La Biblioteca Municipal Cervantes llevaba en la esquina de la calle de los Tilos desde antes de que nacieran los abuelos de Marcos. Era un edificio de ladrillo rojo con ventanas altas en forma de arco y una puerta de roble tan gruesa que hacía falta empujar con las dos manos para abrirla. Por dentro olía a papel viejo, a madera de cedro y a ese perfume misterioso que tienen los libros cuando llevan décadas guardando historias entre sus páginas.
Marcos tenía nueve años y era, sin duda alguna, el mejor cliente de aquella biblioteca. Iba todos los días después del colegio, se sentaba siempre en el mismo sillón de cuero verde que estaba junto a la ventana del fondo, y leía hasta que la luz del atardecer le avisaba de que era hora de volver a casa. Le gustaban todo tipo de libros: los de aventuras que le hacían sentir que navegaba por mares lejanos, los de misterio que le ponían el corazón a mil por hora, los de ciencia que le hacían entender por qué el cielo es azul y la luna no se cae.
La bibliotecaria se llamaba Doña Aurora. Era una mujer mayor con el pelo blanco recogido en un moño elegante, gafas redondas que siempre le resbalaban por la nariz y una sonrisa que parecía guardar un secreto. Vestía blusas de colores vivos y siempre llevaba un broche diferente: unos días era un búho de plata, otros una mariposa de esmalte, otros una pluma dorada. Marcos pensaba que Doña Aurora era tan antigua como la propia biblioteca, como si hubiera nacido entre aquellas estanterías y formara parte del mobiliario.
Una tarde de viernes, Marcos estaba tan absorto leyendo «La isla del tesoro» que no se dio cuenta de que la biblioteca había cerrado. Cuando levantó la vista del libro, las luces estaban apagadas, las sillas estaban recogidas sobre las mesas y el silencio era tan espeso que podía oír los latidos de su propio corazón. Se asustó. La puerta principal estaba cerrada con llave. Intentó llamar por teléfono a sus padres, pero se había dejado el móvil en casa, como siempre le reñían por hacer.
—Bueno, no pasa nada —se dijo a sí mismo, intentando calmarse—. Doña Aurora no puede andar lejos. Seguro que hay una puerta trasera.
Recorrió los pasillos oscuros de la biblioteca, guiándose por la débil luz de las farolas que entraba por las ventanas. Los estantes de libros proyectaban sombras largas que parecían dedos gigantes señalando en todas direcciones. Marcos tragó saliva y siguió caminando. Llegó hasta una zona de la biblioteca en la que nunca había estado: un pasillo estrecho detrás de la sección de libros antiguos, con una puerta pequeña al fondo que tenía un letrero que decía «Sala de Manuscritos — Solo personal autorizado».
La puerta estaba entreabierta y de ella salía un resplandor dorado. Marcos se acercó despacio, conteniendo la respiración. Empujó la puerta con cuidado y lo que vio al otro lado le hizo abrir la boca de par en par. La sala era enorme, mucho más grande de lo que el edificio de la biblioteca debería permitir, como si el espacio se hubiera estirado por dentro. Las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta un techo tan alto que se perdía en la penumbra. Y entre las estanterías, caminando, hablando y riendo, había decenas de personajes que Marcos conocía de sus libros favoritos.
Allí estaba un mosquetero con su capa y su espada, discutiendo con un pirata que tenía un loro en el hombro. Más allá, una niña con un vestido azul perseguía a un conejo blanco con chaleco. Un detective con gorra de cazador examinaba una huella en el suelo con su lupa. Y en el centro de la sala, sentada en un trono de libros apilados, Doña Aurora sonreía como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Ah, Marcos —dijo la bibliotecaria con naturalidad—. Sabía que tarde o temprano acabarías quedándote hasta medianoche. Bienvenido a la verdadera biblioteca.
