Iris soñaba en colores que no existían en la paleta de los pintores. Eran colores que solo aparecían cuando cerraba los ojos y su mente se desprendía de la vigilia como una cometa que se suelta de la mano: un violeta que sabía a menta, un dorado que sonaba a cuerda de violín, un gris azulado que olía a lluvia sobre el asfalto caliente. En sus sueños, esos colores formaban paisajes, y los paisajes formaban mapas, y los mapas eran las mentes de otras personas.
Tenía quince años, el pelo negro cortado a la altura de la mandíbula, ojos del color del ámbar y una costumbre que sus compañeros de instituto encontraban entre fascinante e inquietante: miraba a las personas durante demasiado tiempo, como si pudiera ver algo que los demás no veían. Y la verdad es que podía.
Había descubierto su don a los doce años, la noche en que su madre se quedó dormida en el sofá con ella al lado. Iris cerró los ojos y, de repente, se encontró caminando por un paisaje que reconoció sin haberlo visto nunca: el pueblo de su madre cuando era niña, con la plaza de tierra, la fuente de piedra y el columpio del parque donde jugaba de pequeña. Pero el paisaje estaba distorsionado, como visto a través de un cristal ondulado. Los edificios tenían puertas que no llevaban a ninguna parte. El cielo cambiaba de color cada pocos segundos. Y en el centro de la plaza había una puerta roja enorme, cerrada con siete cerrojos, que latía como un corazón.
Desde aquella noche, cada vez que alguien se dormía cerca de ella, Iris podía entrar en su paisaje onírico. No controlaba cuándo ocurría, pero con el tiempo aprendió a orientarse, a leer las formas y los colores como un cartógrafo lee las curvas de nivel en un mapa topográfico. Los sueños felices eran paisajes abiertos, luminosos, con cielos amplios y caminos rectos. Los sueños de ansiedad eran laberintos de pasillos estrechos y puertas que se cerraban. Los sueños de nostalgia tenían siempre agua: ríos, lagos, océanos de una tristeza dulce que olía a jazmín.
Nadie sabía lo de Iris. No porque lo mantuviera en secreto deliberadamente, sino porque no sabía cómo explicarlo sin parecer una persona que necesita ayuda psicológica urgente. Lo había intentado una vez, a los trece años, con su mejor amiga Clara, y Clara la había mirado con esa expresión que dice sin palabras que se te ha ido la cabeza definitivamente.
Así que Iris guardaba sus mapas para sí misma. Los dibujaba en un cuaderno de tapas negras que escondía bajo el colchón: cartografías de los sueños de su madre, de su padre, de su hermano pequeño Nico, de la profesora de literatura que soñaba con una biblioteca infinita, del vecino del tercero que soñaba con su perro muerto corriendo por una playa interminable. Cada mapa era un retrato del inconsciente, más honesto y más desnudo que cualquier fotografía.
Pero en las últimas semanas, algo había cambiado. Los mapas se habían vuelto más oscuros. No en todos los sueños, pero sí en muchos: donde antes había cielos abiertos ahora había nubes negras, donde antes había caminos ahora había grietas en el suelo, y en los rincones de cada paisaje onírico, siempre en la periferia, siempre al borde de la visión, Iris veía algo que le helaba la sangre. Una niebla. Densa, oscura, con un movimiento propio que no obedecía al viento ni a ninguna ley física. Una niebla que avanzaba lentamente, como una mancha de tinta extendiéndose sobre un papel mojado, devorando los paisajes felices y dejando a su paso un vacío gris y silencioso.
Iris no sabía qué era aquella niebla, pero sabía que no pertenecía a los sueños individuales de las personas. Era algo externo, algo que se infiltraba desde fuera, como un parásito que se alimenta de los sueños ajenos. Y cada noche, la niebla estaba más cerca del centro de los mapas.
La noche en que todo empezó de verdad fue un martes de octubre. Iris se despertó a las tres de la madrugada con el corazón desbocado y las sábanas empapadas de sudor. Había estado en el sueño de su vecina, doña Amparo, una señora mayor que soñaba habitualmente con su marido bailando un vals en un salón lleno de flores. Pero esa noche, el salón estaba vacío. Las flores estaban marchitas. Y la niebla había llegado al centro del sueño. Doña Amparo estaba acurrucada en un rincón, temblando, con los ojos cerrados y las manos sobre los oídos, murmurando una palabra que Iris tardó un momento en descifrar: no.
Iris se asomó a la ventana de su habitación. La calle estaba en silencio, bañada por la luz anaranjada de las farolas. Pero en la esquina, donde la calle se encontraba con la plaza, algo se movía. Una niebla densa y oscura que se arrastraba por el suelo como un animal hambriento. No era la niebla de un sueño. Era real. Las pesadillas estaban saliendo de los mapas.
