El autobús se detuvo en la plaza del pueblo con un chirrido de frenos que espantó a las palomas del campanario. Valentina bajó los escalones con su mochila al hombro y parpadeó bajo el sol de julio. El pueblo de Aldeanueva se extendía ante ella como una postal antigua: casas de piedra con tejados de pizarra, calles empedradas que subían y bajaban siguiendo los caprichos del terreno, y al fondo, las montañas verdes y azules que parecían sostener el cielo.
La abuela Aurora la esperaba sentada en el banco de la plaza, a la sombra de un castaño centenario. Era una mujer menuda y erguida, con el pelo blanco recogido en una trenza gruesa que le llegaba hasta la cintura, y unos ojos castaños que parecían guardar mil historias. Cuando vio a Valentina, se levantó con una agilidad sorprendente para sus ochenta y dos años y abrió los brazos.
—¡Mi niña! —exclamó, estrechándola con fuerza—. ¡Cómo has crecido! Estás altísima. ¿Te están dando de comer bien en la ciudad?
Valentina se dejó abrazar, respirando el olor familiar de su abuela: jabón de lavanda, pan recién hecho y un toque de romero del jardín. Hacía un año que no la veía, desde las Navidades pasadas, y le parecía que la abuela estaba un poco más delgada, un poco más frágil, aunque su sonrisa seguía siendo la misma de siempre: enorme y cálida como una manta en invierno.
La casa de la abuela Aurora estaba al final de una calle empinada, la última antes de que el pueblo se convirtiera en campo. Era una casa de piedra de dos plantas con un porche cubierto de hiedra y un jardín trasero donde crecían tomates, lechugas, rosales y hierbas aromáticas en un desorden organizado que solo la abuela entendía. Dentro olía a cera de muebles y a guiso de lentejas, y las paredes estaban cubiertas de fotografías en marcos de madera: bodas, bautizos, reuniones familiares que abarcaban décadas de historia.
Valentina iba a pasar allí todo el mes de julio mientras sus padres viajaban a un congreso en Alemania. A sus nueve años, la perspectiva de un mes en un pueblo sin wifi, sin amigos y sin nada que hacer le parecía una sentencia de aburrimiento. Pero la abuela Aurora tenía sus propios planes.
—Mañana te enseñaré a hacer mermelada de cereza —anunció mientras servía la cena—. Y pasado mañana iremos al río a pescar truchas. Y el jueves, si no llueve, subimos a la cueva de los murciélagos.
Valentina sonrió por cortesía, pero lo que realmente quería era explorar. Desde pequeña le fascinaban los lugares cerrados y olvidados: armarios, sótanos, desvanes. Lugares donde las cosas se acumulaban y guardaban secretos. Y la casa de la abuela Aurora tenía un desván al que nunca la habían dejado subir.
—Abuela, ¿puedo subir al desván? —preguntó mientras fregaban los platos.
La abuela se quedó quieta un instante, con las manos en el agua jabonosa, y algo cruzó por sus ojos: un destello rápido, como una puerta que se abre y se cierra. Luego sonrió.
—El desván está lleno de trastos viejos, cariño. No hay nada interesante.
Pero Valentina conocía a su abuela, y sabía que cuando decía que algo no era interesante con esa voz demasiado casual y esa sonrisa demasiado rápida, era exactamente lo contrario. Así que esperó a que la abuela se fuera a dormir, cogió la linterna que siempre llevaba en la mochila, y subió al desván.
