Martina siempre había sido la más curiosa de su grupo de amigos. Con diez años recién cumplidos, ya se consideraba una exploradora profesional del pueblo de Villasenda. Sin embargo, había un lugar al que nunca se había atrevido a ir: el Puente de los Susurros.
El puente se encontraba al final del camino viejo, más allá del molino abandonado, cruzando un río que ya casi nadie recordaba. Los ancianos del pueblo decían que el puente tenía siglos de antigüedad y que, si uno se quedaba quieto sobre él al atardecer, podía escuchar voces que contaban historias del pasado.
—Eso son cuentos de viejos —decía siempre Tomás, su mejor amigo, un chico pelirrojo con pecas que coleccionaba piedras raras.
—Pues yo creo que hay algo de verdad —respondía Lucía, la tercera del grupo, una niña de trenzas largas que siempre llevaba una libreta donde anotaba todo lo que le parecía interesante.
Un sábado de octubre, cuando las hojas de los árboles se vestían de naranja y rojo, Martina tomó una decisión. Reunió a sus amigos en el parque central y les mostró un mapa viejo que había encontrado en el desván de su abuela.
—Mirad esto —dijo desplegando el papel amarillento—. Es un mapa de Villasenda de hace más de cien años. Y aquí, junto al puente, hay una marca. Una estrella dibujada a mano.
Tomás se acercó con los ojos muy abiertos. Lucía ya estaba sacando su libreta para copiar el dibujo.
—¿Qué creéis que significa? —preguntó Martina.
—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Lucía con una sonrisa decidida.
Esa misma tarde, con sus mochilas cargadas de linternas, agua y bocadillos, los tres amigos tomaron el camino viejo. El molino abandonado los recibió con su rueda inmóvil cubierta de musgo. Más allá, entre los árboles, apareció el puente. Era más grande de lo que imaginaban: un arco de piedra gris con grabados extraños en los laterales.
Martina dio el primer paso sobre las piedras del puente. El aire cambió. Se volvió más frío, más denso. Y entonces, casi imperceptible, escuchó algo. Un murmullo suave, como si las piedras respiraran.
—¿Habéis oído eso? —susurró.
Tomás y Lucía se miraron con los ojos muy abiertos. Sí, lo habían oído. El puente estaba susurrando.
