Todo empezó con un cartel pegado en la puerta de la panadería de don Esteban. Leo lo vio primero, aquella mañana de sábado en que fue a comprar el pan para el desayuno. Era un cartel grande, impreso en papel amarillo fosforescente, con letras negras que decían: «PRIMERA CARRERA NOCTURNA DE VILLALUNA. Sábado 15 de septiembre. Inicio: Plaza Mayor, a las 21:00 horas, coincidiendo con el eclipse lunar total. Recorrido: 5 km a través del pueblo. Categorías: adultos e infantil (8-12 años). Inscripción gratuita. Premios para los tres primeros clasificados de cada categoría. ¡Corre bajo la luna roja!»
Leo se quedó clavado delante del cartel con la barra de pan bajo el brazo y el corazón latiéndole a mil por hora. Una carrera nocturna. Durante un eclipse. Eso era, sin lugar a dudas, lo más emocionante que había pasado en Villaluna desde que la vaca de don Fermín se escapó y la encontraron en el tejado del ayuntamiento, cosa que nadie había logrado explicar satisfactoriamente.
Leo tenía diez años y era el más rápido de su clase en educación física. No es que fuera un atleta prodigioso, pero tenía piernas largas, pulmones de ciclista y una competitividad feroz que le hacía darlo todo en cualquier carrera, desde los cien metros lisos hasta la carrera de sacos de las fiestas patronales. Ganar aquella carrera nocturna se convirtió en su objetivo número uno en la vida, por delante de aprobar las matemáticas y de conseguir que su hermana pequeña dejara de esconderle los calcetines.
En menos de una hora, había reunido a sus tres mejores amigos en el banco de la plaza, bajo el reloj del ayuntamiento, para darles la noticia. Sara fue la primera en llegar, como siempre: era puntual como un reloj suizo y organizada como una bibliotecaria. Tenía nueve años, llevaba el pelo recogido en dos coletas y era la cerebro del grupo: siempre tenía un plan, un mapa, una lista de cosas que hacer. Lo que no tenía era resistencia física. Sara era la primera en quedarse sin aliento subiendo las escaleras del colegio.
Tomás llegó segundo, sin prisa, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tranquila que era su expresión habitual. Era el más grande del grupo, tanto en altura como en anchura, y el más fuerte. Podía cargar con su hermano pequeño a hombros durante media hora sin cansarse. Pero correr no era lo suyo: se movía con la velocidad de un oso simpático, potente pero no exactamente veloz.
Amira fue la última, como siempre, porque se había entretenido mirando un nido de golondrinas en el alero de su casa. Tenía ocho años, era la más pequeña del grupo en todos los sentidos, y lo que le faltaba de estatura le sobraba de energía. Amira era como un resorte: no podía estar quieta más de treinta segundos y saltaba, brincaba y daba vueltas con una alegría contagiosa que hacía imposible enfadarse con ella por llegar siempre tarde.
—¡Tenemos que apuntarnos! —exclamó Leo, señalando el cartel con entusiasmo—. ¡Los cuatro juntos!
Sara frunció el ceño, que era lo que hacía siempre que estaba pensando.
—Leo, es una carrera de cinco kilómetros. De noche. A través del pueblo entero. Yo me canso subiendo al segundo piso.
—¡Pues entrenaremos! —dijo Leo—. Tenemos dos semanas. Podemos entrenar todos los días después del colegio.
—A mí me da un poco de miedo correr de noche —dijo Tomás, rascándose la nuca.
—¡Pero habrá luna! —dijo Amira, dando un salto—. ¡Una luna roja! ¡Un eclipse! ¡Será como correr en otro planeta!
Leo miró a sus tres amigos y supo que no sería fácil convencerlos a todos. Pero también sabía que las mejores aventuras nunca empiezan con todo el mundo convencido. Empiezan con alguien que dice «¡vamos!» y otros que, después de pensarlo, deciden que sí, que vamos, que al fin y al cabo para eso están los amigos: para hacer juntos las cosas que da miedo hacer solo.
