Mireya caminaba por la calle Olvido sin prestar atención a los números de los portales ni a las grietas del asfalto que se abrían como heridas viejas bajo sus pies. Llevaba un año caminando así, sin destino, dejando que sus pasos la guiaran por callejones que nunca había explorado y avenidas que ya no reconocía, como si la ciudad se hubiera vuelto extraña desde que su madre había dejado de habitarla. Tenía dieciséis años y la sensación de que el mundo había envejecido un siglo entero en los últimos doce meses. Su padre intentaba llenar el silencio de la casa con la radio encendida a todas horas, pero la música no ocupaba el espacio que había dejado la voz de mamá.
La tienda apareció donde antes no había nada. Mireya estaba segura de haber pasado por aquella esquina docenas de veces sin ver más que una pared de ladrillo cubierta de musgo y carteles descoloridos. Pero aquella tarde de jueves, entre la tintorería cerrada y el portal sin número, había una puerta de madera oscura con un letrero escrito en letras doradas que decían: «Recuerdos Embotellados — M. Sombra, propietario». El escaparate estaba lleno de frascos de cristal de todos los tamaños y colores, y dentro de cada uno parecía brillar una luz tenue, como si contuvieran luciérnagas atrapadas en ámbar líquido.
Empujó la puerta casi sin pensarlo. El interior olía a papel viejo, a canela y a algo indefinible que le recordó a la colonia que su madre usaba los domingos. Las estanterías se elevaban hasta un techo que parecía más alto de lo que el edificio permitía desde fuera, repletas de frascos etiquetados con caligrafía menuda. Mireya leyó algunas etiquetas al pasar: «Primer beso bajo la lluvia, 1987», «Tarde de pesca con abuelo, verano del 72», «Olor del pan recién hecho en casa de la abuela Carmen». Cada frasco contenía un líquido de color diferente que se movía perezosamente cuando ella inclinaba la cabeza para leer mejor.
El señor Sombra apareció detrás del mostrador como si hubiera estado allí siempre, esperándola. Era un hombre imposible de clasificar por edad: podía tener cincuenta años o quinientos. Tenía el pelo blanco peinado hacia atrás, los ojos del color del ámbar y las manos más delicadas que Mireya había visto jamás, con dedos largos y finos que se movían como si estuvieran acostumbrados a manipular cosas frágiles. La miró sin sorpresa, como si recibiera visitas de adolescentes perdidas todos los días, y le preguntó con una voz suave como terciopelo qué recuerdo estaba buscando.
Mireya no supo qué responder al principio. No había entrado buscando nada concreto, o quizás lo había estado buscando todo desde hacía un año sin saberlo. Dijo, casi en un susurro, que quería un recuerdo de su madre. El señor Sombra no le pidió explicaciones ni condolencias. Simplemente asintió, rodeó el mostrador con pasos silenciosos y se perdió entre las estanterías del fondo. Regresó unos minutos después con un frasco pequeño de cristal azul, del tamaño de un dedal, que contenía un líquido plateado que parecía moverse con voluntad propia. Le explicó que aquel frasco contenía un recuerdo de su madre, no de ella, sino de su madre. Un momento que su madre había vivido y sentido. Para activarlo, solo tenía que abrir el frasco e inhalar.
El precio fue extraño. No le pidió dinero, sino un recuerdo propio a cambio. Mireya debía elegir un recuerdo suyo, uno que estuviera dispuesta a no volver a recordar jamás, y entregarlo en un frasco vacío que el señor Sombra le proporcionó. Ella dudó durante un largo momento, de pie ante el mostrador con el frasco azul en una mano y el vacío en la otra, mientras las luciérnagas embotelladas parpadeaban a su alrededor como estrellas diminutas. Finalmente eligió un recuerdo que le parecía prescindible: el día que se perdió en el supermercado a los cuatro años y lloró hasta que un guardia de seguridad la devolvió a los brazos de su padre. Lo pensó con fuerza, sintió cómo algo se desprendía de su mente como una hoja de un árbol, y cuando abrió los ojos el frasco vacío ya no lo estaba. Contenía un líquido verdoso que se arremolinaba despacio. El intercambio estaba hecho.
