Zara se quitó el casco de realidad virtual y parpadeó mientras sus ojos se adaptaban a la luz fluorescente de su habitación. Hacía un momento estaba caminando por un bosque de secuoyas gigantes, sintiendo la brisa en la cara y escuchando el canto de los pájaros, pero ahora solo veía las cuatro paredes grises de su celda residencial en el Bloque 47 de Neo-Madrid, una torre de doscientos pisos donde vivían amontonadas treinta mil personas.
La Red Verde era la mayor obra de ingeniería digital del siglo XXII. Creada por la corporación Syntex después de que la última zona forestal del planeta fuera talada en 2089, la Red era un sistema de realidad virtual que permitía a los ciudadanos experimentar la naturaleza sin salir de casa. Bosques, playas, montañas, selvas, desiertos: todo estaba digitalizado con un nivel de detalle asombroso. Podías sentir la textura de la corteza de un árbol, oler la tierra mojada después de la lluvia, escuchar el croar de las ranas en un estanque. Todo falso. Todo simulado. Todo mentira.
Zara tenía catorce años y una habilidad que la convertía en una de las hackers más peligrosas de Neo-Madrid: podía ver las costuras de la simulación. Donde otros veían un bosque perfecto, ella veía los polígonos que formaban las hojas, las texturas repetidas en la corteza de los árboles, los algoritmos predecibles que movían las nubes. La Red Verde le parecía lo que era: un decorado bonito que ocultaba un mundo muerto.
Su contacto en la resistencia digital era Iker, un chico de trece años que vivía en el Bloque 12 de Neo-Bilbao y que era un genio de la criptografía. Iker podía descifrar cualquier código, abrir cualquier puerta digital, infiltrarse en cualquier sistema protegido. Llevaba gafas gruesas, el pelo rapado y una sudadera negra que parecía no quitarse nunca. Hablaban a través de un canal cifrado que habían construido juntos, tan seguro que ni los rastreadores de Syntex podían interceptarlo.
—Zara, tienes que ver esto —dijo Iker aquella noche, su voz llegando a través del auricular implantado que Zara llevaba detrás de la oreja—. He interceptado un paquete de datos de Syntex. Nivel de seguridad Omega. Están intentando borrar algo de sus servidores.
—¿Qué tipo de datos?
—Lecturas atmosféricas. Análisis de suelo. Muestras biológicas. Zara… son datos reales. No simulados. Vienen de coordenadas geográficas reales, de un punto en las Tierras Muertas, al norte de lo que antes era los Pirineos.
Zara sintió un escalofrío. Las Tierras Muertas eran las zonas fuera de las megaciudades: extensiones infinitas de tierra yerma, contaminada, sin vida, donde nadie iba porque no había nada que ver. Al menos, eso es lo que Syntex decía.
—¿Me estás diciendo que hay algo vivo en las Tierras Muertas?
—No solo vivo. Los datos hablan de un ecosistema completo. Árboles, plantas, insectos, aves, mamíferos. Un bosque, Zara. Un bosque real.
El silencio que siguió fue tan denso que Zara podía oír los latidos de su propio corazón retumbando en su pecho. Un bosque real. En un mundo donde la naturaleza solo existía como unos y ceros, donde los niños aprendían qué era un árbol a través de simulaciones, donde nadie menor de sesenta años había visto nunca una hoja de verdad, la existencia de un bosque real era la noticia más importante de la historia.
—Hay una tercera persona en este canal —dijo Iker—. Antes de que entres en pánico, la invité yo. Se llama Mei. Es de Neo-Shanghái. Es bioinformática, la mejor que he visto jamás. Y tiene algo que necesitamos ver.
Una voz nueva entró en el canal, suave y precisa, con un leve acento que Zara no pudo identificar.
—He analizado los datos que Iker interceptó —dijo Mei—. El bosque es real. Lleva creciendo durante al menos cien años en un valle protegido por montañas. La topografía creó un microclima que lo protegió de la contaminación. Pero eso no es todo. He encontrado otro documento en los servidores de Syntex. Un plan de construcción. Van a arrasar el bosque para construir una planta de fusión nuclear. La demolición está programada para dentro de once días.
Once días. Once días para salvar el último fragmento del mundo natural. Zara cerró los ojos, y por primera vez en su vida, la oscuridad detrás de sus párpados no le pareció vacía sino llena de posibilidades.
