Mara siempre supo que el faro de Punta Serena era especial. No porque fuera el edificio más alto del pueblo, ni porque su luz girara como un ojo vigilante sobre el mar oscuro. Era especial porque, algunas noches, si te quedabas muy quieta y escuchabas con atención, podías oír cómo el faro cantaba.
Su abuela Consuelo se lo había contado muchas veces: el faro no solo guiaba a los barcos, también guiaba a las estrellas. Cuando una estrella se cansaba de brillar y caía al mar, la luz del faro la encontraba entre las olas, la envolvía en su resplandor dorado y la devolvía suavemente al cielo.
—Tonterías de viejos —decía su hermano mayor, Lucas, que con once años se creía demasiado grande para los cuentos.
Pero Mara, de nueve años, sabía que su abuela nunca mentía. Además, ella misma había visto una vez, justo antes del amanecer, un hilo de luz subir desde la punta del faro hasta perderse entre las últimas estrellas.
Aquella noche de octubre todo cambió. Mara estaba leyendo en su habitación cuando una lluvia de destellos cruzó la ventana. Salió al balcón y lo que vio la dejó sin aliento: decenas de estrellas caían al mar como lágrimas de fuego. Una, dos, cinco, diez… el cielo se vaciaba.
Miró hacia el faro. Estaba apagado.
—¡Lucas! —gritó, corriendo al cuarto de su hermano.
Pero Lucas ya estaba en la ventana, con los ojos muy abiertos.
—Eso no es normal —murmuró.
No, no lo era. Y los dos lo sabían.
