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Mareas de arena Capítulo 1: La orilla desconocida
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Diario de Amara. Entrada 1. Pueblo de La Caleta, Andalucía.

Escribo esto con las manos todavía temblando. No sé si es por el frío, por el miedo que aún no se ha ido, o por la emoción extraña de tener un cuaderno nuevo entre los dedos. Me lo ha dado una mujer de la Cruz Roja, junto con un bocadillo de atún y una manta térmica plateada que me hace parecer un astronauta perdida en la playa.

Me llamo Amara Diallo. Tengo quince años. Nací en Thiès, Senegal, una ciudad donde el polvo se mezcla con el olor a cacahuetes tostados y donde las tardes huelen a té con menta. Ayer llegué a España. Ayer o hace dos días, no estoy segura. El tiempo se ha vuelto líquido, como el mar que crucé, y ya no sé medir las horas.

Voy a escribir lo que recuerdo, porque si no lo hago ahora, el miedo se llevará los detalles y solo quedará la sensación de ahogo. Y yo necesito los detalles. Necesito las palabras. Son lo único que me queda que es verdaderamente mío.

El viaje comenzó hace cuatro meses, en Thiès. Mi madre, Fatou, me despertó antes del amanecer y me puso en las manos una bolsa de tela con ropa, un poco de dinero cosido en el dobladillo de mi falda y una fotografía de la familia. Mi padre había muerto dos años antes, ahogado en el mar intentando llegar a las Islas Canarias. Mi madre no quería que yo hiciera el mismo viaje, pero tampoco quería que me quedara. La sequía había matado las cosechas, el trabajo se había evaporado como el agua de los pozos, y mi tío Ibrahima, que nos había acogido, empezaba a mirarme de una forma que hacía que mi madre cerrara la puerta de nuestra habitación con llave por las noches.

«Ve a Europa», me dijo mi madre en wolof, abrazándome tan fuerte que sentí sus costillas contra las mías. «Estudia. Escribe. Cuéntale al mundo quiénes somos. Y cuando puedas, manda dinero para que tu hermano Moussa pueda ir a la escuela.»

Moussa tiene nueve años. Tiene los ojos más grandes del mundo y una risa que suena como agua cayendo sobre piedras. Cuando me fui, estaba dormido. No me despedí de él porque sabía que si lo hacía, no podría irme.

El viaje fue largo y terrible y no quiero escribir todos los detalles todavía. Quizá más adelante, cuando las imágenes dejen de arder. Lo que puedo decir es que crucé Mali, Argelia y Marruecos con un grupo de personas que cambiaba constantemente: gente que se unía, gente que desaparecía, gente que se quedaba atrás. Aprendí a dormir con un ojo abierto, a beber agua turbia sin hacer preguntas, a caminar cuando el cuerpo decía que ya no podía más.

En Nador, Marruecos, esperamos tres semanas en un campamento improvisado en el bosque, escondidos entre los árboles como animales. Allí conocí a Binta, una chica de Guinea-Conakri que tenía diecisiete años y una cicatriz en la frente que nunca explicó. Binta me enseñó a no llorar en silencio, porque el silencio acumula dolor, y a llorar hacia fuera, dejando que las lágrimas se llevaran un poco del peso. Nos hicimos amigas como solo se hacen amigas las personas que comparten el miedo: rápido, profundo, sin preguntas.

Una noche, nos despertaron a las tres de la madrugada. Era el momento. Nos llevaron en una furgoneta hasta la playa, y allí estaba la patera: una barca neumática gris, inflada a medias, que parecía demasiado pequeña para las cuarenta y tantas personas que íbamos a subir. Yo no sabía nadar. Mi padre tampoco sabía, y murió en el mar. Esa ironía me golpeó el pecho mientras metía un pie en el agua helada.

Binta me agarró la mano. «No mires el agua», me dijo. «Mira las estrellas. Las estrellas son las mismas aquí que en casa.»

Miré las estrellas. Eran las mismas.

La travesía duró once horas. Once horas en las que vomité todo lo que tenía en el estómago y luego seguí vomitando aire. Once horas en las que el motor se paró dos veces y un hombre que decía saber de motores lo arregló con las manos temblorosas mientras todos rezábamos en idiomas diferentes. Once horas en las que una mujer a mi lado susurraba el nombre de sus hijos como una oración y un bebé lloraba con un llanto débil que me partía el alma.

Cuando vi la costa española, no sentí alivio. Sentí un vacío enorme, como si mi cuerpo hubiera llegado pero mi alma se hubiera quedado en alguna parte del estrecho, flotando entre dos mundos. La patera encalló en una playa de piedras y arena oscura. Gente con chalecos naranja corrió hacia nosotros. Nos envolvieron en mantas, nos dieron agua, nos hicieron preguntas que yo no entendía porque eran en español y yo solo hablaba wolof y francés.

Binta no estaba a mi lado. La busqué con la mirada entre las mantas plateadas, entre los rostros agotados, entre los cuerpos que se movían como sombras en la playa. No la encontré. Pregunté por ella, primero en francés, luego señalando, gesticulando. Una mujer de la Cruz Roja me dijo algo que no entendí, pero su expresión lo decía todo: boca apretada, ojos húmedos, una mano en mi hombro que pesaba más que el mundo.

No sé qué le pasó a Binta. Quizá la rescataron en otro punto de la costa. Quizá está en algún centro de acogida, esperando. Quizá. Esa palabra, «quizá», es ahora la más pesada de mi vocabulario.

Hoy estoy en un centro de acogida para menores no acompañados en un pueblo que se llama La Caleta. Es un pueblo pequeño, de casas blancas con macetas de geranios en las ventanas, calles estrechas que huelen a sal y a pescado frito. Desde la ventana de mi habitación, que comparto con otras dos chicas, una de Marruecos y otra de Costa de Marfil, puedo ver el mar. El mismo mar que casi me mata. El mismo mar que se tragó a mi padre. El mismo mar que quizá se tragó a Binta.

Miro el mar y siento muchas cosas a la vez: rabia, tristeza, gratitud, miedo. Y algo más que no sé nombrar, algo que se parece a la esperanza pero que tiene los bordes afilados, como un cristal roto que brilla al sol.

La trabajadora social del centro se llama Marta. Habla un poco de francés, lo que facilita las cosas. Me ha explicado que tendré que ir al instituto del pueblo, que me asignarán clases de español, que el proceso legal es largo pero que estoy protegida. Protegida. Esa palabra suena bien en francés y supongo que sonará bien en español cuando aprenda a pronunciarla.

Marta también me ha presentado a la señora Lucía, una profesora del instituto que viene al centro dos tardes por semana para dar clases de apoyo. La señora Lucía tiene el pelo cano recogido en un moño, gafas pequeñas que le resbalan por la nariz y una sonrisa que arruga toda su cara como un papel que se pliega. Cuando me vio, me dijo en un francés lento y cuidadoso: «Bienvenue, Amara. Ici, tu es en sécurité.» Bienvenida, Amara. Aquí estás a salvo.

No le creí del todo, pero agradecí el intento.

Mañana empiezo en el instituto. El instituto de un pueblo donde nadie me conoce, donde no hablo el idioma, donde mi piel es del color del chocolate oscuro en un lugar donde casi todos son del color de la arena mojada. Mañana tendré que enfrentarme a miradas que no sé leer, a palabras que no entiendo, a un mundo que funciona con reglas que desconozco.

Pero tengo este cuaderno. Y mientras tenga palabras, tengo un lugar donde ser yo misma. Donde no soy «la inmigrante», ni «la africana», ni «la pobre chica de la patera». Aquí, en estas páginas, soy Amara Diallo, de Thiès, hija de Fatou y de Ousmane, hermana de Moussa, amiga de Binta. Soy una chica que escribe porque escribir es la única forma que conoce de mantener el alma en un solo trozo.

Mañana será difícil. Pero ya he cruzado el mar. ¿Qué puede ser más difícil que eso?

Me acuesto con la fotografía de mi familia bajo la almohada. En ella, mi padre sonríe con esa sonrisa enorme que Moussa heredó. Mi madre tiene las manos en mis hombros. Moussa, que tenía cuatro años cuando se tomó, mira a la cámara con esos ojos gigantes, como si pudiera ver el futuro a través del objetivo.

Cierro los ojos y hago una promesa. Le prometo a mi padre que no me rendiré. Le prometo a mi madre que estudiaré. Le prometo a Moussa que mandaré dinero. Y me prometo a mí misma que escribiré todo, absolutamente todo, para que nadie pueda decir que estas historias no importan.

Buenas noches, cuaderno. Mañana empezamos.

El centro de acogida se llama Casa Esperanza, un nombre que suena bonito pero que ahora mismo me parece irónico. La esperanza es un lujo que no me puedo permitir. Lo que tengo es determinación, que es la hermana fea de la esperanza: menos bonita pero más útil.

Mi habitación está en el segundo piso. Es pequeña, con tres camas, un armario metálico y una ventana que da al mar. Las paredes están pintadas de un amarillo pálido que alguien debió pensar que sería alegre pero que a mí me recuerda al color de la fiebre. Mi compañera Aissatou, de Costa de Marfil, tiene diecisiete años y habla poco. Llegó tres semanas antes que yo y ya sabe pedir pan en la panadería del pueblo. Es mi referencia, mi horizonte cercano: si ella puede, yo puedo. La otra compañera, Hafsa, de Marruecos, habla árabe y algo de español, y se ha convertido en nuestra traductora improvisada. Por las noches, antes de dormir, las tres hablamos en una mezcla imposible de francés, árabe y gestos que no pertenece a ningún idioma pero que nos entendemos.

Hafsa me ha enseñado que en La Caleta hay una panadería que hace un pan redondo y crujiente que se parece un poco al mburu de Senegal. Le he dicho que nada se parece al mburu de mi madre, pero que lo probaré. Mañana iré a esa panadería. Será mi primera incursión sola en el pueblo, sin Marta, sin la señora Lucía, sin nadie que me traduzca o me proteja. Solo yo y mi español de supervivencia: hola, gracias, por favor, pan.

Pan. Es increíble cómo una palabra tan pequeña puede significar tanto. En Thiès, el pan era lo primero que olías por la mañana, el aroma del horno comunitario mezclado con el polvo del camino. Aquí, en La Caleta, el pan huele diferente: más a trigo, menos a leña, con un toque de sal marina que se mete en todo, incluso en las cosas que no son del mar.

Marta me ha dado un teléfono básico, de esos que solo sirven para llamar y mandar mensajes. Me ha explicado que puedo usarlo para llamar a mi madre una vez por semana. Una vez por semana. Siete días entre una voz y otra. Ciento sesenta y ocho horas de silencio entre un "te quiero, mamá" y el siguiente. Parece mucho. Es mucho. Pero es más de lo que tenía durante el viaje, cuando pasaron semanas enteras sin saber si mi madre estaba bien, si Moussa comía, si la casa seguía en pie.

Cuento los días con marcas en la última página del cuaderno. Hoy hay una marca. Mañana habrá dos. Y cada marca es un día que sobrevivo, un día que aprendo, un día que me acerca a la persona que quiero llegar a ser. No sé quién es esa persona todavía. Pero sé que escribe. Sé que sueña. Y sé que no se rinde.

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