El olor a tinta era lo primero que Inés percibía cada mañana al cruzar el umbral de la imprenta. No era un olor cualquiera: era denso, metálico, casi vivo, como si las palabras que se imprimían en aquellas planchas de metal tuvieran un aliento propio. A sus catorce años, Inés había aprendido a distinguir el aroma de cada tipo de tinta —la negra de humo de lámpara, la azul de Prusia, la roja de cochinilla— con la misma facilidad con que otras chicas de su edad distinguían las flores del Retiro.
La imprenta se encontraba en el número siete de la calle del Olmo, un callejón estrecho y sinuoso del barrio de Lavapiés, donde las fachadas de los edificios se inclinaban unas hacia otras como viejos amigos compartiendo secretos. El local ocupaba la planta baja de un caserón del siglo anterior, y su fachada no tenía letrero alguno. Solo una pequeña puerta de madera oscura, con una aldaba en forma de búho, indicaba que allí dentro sucedía algo.
Don Aurelio, el maestro impresor, había acogido a Inés como aprendiza hacía dos años, cuando la niña se presentó ante su puerta con un ejemplar desgastado de El Quijote bajo el brazo y una determinación feroz en los ojos.
—¿Sabe usted leer? —le había preguntado Don Aurelio aquel día, alzando una ceja canosa.
—Sé leer, escribir, y puedo recitar de memoria los primeros tres capítulos de este libro —respondió Inés, levantando el mentón—. Mi madre me enseñó antes de morir.
Don Aurelio la había observado durante un largo instante, con aquellos ojos grises que parecían leer mucho más que las letras impresas. Luego había asentido una sola vez y le había abierto la puerta.
Desde entonces, Inés vivía en una pequeña habitación sobre la imprenta y dedicaba sus días a aprender el oficio. Don Aurelio era un hombre de aspecto imponente a pesar de su edad: alto, delgado, con una barba blanca recortada con precisión y manos enormes que, sin embargo, manejaban los tipos de plomo con una delicadeza asombrosa. Rara vez hablaba de su pasado, y cuando Inés le preguntaba, respondía siempre con la misma frase: «El pasado es un libro que ya se ha impreso, hija. Lo que importa es la página que estamos componiendo ahora».
La imprenta era un mundo en sí mismo. Había una prensa de hierro que ocupaba el centro de la sala, con sus brazos articulados y su bandeja de entintado. Había cajas tipográficas —la alta para las mayúsculas, la baja para las minúsculas— con cientos de compartimentos donde los tipos de plomo dormían ordenados como soldados en formación. Había estantes con botes de tinta de todos los colores, pilas de papel de distintos gramajes, rodillos de cuero para entintar, y una guillotina para cortar los pliegos con la precisión de un cirujano. En las paredes colgaban carteles impresos por Don Aurelio a lo largo de los años: anuncios de teatro, proclamas políticas, invitaciones a bailes de sociedad. Cada uno era una pequeña obra de arte tipográfica que demostraba el dominio del maestro.
Inés había aprendido a respetar cada herramienta, cada material, cada proceso. Sabía que la tinta debía tener la consistencia exacta —ni demasiado espesa ni demasiado líquida— para que las letras se imprimieran con claridad. Sabía que el papel debía humedecerse ligeramente antes de pasar por la prensa para que absorbiera la tinta de manera uniforme. Y sabía, sobre todo, que la paciencia era la virtud más importante de un impresor: un solo error en la composición podía arruinar una tirada entera de cientos de ejemplares.
Aquella mañana de noviembre, Madrid había amanecido envuelto en una niebla espesa que convertía los faroles de gas en lunas borrosas suspendidas sobre las calles. El aire olía a carbón y a hojas mojadas, y el frío se colaba por las rendijas de las ventanas como un ladrón silencioso. Inés bajó las escaleras frotándose las manos para combatir el frío y encontró a Don Aurelio ya inclinado sobre la prensa, revisando las planchas de un encargo que debía estar listo antes del mediodía.
—Buenos días, maestro —saludó Inés, atándose el delantal de cuero.
—Buenos días. Necesito que compruebes la composición de la página catorce. Creo que hay una errata en el tercer párrafo.
Inés se acercó a la mesa de composición y examinó las líneas de tipos metálicos con ojo experto. Encontrar erratas era una de sus habilidades favoritas: cada letra mal colocada le parecía un pequeño misterio que resolver, una nota discordante en una sinfonía de metal y papel.
—Aquí está —dijo al cabo de un momento—. Han puesto una «b» donde debería ir una «v» en la palabra «bravura».
—Bien visto. Corrígelo.
Mientras Inés trabajaba, no pudo evitar fijarse en algo extraño. Sobre la mesa de Don Aurelio, medio oculto bajo un paño de terciopelo verde, había un libro que no había visto nunca antes. Era un volumen antiguo, encuadernado en piel oscura, con un símbolo grabado en la cubierta que Inés no reconoció: un farol rodeado por una serpiente que se mordía la cola.
La curiosidad era, según Don Aurelio, su mayor virtud y su peor defecto. Aquella mañana, el defecto venció a la virtud.
Cuando Don Aurelio salió a atender a un cliente en la trastienda, Inés se acercó al libro con el corazón latiéndole con fuerza. Levantó el paño de terciopelo con dedos temblorosos y abrió la cubierta. Las páginas eran de un papel grueso y amarillento, escritas a mano con una caligrafía elegante pero difícil de descifrar. El texto estaba en castellano antiguo, y Inés solo pudo entender algunas frases sueltas: «La luz de los faroles guardará el secreto…», «Solo los iniciados conocerán la ruta de las luces…», «Cuando el último farol se apague, el conocimiento perecerá…».
Un ruido de pasos la hizo soltar el libro como si quemara. Don Aurelio apareció en la puerta con expresión seria.
—¿Qué estás haciendo? —Su voz no era enfadada, sino algo peor: preocupada.
—Yo… lo siento, maestro. Vi el libro y…
Don Aurelio cruzó la estancia con pasos largos y cubrió el libro de nuevo con el terciopelo.
—Hay cosas que no debes tocar, Inés. No todavía.
—¿No todavía? ¿Eso significa que algún día podré?
Don Aurelio la miró fijamente. Por un instante, Inés creyó ver en sus ojos algo parecido al orgullo, mezclado con una tristeza antigua.
—Significa que hay secretos que tienen su propio tiempo para ser revelados. Y este no ha llegado aún.
Aquella noche, Inés no pudo dormir. Tumbada en su estrecho catre, con la manta de lana hasta la barbilla, escuchaba los sonidos de Madrid nocturno: el traqueteo lejano de un coche de caballos, el silbido del sereno anunciando la hora, el crepitar de los faroles de gas en la calle. Los faroles. La imagen del símbolo grabado en el libro volvía una y otra vez a su mente: un farol rodeado por una serpiente.
Se levantó y se asomó a la ventana. Desde su habitación podía ver tres faroles de la calle del Olmo, cada uno proyectando un círculo de luz dorada sobre los adoquines húmedos. Nunca les había prestado especial atención, pero ahora los miraba con ojos nuevos. «La luz de los faroles guardará el secreto», decía el manuscrito.
¿Qué secreto?
Fue entonces cuando lo vio. Una figura encapuchada se detenía bajo el farol más cercano a la imprenta. La figura levantó una mano enguantada y tocó la base del farol con un gesto preciso, como si activara un mecanismo oculto. Luego extrajo algo —¿un papel?— y lo guardó bajo la capa antes de desaparecer en la niebla.
Inés se apartó de la ventana con el corazón desbocado. ¿Había visto realmente lo que creía haber visto? ¿O la niebla y el insomnio le estaban jugando una mala pasada?
Se metió de nuevo en la cama y se tapó hasta la nariz con la manta. El catre crujió bajo su peso, y durante un momento el sonido le recordó al de la prensa cuando mordía el papel: un quejido mecánico que precedía siempre a algo nuevo, a algo que antes no existía y que ahora cobraba vida gracias a la tinta y al esfuerzo humano. Pensó en todas las noches que su madre le había leído cuentos antes de dormir, sentada al borde de una cama parecida a esta, con una vela que proyectaba sombras danzantes en la pared. Su madre creía que las historias eran la mejor medicina contra el miedo, la soledad y la ignorancia. «Las palabras son puentes, Inés», le decía. «Puentes que conectan a las personas a través del tiempo y el espacio». Ahora, tumbada en la oscuridad, Inés se preguntaba si su madre habría conocido la existencia de la Sociedad. Si tal vez por eso le había enseñado a leer con tanta urgencia, como si supiera que aquel conocimiento le sería necesario algún día.
Su mente no dejaba de dar vueltas. Sabía una cosa con certeza: Don Aurelio le ocultaba algo. Y fuera lo que fuese, tenía que ver con aquel libro, con los faroles, y con una sociedad secreta cuyo nombre aún desconocía.
Mientras el reloj de la iglesia de San Lorenzo daba las dos de la madrugada, Inés tomó una decisión. Iba a descubrir la verdad. No por rebeldía ni por capricho, sino porque algo en lo más profundo de su ser le decía que aquel misterio la estaba esperando desde mucho antes de que ella naciera.
Lo que no podía imaginar era hasta qué punto tenía razón.
