Lina tenía siete años y un secreto que guardaba en el bolsillo de su bata escolar: un cuadrado de papel rojo que llevaba consigo a todas partes. Mientras los demás niños jugaban al fútbol en el recreo o saltaban a la comba, ella se sentaba en un rincón del patio, bajo la sombra del viejo roble, y doblaba figuras. Grullas, ranas, barcos, estrellas. Sus dedos se movían con una rapidez asombrosa para una niña de su edad, como si el papel le susurrara instrucciones que solo ella podía escuchar.
El aula de arte era su lugar favorito en todo el colegio. Estaba en el segundo piso, al fondo de un pasillo lleno de dibujos colgados con pinzas de colores. La puerta siempre estaba entornada y por ella se escapaba un olor a pintura fresca y a pegamento que a Lina le parecía el mejor perfume del mundo. Las paredes estaban cubiertas de murales pintados por alumnos de años anteriores: un bosque encantado, un cielo lleno de cometas, un océano con peces de todos los colores imaginables.
La profesora de arte se llamaba doña Carmen y tenía el pelo blanco recogido en un moño del que siempre escapaban mechones rebeldes. Llevaba gafas redondas que se le resbalaban por la nariz y delantales salpicados de pintura. Doña Carmen fue la primera persona que le enseñó a Lina el arte del origami, una tarde de lluvia en la que no pudieron salir al recreo. Le mostró cómo un simple cuadrado de papel podía convertirse en cualquier cosa si se doblaba con paciencia y cariño.
Desde aquel día, Lina no había dejado de plegar. Su habitación en casa estaba llena de figuras de papel que colgaban del techo con hilos invisibles: una bandada de grullas de colores, un móvil de mariposas, una familia de gatos que descansaba sobre su mesilla de noche. Su madre decía, medio en broma medio en serio, que algún día la casa entera estaría hecha de papel. Pero a Lina no le importaba. Cada figura que creaba le parecía un pequeño milagro.
Aquella mañana de martes, Lina llegó al colegio con una idea especial en la cabeza. Había encontrado en la biblioteca un libro antiguo de origami japonés, con páginas amarillentas y dibujos delicados, y entre todas las figuras había una que le había robado el aliento: un dragón. No era un dragón cualquiera. Tenía las alas desplegadas, la cola enroscada, las garras extendidas y la boca abierta como si estuviera a punto de lanzar una llamarada. El diagrama era complicadísimo, lleno de pliegues que Lina nunca había intentado, pero algo en su interior le decía que tenía que probarlo.
Cuando sonó la campana de la clase de arte, Lina fue la primera en entrar al aula. Se sentó en su sitio de siempre, junto a la ventana que daba al patio, sacó su cuadrado de papel rojo y lo alisó con cuidado sobre la mesa. Respiró hondo, abrió el libro por la página del dragón y comenzó a doblar. Los primeros pliegues fueron sencillos: por la mitad, en diagonal, la base cuadrada que ya conocía de memoria. Pero luego vinieron los pliegues difíciles, los que hacían que el papel crujiera como si protestara. Lina no se rindió. Dobló y desdobló, giró y volvió a girar, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como hacía siempre que se concentraba mucho.
Y entonces, cuando hizo el último pliegue, el que levantaba la cabeza del dragón hacia arriba, algo extraordinario sucedió. El papel se calentó bajo sus dedos. Lina parpadeó, creyendo que era su imaginación, pero no: la figurita de papel rojo temblaba sobre la mesa, como un pollito a punto de salir del cascarón. Antes de que pudiera decir nada, el dragón de papel abrió sus ojos diminutos, dos puntos brillantes como rubíes, y estiró sus alas con un crujido suave, como el de una página al pasar.
