El viento antártico golpeaba las ventanillas del avión militar con una furia que parecía personal. Valentina Reyes, de catorce años, apretó los dedos contra el cristal helado mientras contemplaba la inmensidad blanca que se extendía bajo ellos como un océano sólido. Nunca había visto tanta nada en su vida, y sin embargo, aquella nada le parecía más llena de posibilidades que cualquier ciudad que hubiera visitado. A su lado, su compañero de expedición, Mateo Solís, dormía con la boca abierta y un libro de glaciología sobre el regazo, completamente ajeno a la turbulencia que sacudía la aeronave.
La expedición juvenil Proyecto Austral había sido idea de la doctora Carmen Hidalgo, una glacióloga de renombre internacional que creía firmemente en que los jóvenes debían participar activamente en la investigación científica. Había seleccionado a cinco estudiantes de entre miles de candidatos de toda Hispanoamérica: Valentina, la geóloga en ciernes de Buenos Aires; Mateo, el prodigio tecnológico de Ciudad de México; Lena Quispe, la bióloga boliviana especializada en extremófilos; Santiago Bravo, el cartógrafo chileno con oído absoluto; y Amara Diop, la física uruguaya de ascendencia senegalesa que soñaba con descubrir nuevas formas de energía. Juntos formaban un equipo improbable pero brillante.
La base científica Esperanza los recibió con un frío que les robó el aliento en cuanto pisaron la escalerilla del avión. Valentina sintió cómo el aire se le congelaba dentro de la nariz y los pulmones le ardían con cada respiración. La temperatura exterior marcaba menos treinta y dos grados, pero con el factor viento la sensación térmica descendía hasta los menos cuarenta y cinco. Los técnicos de la base los guiaron rápidamente hacia el interior del complejo, un laberinto de módulos prefabricados conectados por pasillos estrechos que olían a metal y café recalentado.
La doctora Hidalgo los reunió en la sala de briefing aquella misma noche. Su rostro, curtido por años de expediciones polares, mostraba una mezcla de entusiasmo y gravedad que Valentina no supo interpretar. Sobre la mesa desplegó un mapa topográfico de la región y señaló un punto marcado con un círculo rojo a unos ochenta kilómetros al sur de la base. Explicó que las últimas mediciones de radar de penetración terrestre habían detectado una anomalía bajo el hielo, a una profundidad de casi tres kilómetros. No era una formación geológica conocida. No era un lago subglacial. Era algo que ningún modelo podía explicar.
Santiago fue el primero en hacer la pregunta que todos pensaban. Con su acento chileno pausado y su costumbre de inclinar la cabeza cuando reflexionaba, preguntó si aquella anomalía podría ser una estructura artificial. La doctora Hidalgo no respondió directamente. En lugar de eso, conectó su ordenador portátil al proyector y reprodujo un archivo de audio. La sala se llenó de un sonido que a Valentina le erizó cada vello del cuerpo: una secuencia de tonos graves y agudos que se alternaban con una regularidad matemática imposible de atribuir a fenómenos naturales. El sonido había sido captado por los sensores sísmicos de la estación, procedente de las profundidades del hielo.
Aquella noche, mientras el sol antártico de verano se negaba a ponerse y bañaba el horizonte en una luz dorada perpetua, Valentina no pudo dormir. Se quedó sentada en su litera, con los auriculares puestos, escuchando una y otra vez la grabación que la doctora les había compartido. Había algo en aquellos tonos que le resultaba familiar, como una melodía olvidada de la infancia. Sacó su cuaderno de campo y comenzó a dibujar las ondas sonoras tal como las imaginaba, curvas elegantes que se entrelazaban como las hebras de una conversación. En algún momento de la madrugada perpetua, escribió una sola palabra en el margen de la página: voces. Aquello no era ruido geológico ni interferencia mecánica. Alguien, o algo, estaba hablando desde debajo del hielo.
