Nadie recordaba cuándo había llegado el circo. Esa era la primera anomalía, aunque ninguno de los habitantes de Villaumbra pareció notarla. Un día simplemente estaba allí, instalado en el descampado detrás del cementerio viejo, con sus carpas de lona negra ribeteada en plata que ondeaban con una brisa que nadie más sentía. No había carteles anunciando su llegada, ni camiones de mudanza aparcados en las cunetas, ni el habitual bullicio de montaje que acompaña a cualquier espectáculo itinerante. El Circo de las Sombras había aparecido como aparecen las pesadillas: sin aviso, sin lógica, ya presente cuando abres los ojos.
Marina fue la primera en darse cuenta de que algo no encajaba. Tenía dieciséis años, el pelo negro cortado a la altura de la mandíbula y una costumbre que sus amigos consideraban entre irritante y admirable: lo cuestionaba todo. Aquella tarde de julio, mientras volvía del entrenamiento de natación con la mochila al hombro y el pelo aún húmedo, vio las carpas por primera vez y se detuvo en seco. No fue la visión del circo lo que la inquietó —los circos llegan a los pueblos pequeños con cierta regularidad—, sino la reacción de la gente a su alrededor. Los vecinos pasaban junto a las carpas con una expresión beatífica, como sonámbulos con los ojos abiertos, y todos decían lo mismo: «¿No es maravilloso? Llevaba esperándolo toda la vida». Pero cuando Marina les preguntaba cuándo habían visto los carteles del circo o quién les había hablado de él, se quedaban en blanco, con la sonrisa congelada, y repetían: «Siempre ha estado ahí».
Llamó a sus tres mejores amigos desde el banco que había frente a la farmacia. Hugo llegó primero, pedaleando furiosamente en su bicicleta oxidada, con su eterna camiseta de una banda que nadie más conocía y las gafas torcidas sobre la nariz pecosa. Después apareció Nerea, caminando desde la biblioteca con tres libros bajo el brazo y la expresión concentrada de quien está resolviendo un problema matemático incluso mientras cruza la calle. Por último llegó Dani, el más alto y el más callado de los cuatro, que se limitó a sentarse junto a Marina y mirar hacia las carpas negras con sus ojos oscuros y pensativos.
«Nadie sabe cuándo llegó», dijo Marina sin preámbulos. «He preguntado a doce personas. Doce. Y todas me han dado la misma respuesta vacía. Es como si alguien hubiera instalado el circo directamente en sus recuerdos, saltándose la realidad». Hugo se ajustó las gafas y entrecerró los ojos mirando al descampado. «Yo pasé por ahí ayer a las siete de la tarde. No había nada. Ni una estaca en el suelo. Y ahora hay un circo completo con tres carpas, un carrusel y lo que parece ser una noria enana. Eso no se monta en una noche». Nerea abrió uno de sus libros y lo cerró de inmediato, frustrada por no encontrar respuestas entre sus páginas. «Lo más raro no es eso», dijo. «Lo más raro es que mi madre ya tiene entradas para esta noche. Y jura que las compró la semana pasada».
Dani habló por primera vez, con esa voz grave y pausada que siempre hacía que los demás prestaran atención. «Hay algo más. He estado observando a los artistas del circo. Desde que he llegado, he visto a tres de ellos salir de la carpa principal. Un malabarista, una contorsionista y un tipo con sombrero de copa que parece el director». Hizo una pausa, y Marina vio que tenía los nudillos blancos de tanto apretar los puños. «Ninguno de los tres tiene sombra. El sol está cayendo en ángulo y las sombras de los postes, de las carpas, de las banderas, todas están ahí. Pero esas tres personas caminan bajo el sol como si la luz pasara a través de ellos».
El silencio que siguió fue denso como la niebla. Los cuatro miraron hacia el circo, y por un instante, Marina habría jurado que la carpa principal se movía, no con el viento, sino como algo que respira. Un escalofrío le recorrió la espalda a pesar del calor de julio. «Vamos a ir esta noche», dijo, y no era una sugerencia sino una declaración. «Pero no como espectadores. Vamos a averiguar qué es ese circo y por qué nadie más parece ver lo que nosotros vemos». Hugo tragó saliva. Nerea se puso pálida. Dani asintió. Y el circo, allá en el descampado, pareció ondular con algo que no era viento ni brisa. Parecía anticipación.
