Lina siempre había creído que las estrellas fugaces eran mensajes del universo, pequeños guiños luminosos que el cielo enviaba a quienes se tomaban la molestia de mirar hacia arriba. Aquella noche de agosto, tumbada sobre una manta en el huerto de su abuela Rosario, esperaba la lluvia de estrellas que los meteorólogos habían anunciado como la más espectacular del siglo. El pueblo de Villaverde, encajado entre colinas verdes en el interior de Asturias, era el lugar perfecto para observar el cielo: no había luces de ciudad que compitieran con las estrellas, solo la oscuridad profunda de la noche rural y el canto intermitente de los grillos.
La abuela Rosario estaba sentada en su mecedora junto a la puerta del huerto, tejiendo a la luz de un candil como hacía cada noche de verano. Era una mujer menuda pero fuerte, con las manos curtidas por décadas de trabajo en la tierra y una sonrisa que arrugaba su cara como un papel doblado muchas veces. «Las estrellas son semillas del cielo, Lina», le había dicho aquella tarde mientras regaban juntas los tomates. «Cada una lleva dentro la posibilidad de algo maravilloso.» La abuela siempre hablaba así, con frases que sonaban a poesía y que Lina guardaba en su memoria como tesoros.
A las once y cuarto empezó el espectáculo. Primero fue una estrella fugaz solitaria, un trazo blanco que cruzó el cielo como un rayo silencioso. Luego vinieron dos más, y después cinco, y de pronto el cielo entero pareció desmoronarse en una cascada de luces. Lina se quedó sin aliento. Eran cientos, miles de estrellas fugaces cayendo simultáneamente, dejando estelas de colores que iban del blanco al azul, del verde al dorado. Era como si alguien hubiera volcado un frasco de purpurina cósmica sobre el mundo. Incluso la abuela dejó de tejer y levantó la mirada con los ojos muy abiertos.
Pero entonces ocurrió algo que no estaba en ningún pronóstico meteorológico. Algunas de las estrellas fugaces no se desvanecían al cruzar el cielo: seguían cayendo, cada vez más cerca, hasta que Lina pudo ver que no eran meteoros normales. Eran puntos de luz verde esmeralda que descendían lentamente, como copos de nieve luminosos, girando sobre sí mismos con un movimiento hipnótico. Uno de ellos cayó directamente en el huerto, a menos de tres metros de donde Lina estaba tumbada. La niña se levantó de un salto y corrió hacia el punto de impacto.
No había cráter ni marca de quemadura. En la tierra oscura del huerto, entre las hileras de lechugas y zanahorias, había algo pequeño y brillante: una esfera del tamaño de una canica, de un verde luminiscente que pulsaba suavemente, como un corazón diminuto. Lina se agachó y la tocó con la punta del dedo. Estaba tibia, no caliente, y su superficie era suave como la seda. Al presionarla ligeramente, la esfera se abrió como una flor, revelando en su interior algo asombroso: una semilla. Era una semilla como ninguna que Lina hubiera visto jamás, del tamaño de un guisante, de color plateado con vetas azules que brillaban con luz propia.
Lina miró alrededor y vio que por todo el huerto, y más allá en los prados y las colinas, habían caído decenas de aquellas esferas verdes. Se puso de rodillas y comenzó a recogerlas con la urgencia de quien sabe que está presenciando algo irrepetible. En total encontró catorce semillas, cada una dentro de su cápsula luminosa, cada una con el mismo brillo plateado y azul. Las guardó cuidadosamente en el bolsillo de su delantal de jardinería y corrió hacia la abuela, que se había levantado de la mecedora y miraba el cielo con una expresión entre maravillada y preocupada. «Abuela, ¡mira lo que ha caído del cielo!», exclamó Lina, mostrándole las semillas en la palma de su mano. La abuela las observó largamente, las tocó con sus dedos agrietados de jardinera, y dijo con una voz llena de asombro: «Pues si son semillas, habrá que plantarlas.»
A la mañana siguiente, antes de que el rocío se secara sobre la hierba, Lina y la abuela prepararon un pequeño bancal en la esquina del huerto que recibía más sol. Lina cavó catorce agujeros con su palita de mano, depositó una semilla en cada uno, los cubrió con tierra y los regó con agua de lluvia del barril que siempre tenían junto a la puerta. Mientras trabajaba, notó que las semillas habían dejado de brillar al contacto con la tierra, como si estuvieran durmiendo. Lina las cubrió con una capa de paja para protegerlas y se sentó a esperar, sin saber que aquellas catorce semillas iban a cambiar la vida de Villaverde, y quizás del mundo entero.
