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El secreto del relojero El taller de los mil relojes
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Martín nunca había visto tantos relojes juntos en toda su vida. Bueno, en realidad sí los había visto, pero hacía tanto tiempo que parecía un sueño. Cuando era más pequeño, su abuelo Tomás le llevaba al taller cada domingo por la mañana y le dejaba escuchar el tic-tac de los relojes mientras le contaba historias sobre cada uno de ellos. Ahora, con diez años recién cumplidos, Martín empujaba la puerta del taller por primera vez desde hacía tres años, y el sonido de cientos de mecanismos funcionando al mismo tiempo le golpeó como una ola.

El taller estaba en una callejuela estrecha del centro de Villarreloj, el pequeño pueblo donde Martín había nacido. La fachada era de piedra gris con un cartel de madera tallada que decía «Relojería Tomás Herrera — Desde 1962». La pintura del cartel estaba desconchada por el sol y la lluvia, pero las letras todavía se leían con claridad.

—Pasa, cariño —le dijo su madre desde dentro, con los ojos enrojecidos—. Tu abuelo quería que vieras esto.

Martín tragó saliva y entró. El taller era exactamente como lo recordaba, solo que cubierto por una fina capa de polvo. Las paredes estaban forradas de relojes de todas las formas y tamaños: relojes de cuco con pajaritos de madera, relojes de péndulo con cajas de caoba, relojes de bolsillo colgados de pequeños ganchos, despertadores antiguos con campanas de latón. Y en el centro de todo, la mesa de trabajo del abuelo Tomás, con sus lupas, sus pinzas diminutas y sus cajitas llenas de engranajes tan pequeños como granos de arroz.

Martín pasó los dedos por la superficie de la mesa. Estaba llena de pequeñas marcas y arañazos, cada uno producto de años y años de trabajo minucioso. Recordó cómo el abuelo le sentaba en un taburete alto a su lado y le dejaba mirar por la lupa grande mientras trabajaba. «La paciencia es la herramienta más importante de un relojero», solía decirle. «Si tienes prisa, romperás el engranaje. Si tienes calma, el reloj te contará su secreto». En aquel entonces, Martín no entendía del todo esas palabras. Ahora, de pie en medio del taller silencioso, empezaba a comprenderlas.

Junto a la mesa había una estantería de cristal donde el abuelo guardaba sus herramientas favoritas, ordenadas por tamaño con una precisión que habría hecho sonreír a cualquier matemático. Destornilladores diminutos, pinzas de punta fina, aceiteras con boquillas tan delgadas como agujas de coser. Cada herramienta tenía su sitio, marcado con una etiqueta escrita a mano por el propio abuelo Tomás. Martín siempre había admirado ese orden. En su propia habitación, los libros acababan debajo de la cama y los calcetines aparecían en los sitios más inesperados, pero aquí todo estaba en su lugar, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse y mantener las cosas exactamente como el relojero las dejó.

Su madre le entregó un sobre amarillento. En la parte de fuera, con la letra elegante y cuidadosa del abuelo, ponía: «Para Martín, cuando sea el momento».

—El notario me lo dio esta mañana —explicó su madre—. Tu abuelo dejó instrucciones muy claras. El taller es tuyo.

—¿Mío? —Martín abrió mucho los ojos—. Pero yo no sé arreglar relojes.

—Tu abuelo pensaba que sí sabrías. Lee la carta.

Martín abrió el sobre con cuidado, como si fuera frágil. Dentro había una hoja de papel doblada en tres partes. La desdobló y comenzó a leer:

«Querido Martín: Si estás leyendo esto, significa que el viejo relojero ya no puede dar más cuerda a su propio reloj. No te pongas triste. El tiempo nunca se detiene de verdad, solo cambia de forma. Te dejo mi taller porque sé que tú tienes lo que hace falta para cuidar de él: paciencia y ojos que saben mirar. Hay un reloj en el taller que es especial. No lo encontrarás entre los que están a la vista. Búscalo donde el tiempo descansa. Cuando lo encuentres, dale cuerda tres veces hacia la izquierda y una vez hacia la derecha. Entonces entenderás. Con todo mi cariño, tu abuelo Tomás».

Martín leyó la carta dos veces. Luego una tercera. ¿Un reloj escondido? ¿Donde el tiempo descansa? ¿Qué significaba eso?

Miró a su alrededor. Había relojes por todas partes, todos funcionando, todos marcando distintas horas como si cada uno viviera en su propio universo. Ninguno de ellos parecía estar «descansando». La luz de la tarde entraba por la ventana del taller y creaba reflejos dorados sobre las esferas de cristal y los péndulos que se balanceaban de un lado a otro. El sonido era hipnótico, como si el taller entero respirara al ritmo de sus cientos de corazones mecánicos.

Entonces recordó algo. Cuando era pequeño, el abuelo Tomás le había enseñado que los relojes tenían alma. «Cuando un reloj se para», le había dicho, «no está roto. Está descansando. Y un buen relojero sabe que a veces hay que dejar descansar las cosas para que vuelvan a funcionar».

Martín caminó entre los estantes, acercando la oreja a cada reloj. Todos sonaban. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Todos menos uno.

En la esquina más oscura del taller, detrás de una cortina de terciopelo rojo que Martín nunca había notado antes, había un hueco en la pared. Y dentro del hueco, un reloj de bronce del tamaño de un puño. No tenía agujas visibles. No hacía ningún sonido. En su superficie, grabada con letras diminutas, había una inscripción: «El tiempo guarda lo que el corazón olvida».

Martín lo tomó con ambas manos. Pesaba más de lo que esperaba, como si estuviera lleno de secretos. En la parte trasera tenía una pequeña llave para darle cuerda, con forma de estrella de seis puntas.

Con el corazón latiéndole en las orejas, Martín hizo exactamente lo que la carta decía: giró la llave tres veces hacia la izquierda y una vez hacia la derecha.

Durante un segundo, no pasó nada. Luego, con un clic suave y preciso, la parte frontal del reloj se abrió como una pequeña puerta. Dentro no había un mecanismo normal de engranajes y muelles. En su lugar, había un compartimento secreto con un papel enrollado y una llave pequeñísima, de hierro oscuro, con un número grabado: el 1.

«Pista número 1», leyó Martín en el papel. «Donde todo comienza, el fundador dejó su marca. Busca bajo la primera piedra del primer reloj del pueblo. Allí encontrarás la siguiente pieza del rompecabezas. Recuerda, Martín: cada engranaje tiene su lugar, y cada secreto tiene su momento».

Martín se guardó la llave y el papel en el bolsillo. Necesitaba ayuda. Necesitaba a alguien valiente, alguien que no tuviera miedo de meterse en líos. Necesitaba a Clara.

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