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La orquesta de los animales El gran anuncio de Don Búho
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En lo más profundo del bosque de Sonoria, donde los árboles eran tan altos que parecían rascacielos con hojas, vivía un búho muy peculiar llamado Don Búho. No era un búho cualquiera: llevaba siempre una pajarita negra, unos diminutos lentes redondos y una batuta que había encontrado un día dentro de una caja de galletas.

Don Búho tenía un sueño enorme, tan grande como su cabeza (y los búhos, hay que decirlo, tienen unas cabezas bastante grandes). Quería fundar la primera orquesta del bosque de Sonoria. Llevaba años escuchando los sonidos de la naturaleza: el viento entre las ramas, el agua del arroyo, los grillos cantando de noche… y pensaba que, si los animales aprendían a tocar instrumentos, podrían hacer la música más bonita del mundo.

Una mañana de martes (porque las cosas importantes siempre pasan en martes), Don Búho se posó en la rama más alta del Gran Roble, que era como el tablón de anuncios oficial del bosque. Carraspeó tres veces, se ajustó los lentes y gritó con su voz más seria:

—¡Atención, habitantes de Sonoria! ¡Se convoca una reunión urgentísima, importantísima y magnificentísima!

Los animales empezaron a asomar la cabeza desde todos los rincones. Las ardillas bajaron de los árboles, los conejos salieron de sus madrigueras y hasta las hormigas dejaron de cargar hojas para escuchar.

—He decidido —continuó Don Búho, hinchando el pecho con orgullo— fundar la Gran Orquesta del Bosque de Sonoria. Necesito músicos valientes, comprometidos y con ganas de aprender.

Se hizo un silencio enorme. Tan enorme que se podía escuchar a una mariquita estornudar tres árboles más allá.

—¿Y qué es una orquesta? —preguntó Ramón, un sapo que siempre hacía las preguntas que nadie se atrevía a hacer.

—Una orquesta —explicó Don Búho con paciencia— es un grupo de músicos que tocan juntos instrumentos diferentes para crear música hermosa. Como cuando el viento, la lluvia y los pájaros suenan al mismo tiempo, pero organizado.

—¡Yo quiero! —gritó una voz potente que hizo temblar las hojas del Gran Roble.

Era Trompeta, un joven elefante gris con unas orejas enormes y una sonrisa todavía más grande. Trompeta era conocido en todo Sonoria por dos cosas: su buen corazón y su costumbre de hacer ruidos espantosamente fuertes con la trompa. Cuando estornudaba, las ardillas salían volando de los árboles. Cuando bostezaba, los peces del lago se escondían bajo las piedras.

—¡Excelente! —dijo Don Búho, anotando el nombre en su libreta—. ¿Qué instrumento te gustaría tocar?

—¡La trompeta, por supuesto! —respondió el elefante, agitando su trompa con entusiasmo—. ¡Si ya tengo una incorporada!

Don Búho se rascó la cabeza con una pluma. No estaba seguro de que eso fuera exactamente así, pero admiró su entusiasmo.

Entonces, desde detrás de un arbusto de moras, apareció una figura elegante. Era una gata blanca con manchas grises, que caminaba como si el suelo fuera una alfombra roja. Llevaba un lacito rosa en la oreja y se lamía la pata con delicadeza antes de hablar.

—Yo también deseo participar —dijo con voz suave y refinada—. Mi nombre es Violina, y siempre he soñado con tocar el violín. Es el instrumento más elegante, como yo.

Don Búho sonrió. Ya tenía dos músicos. Ramón el sapo levantó la pata.

—Yo también quiero apuntarme. Puedo hacer percusión con la barriga —dijo, y se golpeó la panza produciendo un sonido hueco como un tambor de agua.

—Ehm… lo tendremos en cuenta —dijo Don Búho diplomáticamente, anotando su nombre con un signo de interrogación al lado.

Otros animales murmuraban entre sí, indecisos. Una familia de erizos dijo que lo pensarían. Un grupo de hormigas preguntó si podían tocar un instrumento entre todas. Y un pato muy tímido que se llamaba Ernesto dijo que él solo sabía hacer "cuac" pero que lo hacía con mucho sentimiento.

El problema era que ni Trompeta ni Violina ni nadie había tocado un instrumento en su vida. Pero Don Búho era optimista. Después de todo, él tampoco había dirigido nunca una orquesta, y eso no le impedía intentarlo.

—Muy bien —anunció Don Búho—. El primer ensayo será mañana a las diez de la mañana, en el Claro de la Luna. Traed vuestros instrumentos y muchas ganas.

—¿Y de dónde sacamos los instrumentos? —preguntó Trompeta.

Don Búho parpadeó. No había pensado en ese pequeño detalle.

—Pues… improvisaremos —dijo, intentando parecer tranquilo—. La música está en todas partes. Solo hay que encontrarla.

Violina levantó una ceja, que es algo que las gatas hacen con una elegancia impresionante.

—¿Improvisar? Yo no improviso, querido. Yo creo obras de arte.

—Pues mañana tendrás la oportunidad de crear tu primera obra de arte musical —respondió Don Búho con una sonrisa—. Y tú también, Trompeta. Los dos seréis los primeros músicos oficiales de la Gran Orquesta del Bosque de Sonoria.

Trompeta agitó las orejas de emoción, provocando una brisa que hizo volar las plumas de tres gorriones que pasaban por ahí.

Esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre Sonoria, Don Búho no pudo dormir. Estaba demasiado emocionado. Desde su rama favorita, miraba la luna y movía su batuta en el aire, dirigiendo una orquesta imaginaria de grillos y luciérnagas.

—Mañana empieza todo —susurró—. Mañana empieza la música.

Lo que Don Búho no sabía era que "empezar la música" iba a ser mucho más complicado, ruidoso y divertido de lo que jamás había imaginado. Pero las mejores aventuras siempre empiezan así: con un sueño, una pizca de locura y absolutamente ninguna idea de lo que va a pasar después.

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