El acuario municipal de Villa Coralina era, sin lugar a dudas, el corazón del pueblo. Llevaba más de cuarenta años funcionando, desde que la abuela de Vera convenció al ayuntamiento de transformar una vieja fábrica de conservas en un refugio para la vida marina. Ahora, cada fin de semana, familias enteras recorrían sus pasillos iluminados de azul, contemplando medusas translúcidas, caballitos de mar y la enorme tortuga que todos llamaban Capitana.
Pero aquella mañana de viernes, cuando Vera empujó la puerta de cristal del acuario, algo estaba terriblemente mal.
—¿Qué es ese olor? —preguntó Nico, arrugando la nariz mientras ajustaba las gafas que siempre se le resbalaban.
Vera no contestó. Caminó directa hacia el tanque principal, el gran cilindro de cristal que se elevaba tres pisos desde el vestíbulo. El agua, normalmente cristalina como un cielo de verano, estaba turbia. Un tono verdoso oscuro, casi enfermizo, teñía todo el volumen.
—Los peces… —murmuró Salma, que acababa de llegar con su inseparable mochila llena de sprays de pintura y cuadernos de bocetos—. Se mueven raro, ¿no?
Tenía razón. Los bancos de peces que normalmente nadaban en formaciones elegantes ahora flotaban cerca de la superficie, boqueando. Algunos se sacudían de forma espasmódica.
Don Aurelio, el cuidador jefe, apareció con el rostro demacrado. Llevaba treinta años dedicando su vida a aquellas criaturas y parecía que cada pez enfermo le arrancara un trozo del alma.
—Es la tercera vez este mes —dijo, negando con la cabeza—. Las bombas de filtrado fallan sin explicación. Los niveles de amoníaco se disparan de noche. Y esta mañana he encontrado la válvula de oxígeno medio cerrada.
—¿Medio cerrada? —Vera frunció el ceño—. Eso no puede pasar solo.
—No —confirmó don Aurelio—. No puede.
Vera sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del agua. Conocía aquel acuario mejor que su propia casa. Había pasado tardes enteras allí de pequeña, mientras su madre trabajaba como bióloga marina antes de mudarse a la capital. Ahora su padre, Rafael Montero, era el alcalde de Villa Coralina, y Vera sabía que el ayuntamiento llevaba meses debatiendo el futuro del edificio.
De camino a casa, los tres amigos se sentaron en su lugar habitual: el banco de hierro forjado junto al faro viejo, desde donde se veía toda la bahía. El sol de la tarde teñía el mar de naranja.
—Alguien lo está haciendo a propósito —dijo Vera con rotundidad.
Nico sacó su tablet, un modelo antiguo que había desmontado y reconstruido tres veces, añadiéndole más memoria y un procesador rescatado de un portátil roto.
—He estado leyendo sobre los planes urbanísticos del ayuntamiento —dijo, deslizando el dedo por la pantalla—. Hay una empresa, Grupo Novamar, que presentó un proyecto hace seis meses: demoler el acuario y construir un centro comercial con cines, tiendas y un hotel.
—¿Demoler el acuario? —Salma casi se atragantó—. ¡Pero si es patrimonio del pueblo!
—Solo si se mantiene en buenas condiciones —explicó Nico—. He leído la normativa. Si el acuario se declara «instalación insalubre» o «peligro sanitario», el ayuntamiento puede retirarlo de la lista de patrimonio protegido. Y entonces…
—Entonces pueden vender el terreno —completó Vera, y una sombra cruzó su rostro.
Nico asintió.
—El proyecto de Novamar vale cuarenta millones de euros. El acuario apenas recibe trescientos mil al año en subvenciones.
Salma apretó los puños.
—Así que alguien está envenenando el acuario para poder tirarlo abajo.
—No podemos acusar sin pruebas —advirtió Vera—. Y mi padre… —Se detuvo, mordiéndose el labio.
—Tu padre es el alcalde —dijo Nico con delicadeza—. ¿Crees que él…?
—No lo sé —admitió Vera—. No quiero creerlo. Pero ha estado teniendo reuniones a puerta cerrada. Ha recibido llamadas a deshoras. Y la semana pasada encontré en su despacho un folleto de Grupo Novamar con notas escritas a mano.
El silencio que siguió fue más pesado que el plomo.
Fue Salma quien lo rompió, con esa determinación tranquila que siempre la caracterizaba.
—Entonces necesitamos pruebas de verdad. Pruebas que demuestren quién está saboteando el acuario y por qué.
—Necesitamos una operación —dijo Nico, y sus ojos brillaron tras las gafas—. Una operación encubierta.
Vera miró a sus amigos. Nico, que podía construir un transmisor de radio con piezas de un microondas viejo. Salma, que se colaba en edificios abandonados para pintar murales sin que nadie la viera jamás. Y ella misma, que conocía cada rincón del ayuntamiento y del acuario, cada puerta, cada pasillo, cada horario de guardia.
—De acuerdo —dijo Vera—. Pero tiene que ser perfecto. No podemos permitirnos fallar. Si nos pillan, lo usarán para desacreditarnos. Dirán que somos unos niños jugando a detectives.
—Entonces no nos pillarán —sonrió Salma.
—¿Cuándo empezamos? —preguntó Nico.
Vera miró el faro. La luz acababa de encenderse, girando sobre la bahía como un ojo vigilante.
—Esta noche. A medianoche.
Los tres chocaron los puños. No sabían aún en qué se estaban metiendo. No imaginaban los peligros, las persecuciones ni las decisiones imposibles que les esperaban. Pero en aquel momento, sentados en el banco del faro viejo, con el viento salado acariciándoles la cara y la determinación ardiendo en el pecho, se sintieron invencibles.
La Operación Medianoche había comenzado.
De regreso a casa, cada uno tomó su camino habitual. Nico atravesó el parque de los naranjos, repasando mentalmente la lista de componentes que necesitaría. En su cabeza ya tomaba forma el diseño de las minicámaras: sensor de imagen de baja resolución pero suficiente para captar rostros, detector de movimiento por infrarrojos para activar la grabación solo cuando hubiera presencia humana, y tarjetas micro SD de treinta y dos gigas que cabrían una semana entera de grabación intermitente. Todo reciclado, todo construido con sus propias manos.
Salma caminó por el paseo marítimo, observando las sombras que proyectaban las farolas en la arena. Su mente ya diseñaba rutas de escape, puntos ciegos en las cámaras de seguridad del acuario, posibles distracciones si algo salía mal. Años de pintar murales en lugares prohibidos le habían enseñado a pensar como una sombra: invisible, silenciosa, siempre con un plan B.
Aquella noche, tumbada en la cama, Vera no podía dormir. Miraba el techo y pensaba en su padre. Rafael Montero siempre había sido un hombre íntegro. Cuando ganó las elecciones hacía tres años, prometió proteger el patrimonio de Villa Coralina. ¿Habría cambiado? ¿Podía el dinero de una gran empresa corromper incluso a las mejores personas?
Sacó de debajo de la almohada una foto vieja: su madre, sonriendo junto al tanque de las medusas, con bata de laboratorio y el pelo recogido en un moño desordenado. «Cuida el mar y el mar cuidará de ti», solía decir.
Vera cerró los ojos con fuerza.
—Lo haré, mamá —susurró—. No dejaré que lo destruyan.
A las once y media se vistió de negro, se calzó sus zapatillas silenciosas y salió por la ventana de su habitación, trepando por la enredadera que llegaba hasta el tejado del garaje. La luna estaba escondida tras las nubes, como si también ella quisiera guardar el secreto.
En la esquina de la calle del Faro, dos sombras la esperaban.
—¿Lista? —susurró Nico. Llevaba una mochila abultada donde tintineaban suavemente componentes electrónicos.
—Siempre —respondió Vera.
Salma no dijo nada. Solo sonrió en la oscuridad y se ajustó la capucha.
Los tres caminaron hacia el acuario, pegados a las sombras de los edificios, con el corazón latiendo al ritmo de una aventura que apenas comenzaba.
