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El club de los inventores Capítulo 1: El garaje de las ideas
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Todo empezó el día que a Sofía se le rompió la cremallera del abrigo. Puede parecer un comienzo poco emocionante para una aventura, pero es que Sofía no era una niña corriente. Tenía siete años, unas gafas redondas que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz y una forma de mirar las cosas rotas que habría dejado boquiabierto a cualquier ingeniero: en vez de tirarlas a la basura, las veía como oportunidades. Así que cuando la cremallera de su abrigo se atascó a la mitad, en vez de llorar o pedirle a su madre que se lo arreglara, dijo: «Necesito inventar una cremallera mejor».

Su abuela Rosa, que vivía en la casa de al lado y tenía un garaje lleno de cachivaches que llevaba acumulando desde antes de que Sofía naciera, le ofreció el espacio. «Puedes usar el garaje para lo que quieras, bichito», le dijo con esa sonrisa arrugada que olía a galletas recién hechas. «Pero si haces explotar algo, avísame antes para que saque al gato». El garaje de la abuela Rosa era un tesoro: había cajas de herramientas oxidadas, motores de electrodomésticos que ya no funcionaban, carretes de alambre, tablones de madera, ruedas de bicicleta sin bicicleta, una colección de botones de todos los tamaños y colores, y un paraguas roto que llevaba allí desde 1987.

Sofía llamó a sus tres mejores amigos para contarles el plan. Marcos llegó primero, corriendo desde su casa con un destornillador en el bolsillo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Marcos tenía ocho años, era el mayor del grupo y se definía a sí mismo como «experto en desmontar cosas». Lo de volver a montarlas era otra historia: su habitación estaba llena de aparatos a medio desmontar que habían dejado de funcionar, pero eso a Marcos no le preocupaba. «Desmontar es investigar», decía siempre. «Montar es solo poner las piezas en su sitio».

Después llegó Lina, la vecina de enfrente, que tenía seis años y medio y era la más pequeña del grupo pero también la más imaginativa. Lina veía posibilidades donde otros veían basura: un rollo de cartón del papel higiénico era un telescopio, una caja de zapatos era una casa para ratones astronautas, y una goma elástica era un sistema de propulsión. Tenía el pelo rizado y rebelde recogido en dos coletas que se movían como antenas cuando caminaba, y siempre llevaba un rotulador morado en el bolsillo «para apuntar ideas urgentes».

El último en llegar fue Beto, que vivía tres casas más allá y era conocido en el barrio por dos cosas: su colección de enciclopedias infantiles, que leía con la pasión con que otros niños leían cómics, y su tendencia a explicar datos científicos en los momentos más inoportunos. Beto tenía siete años, usaba siempre una bata blanca de juguete que su madre le había comprado en una tienda de disfraces, y se presentaba como «científico en prácticas». Su frase favorita era «técnicamente hablando», que utilizaba al menos quince veces al día.

Reunidos en el garaje de la abuela Rosa, con un tablón sobre dos cajas de herramientas como mesa de trabajo y un cartel hecho con rotuladores que decía «CLUB DE LOS INVENTORES – Solo se aceptan ideas locas», los cuatro amigos celebraron su primera reunión oficial. Sofía, que era la presidenta porque había sido su idea y porque era la que tenía acceso al garaje, expuso el plan: «Vamos a inventar cosas que ayuden al barrio. Máquinas, artilugios, lo que sea. Cada semana, un invento nuevo. ¿Quién se apunta?». Marcos levantó el destornillador. Lina levantó el rotulador morado. Beto levantó un dedo índice y dijo: «Técnicamente hablando, los grandes inventores de la historia fracasaron cientos de veces antes de conseguir algo útil. Así que estamos en buena compañía». Y así, sin más ceremonia que un grito de «¡Inventores, al ataque!» y un choque de manos que casi tira el cartel, el Club de los Inventores comenzó su andadura.

Su primer invento fue, por supuesto, la Super Cremallera. Sofía diseñó un mecanismo con dos engranajes de reloj viejo y un motor de coche teledirigido que debía subir y bajar la cremallera automáticamente al apretar un botón. Marcos desmontó tres cremalleras para estudiar cómo funcionaban. Lina decoró el prototipo con pegatinas de estrellas «para que sea más bonito y funcione mejor» y Beto consultó tres enciclopedias para entender la mecánica de los engranajes. El resultado fue un aparato del tamaño de un plátano que hacía un ruido impresionante pero que, en lugar de subir la cremallera, la arrancó del abrigo por completo y la lanzó volando como un proyectil que aterrizó en el plato de leche del gato de la abuela Rosa. El gato salió corriendo, la abuela se asomó al garaje y preguntó: «¿Ya habéis hecho explotar algo?». Los cuatro inventores se miraron entre sí y estallaron en carcajadas. El primer invento había sido un fracaso espectacular. Pero en palabras de Beto: «Técnicamente hablando, hemos descubierto una nueva forma de quitarse el abrigo. Eso es progreso».

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