El viento del sur soplaba con una furia que parecía querer arrancar las piedras de la costa. Tomás Iribarne, de apenas trece años, subió los ciento veintidós escalones de la torre del faro como hacía cada atardecer desde que su abuelo Esteban había caído enfermo. Cada peldaño crujía bajo sus botas gastadas, y el eco de sus pasos se mezclaba con el aullido del viento que se colaba por las grietas de la vieja construcción de piedra. Al llegar a la cima, contempló el horizonte: una línea gris donde el cielo y el mar se confundían en una masa tormentosa. El faro del cabo Desolación era el último bastión de luz antes de que la nada se tragara el mundo, y mantenerlo encendido era ahora su responsabilidad.
Hacía apenas tres semanas que el abuelo Esteban había muerto, llevándose consigo sesenta años de historias sobre naufragios, tormentas y barcos fantasma. Tomás recordaba sus últimas palabras con una claridad dolorosa: «El faro es más que una luz, muchacho. Es una promesa. Mientras arda, ningún marinero estará solo en la oscuridad.» Esas palabras se habían convertido en el credo de Tomás, en la razón por la que cada noche, sin falta, subía a encender la gran lámpara de aceite que giraba sobre su mecanismo de relojería, lanzando su resplandor rotatorio sobre las aguas negras del estrecho.
La casa del farero se encontraba al pie de la torre, una construcción baja de paredes gruesas que resistía los embates del clima patagónico. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea de piedra, y el perro de Tomás, un ovejero llamado Capitán, dormitaba sobre una manta raída junto al hogar. La casa olía a leña de calafate, a sopa de pescado y a la soledad particular de los lugares donde el viento nunca cesa. Tomás vivía solo desde la muerte de su abuelo; su madre había fallecido cuando él era pequeño, y su padre, un marinero mercante, había desaparecido en alta mar años atrás. El gobierno enviaba provisiones cada dos meses en un barco de suministros, pero entre visita y visita, Tomás era el único ser humano en kilómetros a la redonda.
Aquella tarde, mientras preparaba la mecha de la lámpara, Tomás notó algo extraño en el mar. Una forma oscura flotaba entre las olas, demasiado grande para ser un tronco y demasiado pequeña para ser una embarcación. Agarró el catalejo de bronce que había pertenecido a su abuelo y enfocó la lente hacia el objeto. El corazón le dio un vuelco: era un hombre, aferrado a un tablón de madera, mecido por las olas como un muñeco de trapo. Sin pensarlo dos veces, Tomás bajó la escalera a toda velocidad, se echó una cuerda al hombro y corrió hacia la playa de guijarros donde rompían las olas.
El agua estaba helada, tan fría que quemaba la piel como fuego líquido. Tomás se metió hasta la cintura, luchando contra la corriente que intentaba derribarlo, y lanzó la cuerda hacia el náufrago. Al tercer intento logró enlazar el tablón, y con un esfuerzo que le arrancó un grito de dolor, arrastró al hombre hasta la orilla. Era un hombre de unos cuarenta años, con barba crecida, la ropa hecha jirones y una herida profunda en la frente que sangraba abundantemente. Estaba inconsciente pero respiraba, y Tomás, con la fuerza que dan la urgencia y la juventud, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta la casa del faro.
Durante horas, Tomás cuidó al desconocido junto al fuego. Le quitó la ropa mojada, lo envolvió en mantas de lana, limpió y vendó su herida con los rudimentarios conocimientos médicos que su abuelo le había enseñado. Capitán olisqueaba al extraño con desconfianza, gruñendo suavemente cada vez que el hombre se movía en su inconsciencia. Entrada la madrugada, cuando Tomás ya cabeceaba de cansancio sentado en su silla, el náufrago abrió los ojos. Eran ojos oscuros, profundos, con una intensidad que hizo que Tomás retrocediera instintivamente. El hombre lo miró fijamente y pronunció una sola palabra antes de volver a desmayarse: «Gracias.» Tomás se quedó largo rato observándolo, preguntándose quién era aquel hombre y qué misterios traía consigo desde el fondo del mar embravecido.
Antes de subir a la torre para la última revisión nocturna de la lámpara, Tomás notó algo que se había caído del bolsillo interior de la chaqueta del náufrago: un tubo de cuero sellado con lacre. Lo sostuvo entre sus manos, sintiendo su peso ligero, y la curiosidad ardió en su pecho con la misma intensidad que la llama del faro. Pero el abuelo Esteban le había enseñado que las cosas ajenas se respetan, así que dejó el tubo sobre la mesa y subió a cumplir con su deber, mientras el viento aullaba como una manada de lobos hambrientos alrededor de la torre.
