Hugo odiaba los libros. No porque fuera tonto, aunque a veces la mirada condescendiente de algunos profesores le hacía sentir que lo pensaban, sino porque cada vez que abría uno, las letras empezaban a bailar. La p se convertía en q, la b en d, las palabras se retorcían y cambiaban de forma como serpientes tipográficas que se burlaban de sus esfuerzos. Tenía catorce años, sacaba buenas notas en matemáticas y ciencias, podía desarmar y montar un motor de bicicleta con los ojos cerrados, pero leer un párrafo le costaba más esfuerzo que a la mayoría de sus compañeros leer un capítulo entero. Dislexia, lo llamaban los especialistas. Hugo lo llamaba su maldición personal.
Aquella tarde de noviembre, Hugo estaba en la biblioteca de su abuelo Martín, un lugar que normalmente evitaba como la peste. La biblioteca ocupaba toda la planta baja de la vieja casa del abuelo en Toledo, con estanterías de roble que llegaban hasta el techo, escaleras corredizas para acceder a los estantes más altos y un olor a papel viejo y cuero que impregnaba hasta las paredes. El abuelo Martín había sido profesor de literatura en la universidad y poseía una colección de más de diez mil libros, incluidos algunos volúmenes tan antiguos que sus páginas parecían a punto de desintegrarse al tocarlas.
Hugo estaba allí porque su madre le había pedido que buscara un libro específico que el abuelo quería: un viejo diccionario enciclopédico del siglo XIX que supuestamente estaba en la estantería del fondo. El abuelo, que a sus ochenta y dos años ya no podía subir escaleras, lo esperaba en el piso de arriba. Hugo recorría los pasillos de libros con desgana, leyendo a duras penas los lomos, cuando algo llamó su atención en el estante más bajo de la última estantería. Era un libro pequeño, encuadernado en un cuero rojo oscuro tan gastado que parecía piel humana, sin título visible en el lomo. Lo sacó del estante y lo abrió.
Las páginas estaban escritas en una caligrafía antigua, con una tinta que cambiaba de color según el ángulo desde el que la miraras: negra de frente, dorada de lado, azul desde arriba. Hugo no podía leer el texto, por supuesto; las letras bailaban con más intensidad que nunca, girando y saltando sobre el papel como si estuvieran vivas. Pero entonces ocurrió algo que no le había pasado jamás: las letras se salieron de la página. Literalmente. Una A mayúscula, roja y con patas como las de una araña, trepó por el borde de la página y se posó en su dedo índice. Hugo gritó y soltó el libro, pero fue demasiado tarde.
El suelo de la biblioteca desapareció bajo sus pies. O quizás fue Hugo quien desapareció de la biblioteca; nunca estuvo seguro. Lo que sintió fue una caída vertiginosa, como si alguien hubiera abierto una trampilla debajo de él, y un remolino de letras, sílabas y frases completas lo envolvió como un tornado tipográfico. Las palabras le golpeaban la cara, le agarraban la ropa, le susurraban al oído en un idioma que no era exactamente español pero que, de alguna forma, entendía: «Bienvenido al Laberinto. Bienvenido, Hugo. Te estábamos esperando.»
Cuando el remolino se detuvo, Hugo se encontró de pie en un lugar imposible. Estaba en un corredor largo y estrecho cuyos muros estaban hechos enteramente de letras: millones de letras apiladas como ladrillos, algunas grandes como su cabeza, otras diminutas como hormigas, todas de colores diferentes y todas ligeramente vibrantes, como si respiraran. El suelo era una alfombra de signos de puntuación: comas, puntos, punto y coma, guiones, todos blandos y mullidos bajo sus pies como arena de playa. El techo no era un techo sino un cielo hecho de frases completas que flotaban como nubes, cambiando constantemente de forma y contenido.
Hugo se quedó paralizado durante lo que le pareció una eternidad. Luego, desde el fondo del corredor, se acercó una criatura que le hizo dar un paso atrás. Era una Ñ gigante, del tamaño de un perro grande, con la virgulilla como una cresta de plumas que se erizaba cuando se movía. Tenía dos puntos brillantes donde deberían estar los ojos y una raya horizontal que funcionaba como boca. La Ñ se detuvo frente a Hugo, lo miró de arriba abajo con una expresión que él interpretó como curiosidad, y habló con una voz que sonaba como el rasgar de una pluma sobre pergamino: «Así que tú eres el Lector Diferente. Hemos oído hablar de ti. Eres el primero que puede vernos como realmente somos.» Hugo tragó saliva y, con una voz que le tembló más de lo que le habría gustado, preguntó: «¿Dónde estoy?» La Ñ sonrió, si es que una letra puede sonreír, y respondió: «Estás dentro del lenguaje, Hugo. Y para salir, tendrás que aprender a dominarlo.»
