Marina Vega se despertaba cada mañana con el olor del río. Antes, cuando era pequeña, aquel olor era fresco y limpio, como el de la tierra mojada después de la lluvia. Ahora que tenía once años, el olor había cambiado. Era agrio, químico, como el de la lejía mezclada con algo podrido. El río Sereno, que cruzaba su pueblo desde las montañas hasta el valle, llevaba tres años enfermo. La fábrica de papel que habían construido río arriba vertía sus desechos directamente al agua, y lo que antes era una corriente cristalina donde los niños se bañaban en verano era ahora una lengua gris y espumosa que nadie quería tocar.
Marina vivía en una casa pequeña de paredes blancas a orillas del río, con su madre, que era enfermera, y su abuelo Ramón, que había sido pescador toda su vida y que ahora pasaba las tardes sentado en el porche mirando el agua sucia con una tristeza que no necesitaba palabras para expresarse. El abuelo Ramón era quien le había enseñado a Marina a tocar la flauta travesera. Decía que la flauta era el instrumento del río porque su sonido fluía como el agua, sin interrupciones, curva tras curva, nota tras nota. Le había regalado su propia flauta, una de plata vieja con abolladuras que contaban historias, cuando Marina cumplió siete años.
Aquella tarde de septiembre, Marina bajó al río con su flauta como hacía a menudo, no para bañarse ni para pescar, sino para practicar. Le gustaba tocar junto al agua porque el sonido rebotaba en la superficie y creaba un eco suave que hacía que la música pareciera más grande de lo que era. Se sentó en su piedra habitual, una roca plana que sobresalía de la orilla como un escenario natural, y comenzó a tocar una melodía que su abuelo le había enseñado. Era una canción antigua, sin nombre, que según Ramón se había tocado en aquel río durante generaciones, una melodía que los pescadores silbaban para llamar a los peces.
Lo que ocurrió mientras tocaba la confundió tanto que dejó de tocar y se quedó mirando con la flauta a medio camino entre los labios y las rodillas. Las plantas de la orilla, aquellos juncos marchitos y amarillentos que llevaban meses agonizando, se movieron. No con el viento, porque no había viento. Se movieron hacia ella, hacia el sonido, como girasoles que siguen la luz del sol. Y su color cambió. Pasaron del amarillo enfermizo a un verde tímido, apenas perceptible, pero verde. Verde de vida. Verde de esperanza.
Marina miró a su alrededor para asegurarse de que no estaba soñando. El río seguía gris, el olor seguía siendo desagradable, y un par de bolsas de plástico flotaban corriente abajo como medusas tristes. Pero los juncos que rodeaban su piedra estaban más verdes que cinco minutos antes. Volvió a tocar la melodía, esta vez con más intención, concentrándose en cada nota como si estuviera vertiendo algo de sí misma en el sonido. Y esta vez lo vio claramente: donde el sonido de la flauta tocaba el agua, la superficie se aclaraba. Solo un poco, solo un instante, como si la música limpiara una mancha de suciedad invisible. Un pez diminuto, plateado como una moneda, asomó la cabeza entre los juncos revividos, movió la cola y desapareció.
Marina corrió a casa tan rápido que casi se tropezó tres veces. Encontró a su abuelo en el porche, en su silla de siempre, y le contó lo que había visto atropellándose con las palabras. El abuelo Ramón la escuchó en silencio, con esa paciencia infinita de los viejos que han aprendido a no interrumpir las cosas importantes. Cuando Marina terminó, él asintió despacio y le dijo algo que ella no esperaba: «Tu bisabuela contaba la misma historia. Decía que el río tiene alma, y que el alma del río habla el idioma de la música. Cuando el río está sano, canta solo. Cuando está enfermo, necesita que alguien cante por él.» Marina apretó la flauta contra su pecho y miró hacia el río, que brillaba bajo la última luz de la tarde con un reflejo que, por primera vez en mucho tiempo, no le pareció del todo triste.
