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Más allá del silencio Capítulo 1: El instituto nuevo
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El despertador vibró bajo la almohada de Nadia a las siete de la mañana. No necesitaba sonido: la vibración contra su mejilla era suficiente para arrancarla del sueño. Se quedó un momento con los ojos abiertos, mirando el techo de su nueva habitación, donde las sombras de las cortinas dibujaban formas que aún no le resultaban familiares.

Se incorporó despacio y miró por la ventana. La calle estaba mojada por la lluvia nocturna y los charcos reflejaban un cielo gris perla que parecía hecho de algodón húmedo. Nadia podía ver las hojas de los plátanos agitarse con el viento, pero no podía escuchar su susurro. Tampoco el motor de los coches que pasaban ni el ladrido del perro del vecino. Su mundo era visual, táctil, lleno de matices que la mayoría de la gente pasaba por alto.

A los cinco años, una meningitis le había robado la audición. Al principio fue como caer en un pozo oscuro donde todo era confusión y miedo. Pero con el tiempo, Nadia había aprendido que el silencio no era un vacío: era un espacio diferente, lleno de su propia riqueza. Leía los labios con una precisión que sorprendía a los adultos, dominaba la lengua de signos española y escribía con una soltura que hacía que sus profesores anteriores la felicitaran constantemente.

Su madre, Lucía, apareció en la puerta de la habitación y le hizo una seña con la mano para indicarle que el desayuno estaba listo. Nadia asintió y se levantó. En la cocina, su hermano pequeño Marcos, de nueve años, ya devoraba unas tostadas con mantequilla. Marcos sabía lengua de signos casi tan bien como Nadia; había crecido con ella y para él era tan natural como hablar.

—¿Nerviosa? —signó Marcos con las manos llenas de migas.

Nadia sonrió y le respondió con un gesto que significaba «un poco». La verdad era que estaba bastante más que un poco nerviosa. Cambiar de instituto en segundo de la ESO no era fácil para nadie, pero hacerlo siendo sorda añadía capas de complicación que Nadia conocía demasiado bien.

Su familia se había mudado desde Salamanca hasta esta ciudad costera del norte por el trabajo de su padre. Nadia había dejado atrás a sus amigas, a su logopeda de confianza y a un instituto donde todos ya la conocían y sabían cómo comunicarse con ella. Aquí empezaba de cero.

Su madre le puso delante un tazón de cereales y un zumo de naranja recién exprimido. Nadia comió sin prisa, saboreando cada cucharada como si pudiera retrasar la llegada de lo inevitable. Cuando terminó, fue al baño, se cepilló los dientes y se miró en el espejo. Vio a una chica de trece años con el pelo castaño oscuro recogido en una trenza, ojos grandes color avellana y una expresión que oscilaba entre la determinación y el temor. Se ajustó los audífonos detrás de las orejas. No le devolvían una audición completa, pero le permitían percibir algunos sonidos ambientales y, sobre todo, le recordaban al mundo que ella era sorda, lo que a veces facilitaba las cosas y a veces las complicaba infinitamente.

El instituto Marisma se encontraba a quince minutos andando. Su madre se ofreció a acompañarla, pero Nadia prefirió ir sola. Necesitaba ese paseo para prepararse mentalmente. Caminó por aceras flanqueadas de árboles cuyas hojas empezaban a teñirse de ocre, esquivando charcos y observando a otros estudiantes que caminaban en grupos, riendo y hablando entre ellos. Nadia los miraba con una mezcla de curiosidad y cautela. ¿Cómo reaccionarían cuando descubrieran que era sorda? La experiencia le había enseñado que las reacciones variaban enormemente: desde la amabilidad genuina hasta la incomodidad, pasando por la lástima, que era lo que más le molestaba.

Al llegar a la puerta del instituto, un edificio de ladrillo rojo con un patio amplio donde un grupo de chicos jugaba al baloncesto, Nadia respiró hondo. Sacó del bolsillo un papel con el número de su aula y el nombre de su tutora: Carmen Iglesias, profesora de Lengua y Literatura.

Entró en el vestíbulo y siguió las indicaciones hasta la segunda planta. El pasillo olía a pintura fresca y a productos de limpieza. Las taquillas aún tenían pegatinas del curso anterior, medio arrancadas. Encontró el aula 2B y se detuvo en la puerta. A través del cristal vio a una veintena de estudiantes distribuidos en sus pupitres, algunos charlando, otros mirando el móvil. Una mujer de unos cuarenta y cinco años con gafas redondas y el pelo recogido en un moño escribía algo en la pizarra digital.

Nadia empujó la puerta y entró. Todos los ojos se volvieron hacia ella, como imanes atraídos por la novedad. La profesora levantó la vista, sonrió y le hizo un gesto para que se acercara.

—Tú debes de ser Nadia —dijo la profesora Carmen, articulando con claridad. Nadia leyó sus labios perfectamente y asintió—. Bienvenida al instituto Marisma. Estábamos esperándote.

La profesora se giró hacia la clase y explicó que Nadia se incorporaba ese día, que venía de Salamanca y que era una estudiante excelente. No mencionó su sordera. Nadia agradeció ese detalle en silencio. Prefería que la gente la conociera primero como persona y después como persona sorda.

Carmen le indicó un pupitre libre en la segunda fila, junto a la ventana. Nadia se sentó, dejó su mochila en el suelo y sacó su cuaderno y un estuche. A su izquierda, un chico delgado de pelo rubio ceniza y ojos azul claro la observaba con una curiosidad discreta. Cuando Nadia lo miró, él apartó la vista rápidamente, como si lo hubieran pillado haciendo algo que no debía.

La clase comenzó. La profesora Carmen hablaba de la diferencia entre narración y descripción, y Nadia la seguía leyendo sus labios. Carmen se movía poco y vocalizaba bien, lo que facilitaba la lectura labial. De vez en cuando, Nadia tomaba notas con una caligrafía pulcra y rápida.

A mitad de la clase, la profesora pidió que trabajaran en parejas para un ejercicio de redacción. El chico rubio se giró hacia Nadia con una sonrisa tímida y señaló el ejercicio en su libro, como preguntándole si querían trabajar juntos. Nadia asintió.

Él comenzó a hablar y Nadia frunció ligeramente el ceño. El chico hablaba deprisa y se tapaba la boca con la mano, un gesto nervioso que hacía imposible la lectura labial. Nadia sacó su cuaderno y escribió con letras grandes: «Perdona, soy sorda. ¿Puedes hablar un poco más despacio y sin taparte la boca?».

El chico leyó la nota y sus ojos se abrieron un poco. No con sorpresa exagerada ni con lástima, sino con algo que Nadia identificó como interés genuino. Asintió, retiró la mano de su boca y habló de nuevo, esta vez despacio y articulando cada palabra. «Me llamo Leo», leyó Nadia en sus labios.

Nadia escribió en el cuaderno: «Yo soy Nadia. Encantada, Leo». Y él sonrió de una manera que hizo que el primer día en el instituto Marisma pareciera un poco menos aterrador.

Trabajaron juntos en el ejercicio de redacción, alternando entre la escritura en el cuaderno y la lectura labial. Leo resultó ser sorprendentemente paciente y atento. No repetía las cosas con fastidio, sino con naturalidad, como si simplemente estuviera ajustando su forma de comunicarse, igual que uno ajusta el volumen de la radio.

Cuando sonó el timbre del recreo, Nadia sintió la vibración en el suelo más que el sonido. Los estudiantes se levantaron en tropel y salieron al pasillo. Leo se quedó un momento junto a su pupitre, como si quisiera decir algo pero no supiera cómo. Al final, escribió en el margen de su cuaderno: «¿Quieres que te enseñe dónde está la cafetería?».

Nadia leyó la nota y asintió con una sonrisa. Era un gesto pequeño, pero significaba mucho. En su antiguo instituto, había tardado semanas en encontrar a alguien que se tomara la molestia de incluirla en algo tan simple como ir a la cafetería.

Mientras caminaban por el pasillo, Nadia notó las miradas. Algunos estudiantes señalaban disimuladamente sus audífonos. Otros cuchicheaban. Nadia no podía oír lo que decían, pero podía leer fragmentos en los labios de algunos: «nueva», «esos aparatos», «¿será sorda?». Apretó la correa de su mochila y mantuvo la barbilla alta. No iba a dejar que las miradas la hicieran sentir pequeña.

En la cafetería, Leo le presentó a un par de compañeros, Álex y Sara, que la saludaron con amabilidad pero con esa torpeza característica de quien no sabe muy bien cómo tratar a alguien diferente. Nadia les sonrió y les hizo entender que podía leerles los labios si hablaban de frente y sin prisa. Álex asintió con entusiasmo. Sara pareció más incómoda, pero lo intentó.

Durante el recreo, Nadia observó el patio desde la ventana de la cafetería. Vio a estudiantes jugando, discutiendo, riendo, viviendo en un mundo de sonidos que ella solo podía imaginar. Pero también vio cosas que los demás pasaban por alto: la forma en que una chica tocaba el brazo de su amiga para consolarla, el modo en que un profesor saludaba con la mano desde lejos, las expresiones faciales que contaban historias enteras sin necesidad de palabras.

Nadia sabía que ese nuevo instituto sería un desafío. Pero también sabía algo que había aprendido a lo largo de ocho años de silencio: que las barreras más difíciles de derribar no eran las que separaban el sonido del silencio, sino las que la gente construía en su mente por miedo a lo diferente. Y Nadia estaba decidida a derribarlas, una por una.

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