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El último guardián Capítulo 1: El templo que tiembla
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Los guardianes del Templo de los Orígenes siempre habían sido muchos. En los tiempos antiguos, cuando los dioses caminaban entre los mortales y las montañas aún no habían terminado de crecer, cien guardianes velaban los sellos que mantenían dormido a Azharak, el dios primordial, cuyo sueño era lo único que separaba al mundo de la aniquilación. Con el paso de los siglos, el número fue menguando. Los guardianes envejecían, sus hijos elegían otros caminos, las guerras se llevaban a los más jóvenes y el olvido reclamaba al resto. De cien pasaron a cincuenta. De cincuenta a veinte. De veinte a cinco. Y ahora, en este amanecer gris de un otoño sin nombre, solo quedaba uno.

Kael tenía catorce años, las manos encallecidas de limpiar piedra antigua y los ojos del color del ámbar quemado que caracterizaba a su linaje. Era el hijo del penúltimo guardián, Varek, que había muerto hacía menos de un año de una fiebre que ninguna hierba pudo curar. Antes de Varek, la abuela Serath. Antes de Serath, el bisabuelo Dorim. Una cadena ininterrumpida de guardianes que se remontaba a los orígenes del mundo, y que ahora se sostenía por un solo eslabón: un adolescente que algunas noches todavía lloraba a su padre en la oscuridad de su celda de piedra.

El Templo de los Orígenes no se parecía a ningún otro templo del mundo. No tenía cúpulas doradas ni vitrales de colores ni bancos para rezar. Era una estructura excavada directamente en la montaña más alta de la cordillera de Drakthar, tan antigua que la propia roca había crecido alrededor de ella como un organismo vivo abrazando un hueso. Desde fuera, solo se veía una entrada estrecha flanqueada por dos columnas talladas con rostros que no eran del todo humanos ni del todo divinos, expresiones congeladas a medio camino entre la compasión y la advertencia. Dentro, el templo se extendía en una espiral descendente que llegaba hasta el corazón mismo de la montaña, donde se encontraba la Cámara del Sueño.

Era en la Cámara del Sueño donde dormía Azharak. Kael nunca lo había visto directamente —los guardianes tenían prohibido entrar en la Cámara—, pero lo sentía. Todos los guardianes lo sentían. Era una presencia inmensa, como el peso del océano sobre un buceador, una conciencia dormida tan vasta que el mero hecho de estar cerca de ella producía un zumbido en los huesos y un hormigueo detrás de los ojos. Los textos antiguos del templo describían a Azharak como el dios que había existido antes que todos los demás, el que había soñado el mundo en existencia y que, si despertaba, lo soñaría de vuelta a la nada. No por maldad, decían los textos, sino simplemente por ser lo que era: un poder demasiado grande para coexistir con la fragilidad de la creación.

Aquel amanecer, mientras Kael realizaba el ritual diario de mantenimiento —encender las siete antorchas del pasillo espiral, verter agua de manantial sobre los sellos grabados en el suelo, recitar las Palabras de la Vigilia que su padre le había enseñado—, sintió algo que nunca había sentido antes. Un temblor. No venía de fuera, como un terremoto normal, sino de dentro: de la Cámara del Sueño, de las profundidades donde Azharak dormía. El temblor fue breve, apenas un estremecimiento que hizo parpadear las llamas de las antorchas, pero a Kael se le heló la sangre. Porque los textos eran claros: cuando el templo tiembla desde dentro, los sellos se debilitan. Y cuando los sellos se debilitan, el dios despierta.

Kael corrió al Archivo del guardián, una cámara pequeña repleta de pergaminos y tablillas de piedra que contenían todo el conocimiento acumulado por generaciones de vigilantes. Buscó frenéticamente hasta encontrar lo que temía: el Protocolo del Último Recurso, un documento que ningún guardián había tenido que usar en más de mil años. Sus manos temblaban mientras leía las instrucciones, escritas en la caligrafía firme de un guardián cuyo nombre se había perdido en el tiempo: «Cuando los sellos flaqueen y no haya guardianes suficientes para la Vigilia Compartida, el guardián restante deberá descender a la Sala de las Pruebas y superar los tres desafíos que los dioses creadores dejaron preparados. Solo quien supere las tres pruebas podrá renovar los sellos con su propia esencia vital. Advierte: las pruebas no son de fuerza, sino de carácter. Muchos entraron. Pocos regresaron». Kael cerró los ojos. El templo tembló de nuevo, más fuerte esta vez, y del fondo de la espiral descendente llegó un sonido que podría haber sido un suspiro o el primer aliento de algo que llevaba dormido desde antes de que existiera el tiempo.

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