El pasillo del Instituto San Andrés olía a cera recién aplicada y a promesas de septiembre. Valentina Reyes caminaba pegada a la pared derecha, como siempre, con la mochila colgada de un solo hombro y los auriculares puestos aunque no sonaba ninguna canción. Era su escudo invisible, la señal universal de «no me hables» que la mayoría de sus compañeros respetaba sin necesidad de explicaciones.
Tenía quince años, el pelo oscuro recogido en una trenza descuidada y unos ojos que parecían estar siempre calculando algo. Y normalmente lo estaban. Mientras otros estudiantes intercambiaban saludos efusivos tras las vacaciones de verano, Valentina contaba las baldosas del suelo —doscientas cuarenta y siete desde la entrada hasta su taquilla— y verificaba mentalmente que el número seguía siendo primo. Lo era. Eso la tranquilizaba. de un modo que no habria sabido explicar a nadie que no hablara el lenguaje de los numeros. Para Valentina, los primos eran como faros en un mar de cifras: aparecian cuando menos los esperabas, resistian la division, se mantenian enteros. Habia algo profundamente reconfortante en su terquedad, en su negativa a ser reducidos a partes mas pequenas. A veces pensaba que ella misma era un numero primo: indivisible, solitaria por naturaleza, funcional solo en sus propios terminos. Su madre, ingeniera informatica, lo llamaba ser especial. Sus companeros de clase lo llamaban ser rara. Valentina lo llamaba ser eficiente: no desperdiciar energia en relaciones sociales que no aportaban datos relevantes. Aunque ultimamente, en los momentos de honestidad que solo se permitia a las tres de la manana, se preguntaba si la eficiencia era una virtud o una excusa.
Su taquilla era la número 89, otro primo, situado en el ala este del edificio, cerca del laboratorio de química. La combinación era 07-19-43, tres primos consecutivos que había elegido deliberadamente al inicio del curso anterior. Giró la rueda con la precisión de quien ha repetido el gesto miles de veces, tiró de la manija y abrió la puerta metálica.
Dentro, sobre la pila de libros que había dejado en junio, descansaba un papel doblado en cuatro partes iguales. Valentina frunció el ceño. Nadie conocía su combinación. Había cambiado el candado ella misma al final del curso anterior, precisamente porque no confiaba en los que venían de fábrica. Lo revisó: no había marcas de forzamiento, ni arañazos en el metal. Quien hubiera dejado aquel papel conocía la combinación o tenía una llave maestra.
Desdobló el papel con cuidado. Era una hoja cuadriculada, arrancada de un cuaderno estándar. En el centro, escrita con tinta azul y una caligrafía meticulosa, casi de imprenta, había una ecuación:
∑(n=1 hasta 7) F(n) × P(n) = ?
Donde F(n) representaba la sucesión de Fibonacci y P(n) los números primos en orden ascendente.
Debajo, una sola línea adicional: «El resultado es una fecha. El día que todo se rompió.»
Valentina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del pasillo. Se apoyó contra la taquilla y comenzó a calcular mentalmente. La sucesión de Fibonacci hasta el séptimo término: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13. Los primeros siete primos: 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17. Multiplicó cada par y sumó: 2 + 3 + 10 + 21 + 55 + 104 + 221. El resultado era 416.
Cuatro-dieciséis. 16 de abril.
Valentina conocía esa fecha. Todo el pueblo de Riomonte la conocía. El 16 de abril de 2006, hacía exactamente veinte años, un incendio había destruido el ala oeste del instituto. Según la versión oficial, un cortocircuito en el laboratorio de química había provocado las llamas durante la noche, cuando el edificio estaba vacío. No hubo víctimas mortales, pero una profesora joven, Elena Vázquez, que supuestamente estaba corrigiendo exámenes en su despacho, sufrió quemaduras graves y quedó desfigurada. Abandonó el pueblo poco después y nunca regresó.
El ala oeste fue reconstruida al año siguiente. Ahora albergaba la biblioteca y dos aulas de informática. Nadie hablaba del incendio. Era uno de esos silencios colectivos que los pueblos pequeños cultivan con esmero, como si el silencio pudiera borrar la cicatriz.
Valentina guardó el papel en el bolsillo interior de su mochila y cerró la taquilla. Su mente ya estaba trabajando en dos frentes simultáneos: quién había dejado la nota y por qué se la habían dejado a ella. No era popular, no era la delegada de clase, no tenía ninguna conexión obvia con un suceso ocurrido cuatro años antes de que ella naciera.
La primera clase del día era Matemáticas Avanzadas, impartida por el profesor Mendoza. Valentina se sentó en su lugar habitual, primera fila, esquina izquierda, junto a la ventana. Desde allí podía ver el patio interior y el ala oeste reconstruida. Nunca antes le había prestado atención a esa parte del edificio. Ahora la miraba como si los ladrillos pudieran hablar.
El profesor Mendoza entró exactamente a las ocho y media. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el pelo canoso peinado hacia atrás y unas gafas de montura gruesa que le daban aspecto de intelectual de otra época. Llevaba treinta años en el instituto, lo que significaba que ya estaba aquí cuando ocurrió el incendio. Valentina lo calculó mientras él escribía en la pizarra una serie de integrales definidas.
—Buenos días y bienvenidos a segundo de Bachillerato —dijo Mendoza con su voz grave, sin volverse—. Este año descubriremos que todo lo que creíais saber sobre cálculo era apenas la superficie.
Valentina lo observó con una atención nueva. Mendoza siempre había sido su profesor favorito, el único que le ponía problemas adicionales porque los del libro le resultaban «insultantemente fáciles», según sus propias palabras. Pero ahora se preguntaba qué sabía aquel hombre sobre el 16 de abril de 2006.
Durante el recreo, Valentina se dirigió a la biblioteca. Necesitaba acceder al archivo del periódico escolar, que se publicaba de forma ininterrumpida desde 1985. Si el incendio había ocurrido en abril de 2006, tendría que haber alguna referencia en los números de aquel curso.
La biblioteca estaba casi vacía. Solo una chica de pelo rizado y gafas redondas ocupaba una de las mesas del fondo, rodeada de carpetas y con un portátil abierto. Valentina la reconoció vagamente: Raquel Ortega, de su mismo curso pero de otra clase. Era la directora del periódico escolar, El Reflejo, un dato que Valentina conocía porque el nombre del periódico aparecía en los paneles informativos del vestíbulo que ella leía compulsivamente cada mañana.
Valentina se acercó a la estantería donde se guardaban los números encuadernados del periódico. Buscó el volumen correspondiente al curso 2005-2006 y lo encontró. Lo abrió por abril y pasó las páginas. Nada. Ni una mención al incendio. El número de mayo hablaba de la feria de ciencias y de los resultados del equipo de baloncesto. El de junio, de las graduaciones. Era como si el incendio no hubiera existido.
—¿Buscas algo en concreto?
Valentina se sobresaltó. Raquel estaba de pie a su lado, con una expresión de curiosidad despierta.
—Los números de 2006 —respondió Valentina, señalando el volumen—. Falta información.
—Ya lo sé. —Raquel se sentó en la silla contigua y bajó la voz—. Llevo un mes investigando para un artículo especial sobre la historia del instituto. El vigésimo aniversario del incendio del ala oeste. Y resulta que no hay nada. Ni en el periódico escolar, ni en el archivo municipal, ni en la hemeroteca del periódico local. Es como si alguien hubiera limpiado todo rastro.
Valentina la miró con más atención. Raquel tenía los ojos marrones, muy vivos, y las manos manchadas de tinta. Llevaba una libreta de espiral metida en el bolsillo trasero del pantalón.
—¿Por qué investigas eso? —preguntó Valentina.
—Porque soy periodista. Es lo que hacemos: buscar lo que alguien no quiere que encontremos. —Raquel la estudió—. ¿Y tú? No pareces del tipo que lee periódicos escolares antiguos por diversión.
Valentina dudó. Su instinto le decía que no compartiera la nota. Pero su lógica le decía que necesitaba aliados, y Raquel ya estaba investigando lo mismo desde otro ángulo. La complementariedad era eficiente.
Sacó el papel de la mochila y se lo tendió sin decir nada. Raquel lo leyó, frunció el ceño, miró a Valentina pidiendo una explicación.
—Estaba en mi taquilla esta mañana. La combinación no estaba forzada. El resultado de la ecuación es 416. Dieciséis de abril.
—El día del incendio —susurró Raquel, y sus ojos se iluminaron con esa chispa que Valentina había visto en los suyos propios cuando un problema matemático revelaba una estructura oculta—. Alguien te está enviando pistas. La pregunta es por qué a ti.
—Eso mismo me pregunto yo.
—¿Sabes qué significa esto? —Raquel golpeó el papel con el dedo—. Que alguien sabe algo sobre el incendio que no forma parte de la versión oficial. Y quiere que tú lo descubras. O quiere que alguien lo descubra, y eligió a la persona más inteligente del instituto para asegurarse de que las ecuaciones se resolverían.
Valentina no supo si sentirse halagada o inquieta. Probablemente ambas cosas, que era una sensación nueva para alguien que prefería las certezas binarias.
Sonó el timbre que marcaba el final del recreo. Raquel le tendió la mano.
—Yo investigo la parte periodística: testimonios, archivos, contexto. Tú resuelves las ecuaciones y descifras las pistas. ¿Trato?
Valentina estrechó su mano. Era la primera vez que alguien le proponía algo que combinaba sus dos mayores fortalezas: los números y la soledad. Porque investigar un secreto requería discreción, y ella llevaba toda la vida practicando el arte de pasar desapercibida.
—Trato —dijo.
Esa tarde, de vuelta en su habitación, Valentina clavó el papel en el corcho sobre su escritorio. Debajo escribió: «Ecuación 1. Resultado: 16 de abril de 2006. Incendio ala oeste. ¿Cortocircuito o algo más?» Luego abrió su cuaderno de matemáticas y empezó a escribir todo lo que sabía, que era muy poco, y todo lo que necesitaba averiguar, que era mucho.
Antes de dormirse, revisó mentalmente las variables del problema. Un emisor anónimo con acceso a su taquilla. Una ecuación diseñada para ser resuelta solo por alguien con conocimientos avanzados de matemáticas. Una fecha que apuntaba a un suceso que el pueblo entero prefería olvidar. Y un instituto donde las paredes reconstruidas cubrían las cicatrices del fuego, pero no las de la memoria.
Se durmió pensando en espejos. En cómo un espejo roto multiplica la imagen, la fragmenta, la distorsiona. Cada trozo refleja una versión diferente de la misma realidad. Tal vez eso era lo que la ecuación intentaba decirle: que la verdad sobre el 16 de abril tenía múltiples reflejos, y ella solo había visto uno.
Lo que no sabía, lo que no podía saber todavía, era que al resolver aquella primera ecuación había activado una secuencia que ya no podría detenerse. Como un teorema que, una vez enunciado, exige ser demostrado hasta las últimas consecuencias.
