Nora apretó la frente contra el cristal de la escotilla y contuvo la respiración. Bajo el casco del Nautilus-7, el océano se extendía como un universo líquido que cambiaba de color a medida que descendían: primero azul brillante, luego azul oscuro, luego un índigo profundo que se iba tragando la luz del sol hasta que no quedó más que la negrura absoluta de las profundidades. Los focos del submarino se encendieron automáticamente, lanzando dos haces de luz blanca que penetraban la oscuridad como los ojos de un animal gigantesco.
—Profundidad: mil doscientos metros —anunció Mateo desde el panel de control, con la voz un poco temblorosa—. Presión estable. Sistemas nominales. Oxígeno al noventa y ocho por ciento.
—Deja de recitar datos y mira por la ventana —le dijo Jun desde su estación de comunicaciones, señalando la escotilla con un gesto de asombro—. Esto es increíble.
Y lo era. Más allá de la luz de los focos, el agua estaba llena de criaturas bioluminiscentes que parpadeaban en la oscuridad como estrellas en un cielo líquido. Medusas transparentes que brillaban con tonos rosados y violetas, calamares diminutos que emitían destellos azulados, hileras de animales microscópicos que formaban constelaciones vivientes. Nora pensó que era como navegar por el espacio, pero más hermoso, porque aquí todo estaba vivo.
Los tres tenían doce años y eran los miembros más jóvenes del Programa Poseidón, una iniciativa internacional para formar a la próxima generación de científicos marinos. Nora era la bióloga del equipo: llevaba una libreta impermeable donde dibujaba cada especie que veía, y tenía una memoria prodigiosa para los nombres científicos. Mateo era el ingeniero: entendía cada tuerca, cada cable y cada sensor del Nautilus-7 como si lo hubiera construido él mismo, lo cual en parte era cierto, porque había ayudado a diseñar el sistema de navegación. Jun era la especialista en comunicaciones y cartografía: podía interpretar señales de sonar como quien lee una partitura musical, y tenía un oído afinado para distinguir los sonidos del océano.
Su misión era sencilla, al menos sobre el papel: descender hasta la Fosa de las Sombras, una grieta oceánica recién descubierta en el Pacífico Sur que ningún submarino había explorado jamás, cartografiar su topografía y recoger muestras. La doctora Reyes, su supervisora en la base de superficie, les había dado instrucciones claras: observar, registrar y no tomar riesgos innecesarios. Pero la doctora Reyes no podía ver lo que ellos estaban viendo ahora.
—Mateo, ¿estás captando eso en el sonar? —preguntó Jun, inclinándose sobre su pantalla con el ceño fruncido—. Hay una señal a las dos en punto, a unos trescientos metros. No es geológica. No es biológica. Es… no sé lo que es.
Mateo tecleó una secuencia rápida en su consola y el sonar amplificó la señal. Un sonido rítmico llenó la cabina del submarino, un pulso grave y regular que recordaba al latido de un corazón gigantesco. Nora apartó la frente de la escotilla y miró a sus compañeros. Los tres se miraron en silencio, y en el silencio compartido entendieron lo mismo: aquello no era un fenómeno natural conocido. Aquello era algo completamente nuevo.
—Deberíamos informar a la doctora Reyes —dijo Mateo, que siempre era el más prudente de los tres.
—Deberíamos investigar —dijo Nora, que siempre era la más curiosa.
Jun sonrió, porque ella siempre era la que desempataba.
—Podemos hacer las dos cosas —decidió—. Informamos y nos acercamos. Si no nos gusta lo que vemos, damos media vuelta.
Mateo ajustó el rumbo del Nautilus-7 hacia la señal desconocida. El submarino giró con suavidad, como un delfín cambiando de dirección, y avanzó lentamente hacia el origen del latido misterioso. La oscuridad del océano profundo los envolvió como un abrazo inmenso, y los tres jóvenes científicos, solos en su cápsula de metal y cristal a más de mil metros bajo la superficie, sintieron por primera vez la verdadera magnitud de lo que habían venido a buscar.
