con tono serio pero amable.
—Ni idea, acabamos de llegar —respondió Lucas—. ¿Qué llevas ahí?
—Reactivos. Preparé algunas mezclas en casa para experimentar aquí. Me llamo Fatima, vengo de Casablanca, en Marruecos. Estudio química desde que mi abuela me enseñó a hacer jabón artesanal con aceite de oliva.
Ari observó los frascos con fascinación. Cada uno tenía una etiqueta escrita a mano con letra diminuta y perfecta.
—Eres muy organizada —dijo Ari.
—En química, si no eres organizada, las cosas explotan. Literalmente —respondió Fatima, y las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa discreta.
Los tres caminaron juntos hacia el edificio principal, un enorme pabellón de madera y cristal con un techo cubierto de paneles solares. Dentro, el vestíbulo estaba decorado con maquetas de inventos famosos: el teléfono de Bell, el avión de los hermanos Wright, la bombilla de Edison. En el centro, un cartel enorme decía: «Gran Torneo de Inventores — ¿Tienes lo que se necesita?».
—Guau —murmuró Lucas.
—Eso quiero averiguarlo —dijo Ari.
Una monitora con bata blanca y gafas redondas les explicó las reglas del campamento. Había talleres de robótica, laboratorios de química, estudios de diseño y aulas de programación. Pero el evento estrella era el Gran Torneo de Inventores: los participantes formarían equipos de cuatro y tendrían toda la semana para diseñar, construir y presentar un invento original que resolviera un problema real.
—Los equipos se asignan esta tarde. Comprueben sus pulseras de colores —dijo la monitora.
Ari miró su pulsera: verde. Lucas también tenía verde. Fatima levantó la muñeca: verde.
—¡Nos tocó juntos! —exclamó Lucas, chocando palmas con Fatima, que casi dejó caer sus frascos.
—Nos falta uno —observó Ari—. Somos tres y necesitamos cuatro.
Buscaron por todo el pabellón hasta que encontraron al cuarto integrante sentado en un rincón, con un cuaderno enorme abierto sobre las rodillas. Dibujaba algo con trazos rápidos y seguros: un mecanismo con ruedas, palancas y una especie de vela desplegable. El chico tenía el pelo rubio casi blanco, ojos azules claros y una expresión de concentración tan profunda que no los oyó acercarse.
—Hola, ¿eres del equipo verde? —preguntó Fatima.
El chico levantó la vista, parpadeó y mostró su pulsera verde.
—Sí. Soy Erik, de Estocolmo. Estaba diseñando una idea que se me ocurrió en el avión.
—¿Qué es? —preguntó Ari, inclinándose sobre el cuaderno.
—Todavía no lo sé del todo. Veo formas en mi cabeza y las dibujo. Luego intento averiguar para qué sirven —respondió Erik con una sonrisa tímida.
Lucas soltó una carcajada.
—Yo hago lo contrario: primero rompo cosas y luego intento entender cómo funcionaban.
Los cuatro se miraron. Eran completamente diferentes: Ari, metódica y lógica; Lucas, práctico y espontáneo; Fatima, precisa y observadora; Erik, creativo y soñador. Venían de cuatro países distintos, hablaban idiomas diferentes en casa y habían crecido con costumbres que los demás apenas conocían.
Pero había algo que los unía: a los cuatro les brillaban los ojos cuando hablaban de inventar.
Esa noche, después de la cena en el comedor gigante, se sentaron en el césped bajo un cielo plagado de estrellas. La monitora había anunciado que al día siguiente se revelaría el tema del Gran Torneo.
—¿Creen que podemos ganar? —preguntó Lucas.
—No lo sé —dijo Fatima—. Pero quiero intentarlo.
—Yo también —añadió Erik, cerrando su cuaderno.
Ari miró las estrellas. En Tokio casi nunca se veían por la contaminación lumínica de la ciudad. Aquí, en lo alto de las montañas suizas, parecía que alguien hubiera derramado un frasco de purpurina sobre terciopelo negro.
—Tenemos programación, mecánica, química y diseño —dijo—. Somos como las piezas de un mismo invento. Si encajamos bien, podemos hacer algo increíble.
Lucas extendió la mano al centro del grupo.
—Entonces, ¿equipo?
Fatima puso su mano sobre la de él. Luego Erik. Y finalmente Ari.
—Equipo —dijeron los cuatro al unísono.
Y allí, bajo las estrellas suizas, nació la Liga de los Inventores.
