Mateo no era el tipo de niño que levantaba la mano en clase. Tampoco era el que elegían primero para los equipos de fútbol, ni el que contaba chistes en el recreo, ni el que se atrevía a subir al escenario en las funciones del colegio. Mateo era el niño que se sentaba al fondo, cerca de la ventana, y dibujaba platos de comida en los márgenes de sus cuadernos mientras el mundo seguía su curso ruidoso a su alrededor. Era tímido de una manera tan profunda que a veces sentía que las palabras se le atascaban en la garganta como caramelos demasiado grandes, y la sola idea de hablar delante de más de dos personas le producía un nudo en el estómago del tamaño de una pelota de tenis.
Pero Mateo tenía un superpoder secreto, uno que solo conocían su familia y su mejor amiga Lucía: sabía cocinar. Y no cocinar de manera normal, como calentar un vaso de leche o hacer un sándwich de jamón. Mateo sabía hacer croquetas de boletus con bechamel cremosa, gazpacho con virutas de almendra tostada, bizcocho de limón con cobertura de merengue italiano y otras maravillas que habrían dejado boquiabierto a cualquier chef adulto. Todo esto se lo había enseñado su abuelo Ramón, un hombre grande, con manos como palas de pan y una risa que hacía vibrar los cristales de la cocina.
El abuelo Ramón había sido cocinero durante cuarenta años en el restaurante La Cuchara de Oro, un lugar pequeño y acogedor en el centro del pueblo donde la gente hacía cola los domingos para probar su famoso arroz al horno. Cuando se jubiló, dedicó todo su tiempo a enseñarle a Mateo. Cada sábado por la mañana, el niño iba a casa de sus abuelos y se ponía el delantal que el abuelo le había bordado con su nombre en letras rojas. Juntos cocinaban durante horas, mientras el abuelo contaba historias sobre los ingredientes como si fueran personajes de una novela. «La cebolla es tímida, como tú», le decía guiñando un ojo, «pero cuando le das calor y tiempo, se vuelve dulce y se abre como una flor. Solo necesita paciencia».
Hacía tres meses que el abuelo Ramón había fallecido, y Mateo sentía su ausencia como un agujero en el centro del pecho que ninguna comida podía llenar. La cocina de los abuelos estaba fría y silenciosa, los fogones apagados, las ollas colgadas de sus ganchos como instrumentos de una orquesta que ya no toca. La abuela Carmela apenas cocinaba; decía que sin Ramón, la comida le sabía a nada. Mateo tampoco había vuelto a cocinar desde el funeral. Cada vez que intentaba encender un fogón, el recuerdo de las manos grandes de su abuelo guiando las suyas le producía unas ganas de llorar que le cerraban la garganta.
Fue un jueves de octubre cuando la abuela Carmela lo llamó por teléfono. «Mateo, cariño, ven a casa. He encontrado algo que tu abuelo quería que tuvieras». Cuando llegó, la abuela le entregó un cuaderno viejo, de tapas de cuero marrón gastado y páginas amarillentas que olían a vainilla y a tomillo. En la primera página, con la letra grande y desigual del abuelo, decía: «Recetas para valientes. Para mi nieto Mateo, que tiene más valor del que cree. Cada receta de este cuaderno tiene un ingrediente secreto que no encontrarás en ninguna tienda. Encuéntralo, y descubrirás que cocinar y vivir son la misma cosa».
Mateo pasó las páginas con manos temblorosas. Había recetas escritas a mano con anotaciones en los márgenes, dibujos de ingredientes, manchas de aceite y de chocolate que formaban parte de la historia del cuaderno tanto como las palabras. Cada receta tenía un título especial: «Sopa del primer paso», «Tortilla de la verdad», «Bizcocho de la amistad», «Mermelada del perdón». Y junto a cada título, una nota del abuelo que decía: «Ingrediente secreto: descúbrelo tú». Mateo abrazó el cuaderno contra su pecho, y por primera vez en tres meses, las lágrimas que brotaron de sus ojos no eran solo de tristeza. Eran también de algo parecido a la esperanza.
