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La rebelión de los cuentos Capítulo 1: El día que Caperucita dijo «no»
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En el Mundo de los Cuentos, todas las mañanas comenzaban exactamente igual. El sol salía por el este —siempre por el este, porque así lo dictaban las reglas—, los pájaros cantaban la misma melodía de siempre y cada personaje se preparaba para representar su papel, como llevaba haciendo desde tiempos inmemoriales.

Caperucita Roja se miró al espejo de su pequeña habitación en la cabaña del bosque. Ahí estaba, una vez más, la dichosa capa roja. La misma capa roja de siempre. Se la había puesto miles de veces, quizá millones. Había perdido la cuenta después del primer siglo.

—Otro día, otro paseo al bosque, otra cesta con magdalenas para la abuela —murmuró, mientras se ataba los cordones de las botas con desgana—. ¿Sabéis qué me gustaría hacer hoy? Estudiar astrofísica. Mirar las estrellas con un telescopio. Calcular la trayectoria de un cometa. Pero nooo, tengo que ir a casa de la abuela.

Una voz profunda y resonante retumbó desde algún lugar por encima de las nubes, como si el propio cielo hablara:

—Caperucita Roja tomó su cesta con alegría y se dispuso a cruzar el bosque para visitar a su querida abuelita.

Era el Narrador. La voz que controlaba todo en el Mundo de los Cuentos. Cada acción, cada palabra, cada giro de la trama pasaba por él. Era invisible, omnipresente y, sobre todo, tremendamente mandón.

Caperucita apretó los dientes.

—No tomé la cesta con alegría —corrigió en voz alta—. La tomé con una irritación profunda y existencial.

—Caperucita Roja tomó su cesta CON ALEGRÍA —repitió el Narrador, esta vez con más énfasis, como si subir el volumen fuera a cambiar algo.

—¡Que no! —exclamó Caperucita, y dejó la cesta en el suelo con un golpe seco—. Estoy harta. ¿Me oyes? HAR-TA. Llevo siglos haciendo lo mismo. Cruzo el bosque, me encuentro con el Lobo, llego a casa de la abuela, el Lobo se la come, el Lobo me come a mí, viene el cazador, nos saca de la barriga y todos felices. ¿Sabes cuántas veces he estado dentro de la barriga de un lobo? ¡No es nada agradable!

El Narrador carraspeó, claramente incómodo.

—Caperucita, querida, no puedes simplemente… dejar de hacer tu papel. Eres un personaje de cuento. Tu función es…

—Mi función es ser una niña tonta que no distingue a su abuela de un lobo disfrazado. ¡Mi abuela no tiene colmillos! ¡Ni pelo en las orejas! Bueno, un poco sí, pero no TANTO.

Mientras Caperucita discutía con el cielo —lo cual, hay que admitirlo, resultaba bastante ridículo visto desde fuera—, al otro lado del bosque ocurría algo igualmente insólito.

El Lobo Feroz estaba sentado en un claro del bosque, rodeado de margaritas, con un delantal que decía «BESA AL COCINERO» y un libro titulado Cocina vegana para principiantes.

—A ver, dice aquí que hay que saltear los champiñones a fuego medio… —murmuraba mientras removía una olla que había colocado sobre una pequeña hoguera—. Nada de carne. Nada de abuelas. Solo verduritas.

El Lobo llevaba tiempo sintiéndose incomprendido. Sí, era grande. Sí, tenía colmillos. Sí, podía soplar casas con relativa facilidad. Pero eso no significaba que quisiera comerse a nadie. De hecho, la última vez que se comió a la abuela de Caperucita le sentó fatal. Estuvo tres días con dolor de estómago.

—Lobo Feroz acechó entre los árboles, preparando su malvado plan —narró la Voz desde arriba.

—¡No estoy acechando! —protestó el Lobo, levantando la cuchara de madera—. ¡Estoy cocinando un risotto de calabaza! ¿Eso te parece malvado?

—Lobo Feroz acechó entre los árboles…

—¡QUE NO!

El Narrador suspiró. Aquello era inaudito. En todos sus años como voz omnisciente, jamás había tenido problemas con los personajes. Bueno, hubo aquel incidente con Pinocho que insistía en decir la verdad para que no le creciera la nariz, pero se resolvió rápido. Esto era diferente. Esto olía a rebelión.

Caperucita, que había decidido dar un paseo por el bosque —pero no para ir a casa de la abuela, sino porque le daba la gana—, se encontró con el Lobo en el claro.

—¿Qué haces? —preguntó, sorprendida.

—Risotto —respondió el Lobo con orgullo—. ¿Quieres probar?

Caperucita se sentó junto a la hoguera. Por primera vez en siglos, estaba haciendo algo que no estaba en el guion.

—¿Tú también estás harto? —preguntó.

—No tienes ni idea —suspiró el Lobo—. Estoy cansado de ser el malo. Yo no elegí tener colmillos. Ni ser peludo. Ni tener esta voz grave. ¿Sabes lo que de verdad me gusta? La jardinería. Y la cocina. Y los documentales de naturaleza.

—A mí me gusta la astronomía —confesó Caperucita—. Siempre miro las estrellas cuando vuelvo de casa de la abuela. Bueno, cuando volvía. Porque no pienso ir más.

El Lobo la miró con una sonrisa lobuna, pero sincera.

—¿Y si dejamos de hacer lo que nos dicen?

—¿Así, sin más?

—Así, sin más.

Caperucita lo pensó durante aproximadamente medio segundo.

—Hecho.

Desde lo alto, el Narrador observaba la escena con creciente preocupación. Sacó su gran Libro de los Cuentos, un volumen enorme y antiguo donde estaban escritas todas las historias del mundo, y pasó las páginas hasta encontrar «Caperucita Roja». Las letras brillaban con un tono dorado, pero algunas empezaban a difuminarse, como si la tinta se estuviera evaporando.

—Esto no puede estar pasando —murmuró—. Si los personajes dejan de seguir la historia, las páginas se borran. Y si las páginas se borran…

No quiso terminar la frase.

Mientras tanto, en otra parte del Mundo de los Cuentos, la noticia de la rebeldía de Caperucita y el Lobo se extendía como un rumor en un patio de colegio. Cenicienta, que en ese momento estaba fregando el suelo del salón por trigésimo octava vez en el día, levantó la cabeza al escuchar a los ratones cuchichear.

—¿Que Caperucita ha dejado de ir a casa de la abuela? ¿Que el Lobo cocina risotto? —Cenicienta soltó la fregona, y esta cayó al suelo con un ruido húmedo—. ¿Y yo aquí, limpiando? ¡Se acabó!

Se quitó el delantal, lo tiró al suelo y pisó sobre él con sus zapatos gastados.

—¡Hermanastras! —gritó hacia las escaleras—. ¡A partir de ahora, os limpiáis vosotras vuestro desorden! ¡Y decidle al príncipe que se busque a otra!

El Narrador sentía que le iba a dar algo. Abrió el Libro de los Cuentos por la página de Cenicienta y, efectivamente, las letras temblaban y se desvanecían.

—Calma, calma —se dijo a sí mismo—. Es una fase. Se les pasará. Siempre se les pasa.

Pero en el fondo, algo le decía que esta vez era diferente. Muy diferente.

Aquella noche, en el claro del bosque, bajo un cielo plagado de estrellas que Caperucita miraba con fascinación a través de un telescopio improvisado con tubos de cartón, se celebró la primera reunión secreta. Asistieron Caperucita, el Lobo, Cenicienta, los Tres Cerditos —que estaban hartos de reconstruir sus casas— y Rapunzel, que llevaba años pidiendo una cita con el peluquero.

—Propongo —dijo Caperucita, poniéndose de pie sobre un tronco— que dejemos de seguir nuestras historias. Que hagamos lo que nosotros queramos. Que seamos libres.

Hubo un murmullo de aprobación.

—¿Y el Narrador? —preguntó el Cerdito Mediano, nervioso—. No le va a gustar nada.

—El Narrador no puede obligarnos —respondió el Lobo con su voz grave pero amable—. Puede narrar lo que quiera, pero si nosotros no obedecemos, sus palabras no significan nada.

Caperucita levantó el puño.

—¡Desde hoy, escribimos nuestras propias historias!

Todos levantaron las manos, las patas o las garras, y gritaron al unísono:

—¡Nuestras propias historias!

Arriba, en su torre invisible hecha de frases y párrafos, el Narrador cerró el Libro de los Cuentos con un golpe seco. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y determinación.

—Si queréis guerra —susurró—, guerra tendréis.

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