Lucas Medina tenía nueve años, el pelo revuelto como un nido de pájaros y una colección de cromos de fútbol que ocupaba tres cajones de su escritorio. Cada noche, antes de dormir, elegía un cromo diferente y lo estudiaba con la atención de un científico examinando una muestra bajo el microscopio. Memorizaba las estadísticas, las posiciones, los goles, las jugadas legendarias. Sabía más de fútbol que cualquier niño de su clase, más incluso que don Roberto, el profesor de educación física que siempre confundía el fuera de juego con el córner.
El problema, según el resto del mundo, era que Lucas usaba silla de ruedas. Había nacido con una condición que afectaba a sus piernas, y desde que tenía memoria sus ruedas eran sus piernas. No le molestaba la silla en sí misma. Le molestaba la forma en que los demás miraban la silla antes de mirarlo a él, como si el metal y las ruedas fueran más interesantes que la persona sentada encima. Le molestaba que los otros niños bajaran la voz cuando pasaba cerca, como si usar silla de ruedas significara también tener los oídos delicados.
En el recreo, Lucas se situaba junto a la valla del patio y veía jugar a sus compañeros. Conocía el estilo de cada uno: Tomás, que era rápido pero disparaba siempre desviado; Camila, la única chica que jugaba y que tenía el mejor regate de todo el colegio; Nico, el portero, que era enorme para su edad y paraba balones con la barriga más que con las manos. Lucas les daba consejos desde la banda, como un entrenador en miniatura, y a veces los otros niños le hacían caso y a veces no. Pero nunca le invitaban a jugar. No por maldad, sino porque genuinamente no sabían cómo incluirlo, y la incomodidad los hacía mirar hacia otro lado.
Su madre, Carmen, era la persona que mejor lo entendía. Ella también había sido deportista de joven, corredora de media distancia, y sabía lo que significaba tener el cuerpo lleno de energía y no encontrar dónde ponerla. Cada tarde, después del colegio, sacaba a Lucas al parque y lo dejaba recorrer los caminos a toda velocidad en su silla, zigzagueando entre los árboles y los bancos como un piloto de carreras en un circuito improvisado. Lucas reía a carcajadas durante esos recorridos, con el viento en la cara y la sensación de que las ruedas eran alas.
Pero un día, algo cambió. Estaban en el parque, como siempre, cuando Lucas vio algo al otro lado de la pista de atletismo. Un grupo de niños en sillas de ruedas motorizadas jugaban en una pista vallada con una pelota grande y de colores. Se movían rápido, chocaban entre ellos con estruendo, celebraban los goles con gritos que se oían desde el otro extremo del parque. Lucas se quedó completamente inmóvil, con las manos apretadas en los reposabrazos de su silla, mirando aquella escena como quien ve una puerta abrirse en una pared que siempre había creído sólida.
Se acercaron despacio, él y su madre, hasta la valla de la pista. Uno de los niños, una chica de pelo corto y sonrisa enorme, se dio cuenta de que los miraban y se acercó rodando en su silla motorizada. Se llamaba Paula, tenía diez años y llevaba jugando al fútbol en silla motorizada dos años. Le explicó a Lucas, con un entusiasmo contagioso, que el deporte se llamaba Powerchair Football y que se jugaba en todo el mundo. Equipos de cuatro contra cuatro, sillas eléctricas con un protector delantero para golpear el balón, reglas similares al fútbol pero adaptadas. Lucas sintió que algo se encendía en su pecho, una chispa que llevaba nueve años esperando combustible. Cuando Paula le preguntó si quería probar, no dijo que sí con palabras. Dijo que sí con todo el cuerpo.
