La idea nació en el descampado que había detrás del centro comunitario de Las Flores, un solar lleno de hierba alta y trastos abandonados donde los niños del barrio jugaban al fútbol los fines de semana. Fue Sofía quien la tuvo, una tarde de septiembre mientras observaba a don Ramón, el chatarrero, pasar con su carretilla llena de objetos metálicos que tintineaban como una orquesta desafinada. «¿Y si hacemos música con basura?», dijo, con esa expresión de determinación que sus amigos conocían bien y que significaba que no iba a aceptar un no por respuesta.
Sofía tenía nueve años, el pelo rizado recogido en dos coletas que parecían antenas de mariposa, y una energía que agotaba a cualquiera que intentara seguirle el ritmo. Era hija de la señora Carmen, que trabajaba limpiando oficinas por las noches, y del señor Julio, que hacía turnos dobles en la fábrica de conservas. En el barrio de Las Flores, todos los padres trabajaban demasiado y ganaban demasiado poco, pero Sofía había aprendido de su madre que la falta de dinero se compensa con imaginación, y de su padre que no hay sueño demasiado grande para alguien dispuesto a trabajar por él.
Los amigos de Sofía la miraron con la mezcla de escepticismo y curiosidad que sus ideas siempre provocaban. Estaba Bruno, un niño grande y tímido de diez años que tartamudeaba al hablar pero que podía mantener cualquier ritmo golpeando las rodillas; Valeria, una niña menuda y seria de ocho años que cantaba en el coro de la iglesia con una voz que hacía llorar a las abuelas del barrio; Iván, el gracioso del grupo, pelirrojo y pecoso, que podía sacarle sonido a cualquier objeto con la habilidad de un mago; y Lucas, el más callado, un niño de gafas gruesas que leía libros de música en la biblioteca pública y soñaba con tocar el piano, aunque nunca había tocado uno de verdad.
El proyecto comenzó esa misma tarde en el garaje de la abuela de Bruno, un espacio estrecho y polvoriento que olía a aceite de motor y a los geranios que la abuela cultivaba en latas de conserva. Los cinco amigos reunieron los materiales que encontraron: cubos de pintura vacíos, latas de diferentes tamaños, una caja de madera de fruta, alambre de tendedero, tubos de cobre de una obra abandonada, gomas elásticas, botellas de cristal de diferentes tamaños y un trozo de manguera de jardín. Durante tres tardes seguidas trabajaron sin parar, cortando, pegando, atando y ajustando, hasta que los instrumentos empezaron a tomar forma.
La batería de Bruno fue la primera en estar lista: cinco cubos de pintura de diferentes tamaños montados sobre un armazón de tubos, con tapas de cazuela como platillos y baquetas hechas de palos de escoba con pelotas de goma en la punta. Cuando Bruno se sentó detrás y empezó a tocar, el garaje entero vibró con un ritmo sorprendentemente sólido y potente. La guitarra de Iván fue la siguiente: una caja de madera de naranjas con un mango de palo de fregona y cuerdas de alambre de diferentes grosores, afinadas con tuercas que giraban para tensar o aflojar el cable. Sonaba tosca y metálica, pero Iván le arrancaba melodías que hacían sonreír a cualquiera.
El bajo de Sofía era una palangana grande de plástico con un palo de escoba clavado en el borde y una única cuerda de alambre grueso que producía un sonido grave y resonante al pulsarla. La flauta de Valeria consistía en cinco tubos de cobre de diferente longitud unidos con cinta adhesiva, que al soplar producían notas claras y dulces. Y el teclado de Lucas era su obra maestra: doce botellas de cristal llenas de agua a diferentes niveles, cada una afinada para producir una nota de la escala musical, montadas en fila sobre una tabla y que sonaban al golpearlas suavemente con una cucharita de metal. Cuando los cinco tocaron juntos por primera vez, el resultado fue un caos magnífico que hizo que la abuela de Bruno saliera de la cocina tapándose los oídos pero sonriendo.
Aquella primera sesión fue desastrosa en términos musicales pero perfecta en términos de amistad. Se rieron hasta que les dolió la barriga, discutieron sobre qué canciones tocar, y Bruno, que normalmente apenas hablaba por culpa de su tartamudez, descubrió que cuando marcaba el ritmo con sus cubos de pintura, las palabras le salían sin tropezar. «Es c-como si el ritmo me ay-ayudara a hablar», dijo con los ojos brillantes, y nadie se burló de su tartamudeo porque en el garaje de la abuela, entre instrumentos de basura y sueños de música, todos eran exactamente como querían ser.
