Valeria despertó en un lugar que no reconoció. El suelo era de mármol negro, liso como el agua quieta. Las paredes se elevaban a ambos lados, altísimas, hechas de un material que parecía cristal oscuro. En ellas se reflejaba su imagen, multiplicada hasta el infinito: una chica de veintiún años, pelo oscuro recogido, ojeras marcadas y expresión de completa desorientación.
Lo último que recordaba era estar en la biblioteca de la facultad de Psicología, preparando su trabajo de fin de grado sobre trastornos disociativos. Había estado leyendo sobre el concepto del laberinto como metáfora de la mente humana en la obra de Jung. Y luego… nada. Un vacío.
—¿Hola? —su voz rebotó en las paredes de cristal, multiplicándose como sus reflejos.
No hubo respuesta. Solo el eco de su propia voz volviendo a ella desde todas las direcciones.
Valeria se levantó y examinó su entorno. Se encontraba en un corredor largo que se bifurcaba a unos veinte metros. No había techo visible, solo una oscuridad densa que se perdía hacia arriba. La temperatura era neutra, ni fría ni cálida, como si el lugar existiera fuera de las leyes físicas normales.
En las paredes de cristal, sus reflejos no se movían exactamente como ella. Había un ligero desfase, un retraso casi imperceptible que le producía una inquietud profunda. Como si los reflejos tuvieran voluntad propia.
Entonces vio la puerta. Estaba al final del corredor, antes de la bifurcación. Era una puerta de madera vieja, completamente fuera de lugar en aquel entorno de cristal y mármol. Tenía una placa de bronce con una inscripción:
«No podrás salir hasta que te encuentres.»
Valeria sintió un escalofrío. Conocía esa frase. La había leído en el trabajo de un psicólogo experimental que había creado un modelo teórico de laberinto mental: un espacio psíquico donde la persona se enfrenta a sus miedos, traumas y conflictos internos.
Profesor Herrera. Ese era el nombre. Su director de tesis.
Intentó abrir la puerta. Estaba cerrada. En la cerradura no había llave, solo un ojo de cerradura que, al mirar a través de él, mostraba una habitación vacía con una silla en el centro.
—Si esto es lo que creo que es —murmuró Valeria—, estoy dentro de mi propia mente.
Tomó aire. Si los años de estudio le habían enseñado algo, era que la mente humana siempre tiene una salida. Solo hay que tener el valor de buscarla.
