Coral era el pez más pequeño de todo el arrecife de Esmeralda. Medía apenas cinco centímetros de la nariz a la cola, tenía rayas anaranjadas y blancas que brillaban como el atardecer, y vivía dentro de una anémona grande y mullida que le hacía cosquillas con sus tentáculos cada vez que entraba o salía de casa. El arrecife de Esmeralda era un lugar maravilloso: una ciudad submarina de coral de todos los colores, donde vivían cientos de peces de todas las formas y tamaños, desde los diminutos gobios que se escondían entre las grietas hasta los elegantes peces ángel que desfilaban por los pasillos de coral como si fueran modelos en una pasarela.
Pero Coral no estaba contento con su vida en el arrecife. O mejor dicho, le gustaba su hogar, pero sentía una curiosidad enorme por lo que había más allá del agua azul que se extendía en todas las direcciones. Desde lo alto de su anémona, miraba el horizonte submarino y se preguntaba qué había al otro lado: ¿más arrecifes? ¿montañas de coral? ¿ciudades de peces? Su madre, una pez payaso gordita y preocupona llamada Mandarina, le decía siempre lo mismo: «El arrecife es todo lo que necesitas, Coral. Fuera hay tiburones, corrientes peligrosas y criaturas que te tragarían de un bocado.» Pero la curiosidad de Coral era más grande que su miedo.
Una mañana, mientras jugaba a las escondidas con su mejor amigo Burbuja, un pez globo redondo y simpático que se inflaba como un balón cada vez que se asustaba, Coral notó algo extraño en el agua. Una vibración profunda, como el ronroneo de un motor gigantesco, hacía temblar los corales y bailar las algas. Los peces más viejos del arrecife levantaron la cabeza con respeto y dijeron: «Las ballenas. Están de paso.» Coral nunca había visto una ballena, pero había oído las historias: criaturas enormes, las más grandes del océano, que viajaban miles de kilómetros cada año siguiendo rutas misteriosas que solo ellas conocían.
Coral nadó hasta el borde del arrecife, donde el fondo de coral daba paso a un abismo de agua azul oscuro, y esperó. Primero vio una sombra: una forma gigantesca que se movía lentamente por encima de él, tapando la luz del sol como una nube viva. Luego vio los detalles: un cuerpo azul grisáceo del tamaño de tres autobuses puestos en fila, con una boca enorme que podría tragarse el arrecife entero, aletas como alas de avión y una cola que al moverse creaba olas que mecían a Coral como una hamaca. Era una ballena azul, el animal más grande que jamás había existido en la Tierra, y era la cosa más hermosa que Coral había visto en su vida.
La ballena nadaba despacio, con la elegancia de quien no tiene prisa porque el océano entero es su casa. Coral, sin pensar en lo que hacía, nadó tras ella con todas sus fuerzas. Sus pequeñas aletas se movían como hélices diminutas, pero la ballena era tan grande que cada movimiento suyo cubría la distancia de cien aleteos de Coral. El pececito estaba a punto de rendirse, jadeando entre burbujas, cuando la ballena giró la cabeza y lo miró. Tenía un ojo del tamaño de un plato hondo, oscuro y profundo como el mar mismo, y en ese ojo Coral vio algo que lo sorprendió: curiosidad. La gigante del océano sentía curiosidad por el pececito que intentaba seguirla.
«¿A dónde vas?», preguntó Coral con una voz tan pequeña que debería haberse perdido en la inmensidad del agua. Pero la ballena lo escuchó: las ballenas pueden oír sonidos a kilómetros de distancia, así que la vocecita de un pez payaso a tres metros era como un grito para ella. La ballena sonrió, o al menos Coral creyó ver una sonrisa en esa boca enorme. «Voy al sur», respondió con una voz grave y musical que hizo vibrar cada escama del cuerpo de Coral. «Me llamo Azulina, y viajo hasta las aguas frías del polo para alimentarme. Es un viaje de miles de kilómetros a través de todos los mares del mundo.» Coral sintió que el corazón le latía tan rápido que le hacía cosquillas por dentro. «¿Puedo ir contigo?», preguntó antes de que su cerebro tuviera tiempo de recordarle que era un pez payaso de cinco centímetros que nunca había salido de su arrecife. Azulina lo miró largo rato con su ojo gigante y sabio, y luego dijo: «Sube a mi lomo, pequeño. El océano es demasiado grande para nadarlo solo.»
