El desierto del Sahara no es un lugar vacío, aunque la mayoría de la gente así lo crea. Amira lo sabía mejor que nadie. A sus once años, había nacido y crecido sobre la arena, durmiendo bajo tiendas de pelo de cabra, montando camellos antes de aprender a escribir su nombre, y leyendo el cielo nocturno como otros niños leen libros. Para Amira, el desierto era un mundo vivo y cambiante, lleno de señales que solo quienes lo habitaban podían descifrar: el color de la arena al amanecer que predecía el viento, la forma de las dunas que indicaba dónde buscar agua, el vuelo de los halcones que señalaba la presencia de presas escondidas bajo las piedras.
Su familia pertenecía a los Kel Tamashek, una de las tribus nómadas que recorrían las rutas del Sahara central desde hacía generaciones incontables. Su padre, Tariq, era el guía de la caravana, un hombre callado y fuerte cuya mayor habilidad era orientarse sin más instrumentos que las estrellas y el viento. Su madre, Halima, era la tejedora de la tribu: sus alfombras y tapices contaban historias a través de patrones geométricos que solo los Kel Tamashek sabían interpretar. Y su abuela, Yemma Fadma, la más anciana del grupo, era la guardiana de las historias orales, la memoria viva de un pueblo que nunca había necesitado libros porque sus palabras se transmitían de boca a boca como el fuego se transmite de antorcha en antorcha.
Aquella noche de noviembre, cuando las temperaturas del desierto habían caído hasta hacer tiritar incluso a los camellos, Amira se despertó con una sensación extraña. No era frío ni ruido ni sed, las tres causas habituales de despertar en el Sahara nocturno. Era algo visual: una luz que se filtraba a través de la tela de la tienda, una luz que no era de luna ni de estrellas ni de la hoguera del campamento. Se levantó en silencio, cuidando de no despertar a su hermano pequeño Yusuf, se envolvió en su capa de lana y salió.
Lo que vio la dejó inmóvil durante un minuto entero, con los labios entreabiertos y los ojos enormes reflejando un espectáculo que no figuraba en ninguna de las historias de Yemma Fadma. En el horizonte, justo donde las dunas más lejanas se encontraban con el cielo, brillaban unas luces. No eran constantes como las estrellas ni intermitentes como los relámpagos. Pulsaban con un ritmo lento y regular, como el latido de un corazón gigante, y cambiaban de color con cada pulso: dorado, después turquesa, después un rojo profundo como el del sol al ponerse. No eran una ni dos: eran decenas, quizás cientos, formando una línea que se extendía de norte a sur como una cadena luminosa tendida sobre la arena.
Amira había oído hablar de los espejismos del desierto, esas ilusiones ópticas causadas por el calor que hacían aparecer lagos donde solo había arena y ciudades donde solo había dunas. Pero eran las tres de la madrugada, el aire era gélido y los espejismos no se producen con frío. Además, los espejismos no cambian de color ni pulsan con ritmo cardíaco. Aquello era otra cosa. Amira sintió una atracción hacia las luces que no podía explicar, como si cada pulso luminoso pronunciara su nombre en un idioma más antiguo que las palabras.
Volvió a la tienda y buscó a tientas el saco de cuero donde guardaba sus posesiones: una cantimplora, un puñado de dátiles secos, la brújula oxidada que le había regalado su padre y un cuaderno con tapas de cartón donde dibujaba mapas de los lugares que visitaban. Dudó un instante. Sabía que adentrarse sola en el desierto de noche era peligroso, potencialmente mortal. Pero también sabía algo que no podía articular con palabras: que las luces no eran una amenaza, sino una invitación. Y que, si no las seguía, pasaría el resto de su vida preguntándose qué habría encontrado.
Antes de salir, dejó una marca en la arena frente a la tienda: tres líneas paralelas cruzadas por una flecha hacia el sur. Era el símbolo Kel Tamashek para «he salido, sigo esta dirección, volveré». Su padre lo reconocería al despertar. Amira ajustó la correa de su saco, se orientó hacia las luces y comenzó a caminar. El desierto la recibió con su silencio inmenso, un silencio que no era vacío sino lleno de los sonidos sutiles que solo los oídos entrenados pueden oír: el susurro de la arena desplazándose por el viento, el crujido lejano de una duna que cambiaba de forma, el canto casi inaudible del desierto mismo, respirando en la oscuridad como un ser vivo.
