Sofía tenía seis años y un telescopio de cartón que ella misma había construido con un tubo de papel higiénico y dos lupas que encontró en el cajón de su abuela. Cada noche, antes de dormir, se asomaba por la ventana de su habitación y contaba las estrellas que podía ver desde su pequeña casa en las afueras del pueblo.
—Una, dos, tres, cuatro… —susurraba, señalando con el dedo cada puntito de luz.
Su mamá siempre le decía que las estrellas eran soles muy lejanos, tan lejanos que su luz tardaba años y años en llegar hasta sus ojos. Sofía no entendía del todo cómo algo podía estar tan lejos, pero le gustaba imaginar que cada estrella era una pequeña amiga que la saludaba desde el otro lado del universo.
Aquella noche de viernes era especial. El cielo estaba completamente despejado, sin una sola nube, y la luna apenas era una fina rodaja plateada. Sofía sabía que las noches sin luna eran las mejores para ver estrellas, porque la oscuridad dejaba brillar hasta a las más pequeñitas.
—Ahí está la Osa Mayor —dijo para sí misma, reconociendo la forma de un gran cucharón en el cielo—. Y si sigo las dos estrellas del borde… ahí está la Estrella Polar, la que siempre señala el norte.
Sofía sonrió orgullosa. Había aprendido eso en un libro de astronomía que le regalaron por su cumpleaños, su libro favorito, con páginas llenas de dibujos de planetas, cohetes y galaxias en espiral.
De pronto, una luz brillante cruzó el cielo dejando una estela dorada, como si alguien hubiera trazado una línea con un pincel de fuego. Sofía abrió mucho los ojos.
—¡Una estrella fugaz! —exclamó, juntando las manos—. ¡Tengo que pedir un deseo!
Pero la luz no desapareció como hacían normalmente las estrellas fugaces. Siguió cayendo, cada vez más grande, cada vez más cerca, hasta que pasó por encima de su casa con un suave zumbido, como el sonido de una abeja enorme, y aterrizó en su jardín trasero con un destello silencioso.
Sofía se quedó paralizada tres segundos. Luego se puso sus zapatillas de conejito, agarró su linterna y bajó las escaleras de puntillas, con mucho cuidado de no despertar a sus padres.
El jardín estaba bañado por una luz suave y cálida, como si alguien hubiera encendido cien velas doradas entre los rosales. Sofía caminó despacio por el césped húmedo hasta el viejo manzano de la esquina.
Allí, acurrucada entre las raíces del árbol, encontró algo que jamás habría imaginado: una pequeña esfera de luz, del tamaño de una pelota de tenis, que flotaba a pocos centímetros del suelo. Brillaba con un tono dorado que cambiaba suavemente a blanco y luego a azul pálido. Era hermosa, pero parecía temblar, como si tuviera frío o estuviera asustada.
—Hola… —susurró Sofía, agachándose con cuidado—. ¿Estás bien?
La esfera parpadeó, y Sofía escuchó una vocecita fina como una campanilla de cristal.
—Ay, ay, ay… ¿Dónde estoy? Todo está tan oscuro aquí abajo… bueno, no tan oscuro porque yo brillo, pero no veo a mis hermanas por ningún lado.
—¿Puedes hablar? —se asombró Sofía.
—¡Claro que puedo hablar! Todas las estrellas hablamos, pero estamos tan lejos que nadie nos escucha. Esto es terrible. ¡Me he caído!
—¿Te has caído del cielo?
—Sí. Estaba bailando con mis hermanas en la constelación de Lyra, la que tiene forma de arpa, y me distraje mirando tu planeta. Es tan bonito y azul… Me acerqué demasiado al borde y perdí el equilibrio. Y ahora estoy aquí, en este… ¿cómo se llama esto?
—Es mi jardín —dijo Sofía con una sonrisita.
—Tu jardín. Bien. Pues necesito salir de tu jardín y volver al cielo antes de que amanezca.
—¿Por qué antes de que amanezca? —preguntó Sofía.
—Porque cuando sale el Sol, su luz es tan fuerte que las estrellas pequeñas como yo nos volvemos invisibles. Seguimos ahí, pero nadie nos ve. Si amanece y yo sigo aquí abajo, la luz del Sol me atrapará y no podré encontrar el camino de vuelta. Me quedaré perdida para siempre, y mi lugar en la constelación quedará vacío.
Sofía sintió un nudo en el estómago. Miró el cielo y calculó cuántas horas faltaban.
—Son las diez de la noche. El sol sale como a las siete. Tenemos nueve horas.
—¡Nueve horas! Parece mucho, pero el cielo es muy grande y yo estoy muy abajo. Necesito subir muy, muy alto.
Sofía se sentó junto a la estrellita y pensó un momento.
—Yo te voy a ayudar —dijo con determinación—. Me llamo Sofía, y me encantan las estrellas. He leído mucho sobre el cielo.
—¿De verdad me ayudarás? —la lucecita brilló con más fuerza, como si sonriera—. Yo me llamo Luz. Bueno, mi nombre estelar es mucho más largo y tiene sonidos que los humanos no pueden pronunciar, pero Luz está bien.
Luz flotó hasta posarse suavemente en la palma de Sofía. Era cálida, como sujetar una taza de chocolate caliente en invierno, y hacía un cosquilleo agradable.
—Pero, Sofía —dijo Luz con preocupación—, yo no sé cómo volver. Nunca había estado en la Tierra. Necesitamos a alguien que conozca el camino entre aquí y el cielo.
Sofía miró hacia arriba, pensativa, y vio otra luz cruzar el firmamento, moviéndose lentamente con una cola larga y brillante.
—¡Un cometa! —exclamó—. ¡Luz, mira, un cometa!
Luz miró hacia arriba y su brillo se intensificó de alegría.
—¡Es Cometa! ¡El viejo Cometa! Él viaja por todo el sistema solar. Si alguien sabe cómo llevarme de vuelta, es él. ¡Pero tenemos que encontrar la manera de hablar con él!
Sofía miró su telescopio de cartón en el alféizar de la ventana. Iba a necesitar algo más que un tubo de papel y dos lupas para esta aventura. Pero tenía algo mucho mejor: curiosidad, valentía y toda una noche por delante.
