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Milo y el mapa del arcoíris El mapa escondido
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El sol de la mañana se colaba entre las hojas del roble más viejo del Bosque de las Sombras Doradas. Sus rayos dibujaban manchas de luz sobre el suelo cubierto de musgo, y en medio de esas manchas dormía un pequeño zorro de pelaje anaranjado llamado Milo.

Milo no era un zorro cualquiera. Mientras los demás zorros del bosque preferían cazar ratones o dormir largas siestas junto al arroyo, Milo soñaba con explorar lugares que nadie había visto jamás. Coleccionaba piedras de formas extrañas, plumas de colores y trozos de corteza que, según él, escondían mensajes secretos de la naturaleza.

Aquella mañana, Milo despertó con un cosquilleo en la punta de la nariz. Algo olía diferente. No era el aroma habitual de las flores silvestres ni el perfume húmedo de la tierra después de la lluvia. Era un olor dulce, como a miel y canela mezcladas con viento fresco.

—¿Qué será eso? —murmuró Milo mientras estiraba sus patas y bostezaba.

Siguió el rastro del aroma hasta la base del viejo roble. Allí, entre las raíces retorcidas que sobresalían de la tierra como dedos gigantes, algo brillaba con un resplandor dorado. Milo excavó con cuidado, apartando hojas secas y terrones de tierra hasta que sus garras tocaron algo suave y liso.

Era un pergamino enrollado, atado con una cinta de siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Los colores del arcoíris.

—¡No puede ser! —exclamó Milo con los ojos muy abiertos.

Desató la cinta con cuidado y desenrolló el pergamino sobre el musgo. Era un mapa. Pero no un mapa cualquiera. Las líneas parecían estar dibujadas con tinta que cambiaba de color según la inclinación de la luz. Había montañas pintadas de púrpura, un río serpenteante de color turquesa, un bosque de árboles tan verdes que casi parecían reales, y al final del camino, donde todos los colores se juntaban, había un gran círculo dorado con una sola palabra escrita: «Tesoro».

El corazón de Milo latía con tanta fuerza que podía sentirlo en las orejas. Un mapa del tesoro. Un mapa que marcaba el final del arcoíris. Había escuchado historias sobre esto, cuentos que los zorros viejos relataban junto a la fogata en las noches de invierno. Decían que al final del arcoíris había un tesoro capaz de cumplir el deseo más profundo de quien lo encontrara.

—Tengo que seguir este mapa —decidió Milo, enrollándolo con cuidado y guardándolo en su pequeña mochila de cuero, esa que su abuelo le había regalado antes de partir en su último viaje.

Pero antes de dar el primer paso, Milo se detuvo. El camino marcado en el mapa era largo y atravesaba lugares que él no conocía. Bosques oscuros, ríos caudalosos y montañas altísimas. Ir solo podía ser peligroso.

Fue entonces cuando escuchó un ruido sobre su cabeza. Un aleteo suave, casi silencioso, seguido de una voz aguda y alegre.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué tiene ahí el zorrito madrugador?

Milo levantó la vista y vio a Noa, una lechuza pequeña de plumas grises y marrones con unos enormes ojos color ámbar. Noa vivía en la copa del roble y era conocida en todo el bosque por su espíritu aventurero. Mientras las demás lechuzas dormían de día, Noa siempre estaba despierta, curioseando y buscando nuevas aventuras.

—¡Noa! —dijo Milo con una gran sonrisa—. ¡Tienes que ver esto!

La lechuza descendió planeando en espiral hasta posarse en una raíz del roble. Milo extendió el mapa ante ella y los ojos de Noa se abrieron todavía más, si es que eso era posible.

—¡Es un mapa del arcoíris! —exclamó Noa, girando la cabeza de un lado a otro para ver cada detalle—. Mi abuela me contó sobre estos mapas. Decía que solo aparecen ante quienes tienen un corazón valiente y curioso.

—¿Quieres venir conmigo a buscar el tesoro? —preguntó Milo con esperanza.

Noa infló el pecho y dio un pequeño salto sobre la raíz.

—¿Que si quiero? ¡Llevo toda mi vida esperando una aventura así! Pero necesitaremos prepararnos bien. El camino parece largo.

Durante la siguiente hora, Milo y Noa prepararon todo lo necesario. Milo llenó su mochila con moras, nueces y un cantimplora de agua fresca del arroyo. Noa aportó una brújula que había encontrado años atrás en un nido abandonado y un silbato de madera que, según ella, podía escucharse a tres colinas de distancia.

—El mapa dice que primero debemos atravesar el Bosque de los Susurros —dijo Milo, estudiando las líneas del pergamino.

—He oído hablar de ese lugar —respondió Noa con voz misteriosa—. Dicen que los árboles hablan entre sí y que solo dejan pasar a quienes escuchan con atención.

Milo tragó saliva, pero la emoción era más fuerte que el miedo. Miró a Noa, que le devolvió una sonrisa decidida, y juntos dieron el primer paso del camino que el mapa les mostraba.

El sol ya estaba alto cuando dejaron atrás el viejo roble. El bosque se extendía ante ellos como un mar verde y dorado. Una suave brisa movía las hojas y, por un instante, Milo creyó ver un destello de colores en el cielo, como si un arcoíris invisible les guiñara un ojo desde lo alto.

—¿Has visto eso? —preguntó Milo.

—Sí —respondió Noa con una sonrisa—. Creo que el arcoíris sabe que vamos a buscarlo.

Y con el mapa como guía y la amistad como equipaje, el pequeño zorro y la lechuza aventurera se adentraron en lo desconocido, sin saber aún que el viaje que estaban a punto de vivir cambiaría sus vidas para siempre.

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