Tomás no debería haber salido a navegar ese día. El parte meteorológico anunciaba tormenta, su madre le había dicho tres veces que se quedara en casa y hasta su perro Capitán, que normalmente saltaba de alegría cuando veía la vela del pequeño velero, se había escondido debajo de la mesa de la cocina con las orejas gachas. Pero Tomás tenía once años, una testarudez del tamaño del océano Atlántico y la convicción inquebrantable de que las tormentas eran algo que les pasaba a otros.
Navegaba solo, como hacía cada fin de semana desde que su padre le enseñó a manejar el Cronos, un velero de seis metros con el casco pintado de azul y una vela blanca remendada en tres sitios. El nombre del barco lo había elegido su padre, que era relojero y tenía una fascinación obsesiva por el tiempo. «Cronos era el dios griego del tiempo», le había explicado. «Y el tiempo es lo más valioso que existe, Tomás. No se puede comprar, no se puede fabricar y no se puede recuperar una vez que pasa. Recuérdalo siempre.»
Su padre había muerto hacía dos años. Un accidente de coche, rápido e inesperado, como un reloj que se detiene sin aviso. Desde entonces, Tomás navegaba solo cada fin de semana, porque el mar era el único lugar donde todavía sentía la presencia de su padre, en el viento que hinchaba la vela, en el crujido de la madera, en el olor a sal y a libertad.
La tormenta llegó a las tres de la tarde, cuando Tomás estaba a quince millas de la costa. El cielo se puso negro en cuestión de minutos, como si alguien hubiera apagado un interruptor cósmico. El viento pasó de brisa agradable a vendaval furioso en menos de lo que se tarda en decir «socorro». Las olas crecieron hasta convertirse en montañas líquidas que levantaban el Cronos como si fuera un juguete y lo dejaban caer en valles de agua oscura.
Tomás luchó durante una hora. Recogió la vela, amarró todo lo que pudo, se ató al mástil con una cuerda y rezó a todos los dioses del mar que conocía. Pero la tormenta era más fuerte que cualquier plegaria. Una ola monstruosa, tan alta que tapó el cielo entero, levantó el Cronos y lo volcó. Tomás sintió el agua fría tragárselo, la cuerda romperse, el mástil crujir. Y después, oscuridad.
Despertó en una playa. No recordaba cómo había llegado allí. Estaba tumbado boca arriba sobre arena fina y blanca, con el sol dándole en la cara y un dolor sordo en la cabeza. Se incorporó despacio y miró a su alrededor. La playa se curvaba en un semicírculo perfecto, bordeada por palmeras de un verde brillante. Detrás de las palmeras se elevaba una colina cubierta de vegetación tropical, y en la cima de la colina, asomando entre los árboles, se veía algo que le hizo parpadear varias veces: una torre de reloj. Alta, delgada, de piedra oscura, con un reloj enorme en cada una de sus cuatro caras. Los cuatro relojes marcaban horas diferentes.
Tomás se puso de pie, se sacudió la arena y evaluó la situación. Estaba vivo, lo cual era bueno. Estaba en una isla desconocida, lo cual era preocupante. No tenía teléfono, ni radio, ni comida, lo cual era malo. Y los cuatro relojes de la torre marcaban las tres, las siete, las once y las doce, lo cual era simplemente confuso.
Fue entonces cuando se fijó en algo extraño. Las olas de la playa se movían a una velocidad anormal. Llegaban a la orilla, rompían y se retiraban con una rapidez vertiginosa, como si alguien hubiera puesto la naturaleza en modo acelerado. Las nubes cruzaban el cielo a toda velocidad, los pájaros volaban como flechas, las hojas de las palmeras se agitaban frenéticamente. Todo iba demasiado rápido.
Tomás dio unos pasos hacia el interior de la isla y notó algo todavía más extraño. Al cruzar una línea invisible, como si hubiera atravesado una frontera, todo cambió. La velocidad se normalizó. Las olas se oían a lo lejos, todavía aceleradas, pero a su alrededor, entre los árboles, el tiempo fluía con normalidad. Levantó la vista y vio, clavado en el tronco de un árbol, un cartel de madera con letras talladas:
«ZONA HORARIA 4: VELOCIDAD ESTÁNDAR. PRECAUCIÓN: No cruce las fronteras temporales sin protección adecuada. Por decreto del Guardián del Reloj Maestro.»
—¿Guardián del Reloj Maestro? —murmuró Tomás—. ¿Dónde me he metido?
